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8 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
8 de Septiembre del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La utopía invertida
En el caso de la llamada “revolución ciudadana” se ha hecho patente la obstinación de sus dirigentes de no asimilar de las experiencias y conocimientos de los procesos políticos del Ecuador y en general, de América Latina. La sobreestimación y la falta de modestia y humildad con que se ha manejado la gestión del gobierno acentúa su incapacidad de reconocer los errores. Todo lo malo viene de “atrás”, de la larga noche neoliberal, de la partidocracia, de la prensa “mediocre y corrupta”.

Llevar a la práctica ideales, modelos, proyectos de cambio social ha sido uno de los grandes desafíos de las tendencias ideológicas de avanzada del mundo contemporáneo.  Los gobiernos son evaluados y juzgados por su capacidad para realizar esos ideales. A diferencia de los filósofos, como Platón, que forjaban en el pensamiento repúblicas ideales que nunca llegarían a existir, los políticos y gobernantes intentan aterrizar esas utopías. Sin embargo, los “modos” de hacerlo han producido efectos contrarios.

La “entrada de la utopía igualitaria en la historia”, según el filósofo italiano Norberto Bobbio, mostró que el paso del “reino de los discursos al de las cosas” volcó la utopía en otra dirección.  Esto atañe -dice- a “los modos con los que se ha intentado realizar el ideal”. Lo cual significa que la falla no está en los ideales, sino en el modo cómo estos fueron llevados a la práctica.  Bobbio tiene en mientes la experiencia de la revolución de octubre de 1917 en Rusia.

El caso de Cuba también va por ese camino. Fernando Mires, académico chileno, sostiene que “la revolución que derribó a Batista ha sido convertida en un simple hecho histórico, todo lo importante que se quiera, pero no más que eso”. Con la reanudación de las relaciones diplomáticas de Cuba con Estados Unidos, Mires habla del “fin del mito de la revolución cubana”. Un mito que fue alimentado por su “irrealización”. Fue tal irrealización la fuente de “legitimación” del poder del régimen cubano.  Ahí residiría la diferencia entre Fidel y Raúl; mientras el primero “mantuvo vivo el mito de la revolución antiimperialista cubana e incluso latinoamericana”, el segundo “consagró la imposibilidad de realización del mito y con ello ha disuelto (..) el carisma de la revolución”.

El fin del mito pone en dificultades a los gobiernos bolivarianos que también se nutrieron de éste, que se encarnó en la revolución cubana. Mucho más cuando esos gobiernos, sobre todo los de Venezuela y Ecuador, no han podido avanzar en la realización de la utopía igualitaria, como sí lo intentó Cuba, pese al bloqueo norteamericano. Más bien encaran situaciones regresivas que han precipitado el fin de sus respectivos mitos fundacionales.

En estos países la utopía igualitaria no pasó del discurso y en la práctica se impuso el rentismo petrolero. Este no se tradujo en un cambio de la matriz productiva, y ahora que el precio del petróleo se ha venido abajo estos países se sienten desamparados y en el caso ecuatoriano enfrenta los avatares derivados de las devaluaciones de Colombia y de Perú.

Los territorios fronterizos de Carchi, en Ecuador, y Táchira, en Venezuela, ponen al descubierto la vulnerabilidad de las economías de ambos países.

Frente a ello las autoridades económicas del Ecuador no ocultan su añoranza por la moneda propia, no por razones nacionalistas, sino porque que con ella creen que les habría sido posible  palear la penuria fiscal con la devaluación, sin darse cuenta que ello trae aparejado un mayor empobrecimiento de la población.

La visión cortoplacista del gobierno de la “revolución ciudadana” lo pone a leguas de distancia de su discurso igualitario y, por tanto, del carisma con el que arrancó. Junto a los errores cometidos en la conducción de la economía, Alianza País ya reconoce algunos de sus errores políticos. El ex canciller Patiño admite que al haberse construido Alianza País desde el poder, con la victoria de Rafael Correa en las urnas en el 2006, tuvo que “pasar de ser un movimiento electoral a un movimiento político con componentes ideológicos”. Lo más complejo, según Patiño, fue la excesiva confianza en el rol del Estado, sin darse cuenta que “el movimiento cumple un papel y el Estado otro”.

A propósito de estas confesiones, cobra actualidad la puntualización de los errores políticos cometidos en los inicios de la revolución cubana y señalados nada menos que por Fidel Castro en su informe al primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1976: la sustitución del Estado y del movimiento obrero por el partido. En este informe Fidel señala el deber del revolucionario “de ser realista(…) a beber en el manantial inagotable de la ciencia política y la experiencia universal los conocimientos que son indispensables en la conducción de los procesos revolucionarios. Hay que saber aprender también de los hechos y de las realidades”.

También critica la inmodestia y recomienda la humildad para reconocer errores y falencias. “ Si hubiéramos sido más humildes, si no nos hubiéramos sobreestimado, si hubiéramos sido capaces de comprender que la teoría revolucionaria no estaba suficientemente desarrollada en nuestro país y que carecíamos realmente de economistas profundos y científicos del marxismo(…) habríamos buscado más, con modestia digna de revolucionarios, todo lo que puede aprenderse y aplicarse en las condiciones concretas de nuestro país de aquellas fuentes”.

En el caso de la llamada “revolución ciudadana” se ha hecho patente la obstinación de sus dirigentes de no asimilar de las experiencias y conocimientos de los procesos políticos del Ecuador y en general, de América Latina.  La sobreestimación y la falta de modestia y humildad con que se ha manejado la gestión del gobierno acentúa su incapacidad de reconocer los errores. Todo lo malo viene de “atrás”, de la larga noche neoliberal, de la partidocracia, de la prensa “mediocre y corrupta”. Todo lo bueno se inicia en el 2007, cuando Rafael Correa asume el poder.

En cuanto a la sustitución por el partido de la administración del Estado y las organizaciones de masas, en los ocho años de “revolución ciudadana”, ello se ha mantenido inalterable. Tal  sustitución se hizo palmaria con el Consejo de Participación Ciudadana, con la creación de organizaciones sociales paralelas, con la división del movimiento sindical e indígena, con la clausura del debate democrático en la Asamblea Nacional, con la concentración de funciones y, por ende, con el socavamiento de la democracia representativa.

En lugar de plantearse la tarea de remediar tan deplorable sustitución, el gobierno se empecina en estas prácticas, con lo cual se distancia más de la utopía igualitaria que legitimó el acceso al poder de Rafael Correa. Con la inversión de dicha utopía carece de sentido la reelección indefinida. Pues, de producirse, esto equivaldría a evidenciar la imposibilidad de la realización del mito que, a su vez, implicaría el fin del carisma no sólo de la “revolución ciudadana”, sino del propio Correa. Con lo cual se prestaría un flaco servicio a la “restauración conservadora” que emergería como la alternativa válida a esta nueva frustración colectiva.

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