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5 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
5 de Abril del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

De la utopía a los códigos sobre la vida
El presidente Correa hizo una declaración que pasó desapercibida pese a la connotación profundamente totalitaria de la misma. Dijo, palabras más palabras menos, que él quería una Asamblea Nacional y una sociedad que funcionasen como un reloj suizo. Seguramente fue la pasión que los revolucionarios sienten por los Rolex la que lo llevó a formular tan candorosa metáfora.

En su discurso de posesión como presidenta de la Asamblea Nacional, Gabriela Rivadeneira nos dio una clase magistral de lectura de teleprompter. Con voz impostada y  gestos muy bien estudiados, nos habló de las utopías. Quien escribió el discurso, metió en el mismo saco la Utopía de Tomás Moro y las demandas de mayo del 68, sin percibir esa pequeña diferencia existente entre una propuesta que convierte a los individuos en buenos y felices súbditos cuyos intereses individuales se subordinan a los de una sociedad regida por un príncipe vitalicio (Moro) y aquellas demandas que reivindican la libertad individual frente a cualquier tipo de poder (Mayo 68).  Son sutilezas difíciles de captar incluso para mentes tan lúcidas e independientes, pero eso poco importa; con ese discurso se posicionaron como seres angelicales e idealistas, de aquellos que no quieren nada para ellos sino todo para la Patria. Así, con mayúscula.

Por esos mismos días, el presidente Correa hizo una declaración que pasó desapercibida pese a la connotación profundamente totalitaria de la misma. Dijo, palabras más palabras menos, que él quería una Asamblea Nacional y una sociedad que funcionasen  como un reloj suizo. Seguramente fue la pasión que los revolucionarios sienten por los Rolex la que lo llevó a formular tan  candorosa metáfora, sin percibir las  implicaciones que tiene y que revela la visión del Presidente acerca de la sociedad: según Correa, esta debe funcionar como un mecanismo de relojería, como una máquina de precisión en donde no caben individuos deliberantes y libres, sino únicamente seres concebidos como meros engranajes, como piezas y componentes cuyos actos son absolutamente mecánicos y previsibles. Si alguien ha visto alguna imagen de un desfile militar en Corea del Norte o un proceso de votación en la Asamblea Nacional, puede hacerse una idea de lo que significa esa visión utópica condensada en el reloj suizo.

Debe ser por esa visión que el  Presidente tiene sobre la sociedad, que desde los inicios de la Revolución Ciudadana se han implementado políticas cuyos objetivos (y para nuestro bien, qué duda cabe) son hacerse cargo de regular y reglamentar toda nuestra vida: se prohíbe consumir alcohol en ciertos días y a ciertas horas; se grava con impuestos y se pone semáforos a los alimentos y bebidas que supuestamente afectan la salud; se persigue el humor y el pensamiento crítico usando una ley de comunicación creada para ello; se criminaliza la desobediencia y la rebeldía de los jóvenes;  se proscribe y judicializa las luchas sociales; se entregan las políticas sobre sexualidad y reproducción a destacados miembros del Opus Dei con la consecuente  condena  del sexo y el placer cuando estos no tienen fines reproductivos.

Es en ese contexto que el Código del Ciclo de Vida debe ser entendido. Si bien ese disparate legal fue rechazado en el Consejo de Administración de la Asamblea, con él se ratificó la visión totalitaria que los revolucionarios tienen sobre la sociedad y se llevó al paroxismo esa idea de regular por completo la vida de los individuos y de la población. Nada quedó por fuera del Código; desde el comportamiento que deben tener los niños y adolescentes respecto a sus padres, a las autoridades y a la Patria, hasta la conducta de los adultos y ancianos en relación a su salud física y mental. Ni siquiera las manifestaciones de amor y afecto, ni los modales y las costumbres, quedaron al margen.

Foucault, ese brillante filósofo  francés, hubiese tenido en ese Código un maravilloso ejemplo para mostrar como el poder pone en funcionamiento un conjunto de procedimientos y técnicas, ya sean estos coercitivos o prescriptivos, destinados a obtener la sujeción de los cuerpos y el control de las poblaciones.  Según Foucault el poder es la capacidad de conducir y regular conductas; produce individuos útiles, previsibles y sumisos mediante la delimitación y estructuración de sus campos de acción.  Es a esto a lo que él denomina  bio-política, y con ello se refiere siempre a la capacidad del poder para administrar la vida, para infiltrar los cuerpos y las almas y actuar sobre nuestras sensaciones, nuestras pulsiones, nuestros deseos. Y fue ese poder que administra la vida, que intenta gerenciarla y potenciarla, el que finalmente originó el proyecto eugenésico nazi, tal como lo muestra en su libro La Genealogía del Racismo.

Varios columnistas han señalado el carácter fascista del mencionado Código del Ciclo de Vida, y creo que tienen parte de razón. De hecho, fue Mussolini quien en algún momento afirmó que “conforme la sociedad asume formas más complejas, más tiene que restringirse la libertad del individuo”. Sin embargo creo que la cuestión es menos simple; la reglamentación total de la vida no procede únicamente del fascismo sino de todas aquellas doctrinas que pretendieron construir sociedades perfectas, en donde la abolición de la libertad individual era precondición para la realización de la utopía.

En eso el fascismo y el comunismo se parecen mucho; son proyectos utópicos y sus gestores fueron idealistas; ellos no tuvieron empacho en abolir las libertades o en asesinar a miles o millones de personas pues sus crímenes fueron santificados y legitimados por sus ideales. Hay utopías detrás de los campos de concentración, de los gulags, de los campos de trabajo y de los centros de reeducación; también detrás de la conformación de los grupos de pioneros, en donde se adoctrinaba niños para que sean capaces de denunciar y delatar a sus padres puesto que ello significaba ser un buen revolucionario. Es decir, alguien capaz de anteponer el bien de la sociedad y de la revolución frente a los mezquinos intereses familiares.

La utopía es hostil al individuo, a la anomalía, a la diferencia; pretende construir un mundo de ángeles o de  autómatas; su meta es un idilio geométrico en donde la libertad y la diferencia son suplantadas por el adoctrinamiento, la univocidad y la ortodoxia; dentro de ellas el individuo es apenas una minúscula pieza dentro de una maquinaria gigantesca. “Cualquier conflicto desaparecería en una ciudad perfecta; las voluntades serían estranguladas, apaciguadas y milagrosamente convergentes; reinaría únicamente la unidad, sin el ingrediente del  azar o de la  contradicción. La utopía es una mezcla de racionalismo pueril y de angelidad secularizada” escribía Cioran hace ya bastantes años. 

Pero la vida es irreductible y la libertad es el único atributo que nos humaniza; el individuo es el juez supremo de su destino y no existe otra manera de protegerlo de la servidumbre y el colectivismo que no sea  mediante  instituciones y leyes que limiten el poder del Estado sobre todos nosotros. Exactamente el recorrido contrario al emprendido por utópicos y revolucionarios. “De la piel para adentro empieza mi exclusiva jurisdicción…Elijo yo aquello que pueda cruzar esa frontera. Soy un estado soberano y los lindes de mi piel me resultan mucho más sagrados que los confines políticos de cualquier país”.(Antonio Escohotado).

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