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15 de Febrero del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
15 de Febrero del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La universidad de los olvidos
No faltó mucho para que se equiparase al profesor actual al marxista leninista de mediados del siglo pasado obligado a justificar su saber en un discurso político que anclaba la verdad en la repetición ideológica. Entonces en el maestro se producía una mezcla de ventrílocuo y de investigador histórico.

Hace rato que quedó atrás el jolgorio que supuestamente habría provocado la noticia de un amplio y profundo proceso destinado a la renovación de la universidad nacional. Como acto inaugural del cambio, los renovadores miraron hacia atrás y dedujeron que nada estaba bien. Por lo mismo, emprendieron la fabulosa tarea de crear la nueva universidad del país, la verdadera universidad de calidad. Casi no quedó piedra sobre piedra del sistema universitario vigente al que hallaron viejo, caduco, enmohecido, maloliente.

 Y se decidieron por la renovación total porque, juzgaron, la situación era tan deplorable que no quedaba otra alternativa que acudir al acto creador que no es tal sino parte del caos. 

Entonces crearon uno de los sistemas pedagógicos que, según los innovadores, podría al país en la vanguardia académica de las Américas. Tumbaron y removieron todo. Prácticamente, la historia de la Universidad nacional fue a dar en el tacho de la basura histórica  porque todo estaba mal, de pies a cabeza. Casi se podía hablar de un estar mal que rozaba lo absoluto. 

Inventaron la nueva pedagogía basada en el control minucioso por parte del poder de todo el quehacer universitario, de la docencia y del alumnado, de la asignatura y su desarrollo, de la clase y su inscripción en un manual que la redujo a un evento cuya pobreza es ciertamente calamitosa. Todos los profesores que daban en el país una materia determinada debían, casi decir lo mismo. Una pedagogía que prácticamente se redujo  a la repetición y que, por lo mismo, expulsó de una vez para siempre los actos creadores que nacen de los análisis libres y espontáneos. Nada de improvisaciones, nada de modificaciones que respondan a las realidades actuales del mundo, nada que tenga que ver con lo que acontece en la cotidianidad y que, sin embargo, debería ser analizado en la academia.

La improvisación que da cuenta de la inscripción de la docencia en la historia del pensamiento fue repudiada como si se tratase de mediocridad y de atentado al orden estatuido.

No faltó mucho para que se equiparase al profesor actual al marxista leninista de mediados del siglo pasado obligado a justificar su saber en un discurso político que anclaba la verdad en la repetición ideológica. Entonces en el maestro se producía una mezcla de ventrílocuo y de investigador histórico. 

Desde entonces, el pénsum se ha convertido en una suerte de texto estatuido y, por ende, inamovible. Ya nunca más ni la libertad para crear ni para improvisar en una clase. Al revés, el profesor se halla encadenado al syllabus como a una suerte  de dogma cuyo desarrollo debe ser mantenido y minuciosamente consignado por un estudiante convertido en veedor. El éxito académico se sostiene, primero y ante todo, en la repetición. Wittgenstein condenado a decir siempre lo mismo y no solo prohibido de revisar sus teorías sino ni siquiera con la posibilidad de teorizar más allá de libros y autores que a los que debe sujetarse casi como ley.

A mil años luz de  profesores universitarios de grado y de postgrado de los países desarrollados que crean propuestas teóricas que se atreven a enfrentarse a los textos estatuidos.  Ninguno de ellos cabría en una de nuestras universidades en las que está prohibido crear sin que ponga en juego su pellejo.     

Acá todo debe estar perfectamente  señalado y determinado: castrado no solo el pensamiento crítico sino la creatividad, esa creatividad que conduce a que las ideas abandonen la cárcel del poder y de lo estatuido y permite divagar hasta llegar a los lugares en los que se construyen nuevas formas de ver y de interpretar el mundo. El pensamiento repetitivo, no solo en ciencias sociales, sino también en las llamadas exactas, se halla castrado y empobrecido. En última instancia, las nuevas estrategias obligan a la repetición e imponen que el profesor no recorra los campos del saber para verlos de  distinta manera mediante una mirada creadora e innovadora. Le está, pues, prohibido salirse de los rieles de ese programa que  armó, de esa bibliografía que propuso. En última instancia, maestros y estudiantes se hallan acorralados por un sistema y una metodología castrantes y pauperizantes de la enseñanza. 

Los reformadores se olvidaron de que la verdadera reforma universitaria no tiene que ver precisamente con la serie de formalidades, algunas ciertamente indispensables. También tiene que ver con la creatividad que nace de la libertad del saber, de la libertad de la imaginación, antesala de toda creatividad. Las reformas confirman el principio de que desde siempre ha sido muy difícil hacer de la libertad una praxis que involucre la vida universitaria en su totalidad. Acá se habla de libertad cuando el sometimiento irrestricto es la norma. Libre, en consecuencia, para elegir el tipo de sometimiento mas no mara caminar los caminos de la libertad.

Se acabó la bonanza económica y con ello las esperanzas de las universidades de crecer, de mejorar su calidad, de mirar el futuro más allá de sus propias narices. De hecho, en ese territorio real y simbólico comienzan los ajustes, los recortes y los silencios y también esa propuesta de apoderamiento como si se tratase de cosas, de bienes particulares.

Las crisis económicas siempre  han golpeado a las universidades que, sin ser la última rueda del coche, tampoco están entre las grandes  prioridades salvo, desde luego, en los discursos de marras.

La universidad nacional no es una alegoría de lo que acontece en el país sino un escenario más en el que se expresan las inconsistencias sociales y políticas. Por desgracia, la educación superior y la atención en salud se convierten en esa suerte de carne de cañón de las crisis sociales y económicas.  La salud pública y la educación oficial son gratuitas lo que las debilita de cara a las crisis en la medida en que lo gratuito cierra el camino del retorno económico aunque solo fuese muy parcial.

De hecho, desde el poder se sigue alabando el hecho de la gratuidad pero nada se dice de la falta de profesores o de la reducción de los presupuestos. La gratuidad no cesa de decir, aunque solo sea soto voce, que el beneficiario no tiene derecho ni al reclamo ni a la protesta: posicionamientos ancestrales del poder.

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