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26 de Enero del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
26 de Enero del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La venganza como virtud del poder
Desde hace una década, mutó el cuerpo simbólico de la justicia y se convirtió en una estrategia de fortalecimiento del poder, para la vendetta personal, para esa venganza perfectamente bien manipulada y artísticamente disimulada tras los disfraces de la mejor ética social. ¿Acaso no se han dado celebraciones públicas luego de algunas de estas sentencias con sabor a teatro?

¿Cómo colocarse en los espacios de la oposición política y no sospechar que, tarde o temprano, la respuesta del poder llegará ordinariamente muy magnificada? Porque eso es lo que corresponde a los poderes omnímodos en los que la justeza y la equidad son virtudes de los débiles. La severidad y la desproporción son buenos indicadores sociales de la calidad del poder. El gobierno estableció la pena de muerte económica: 200 millones de multa, 70 millones de multa. 150 mil, 120 mil, 30 mil dólares casi como si se tratase de puchuelas. Igual que los años de cárcel para supuestos delitos que tendrían que ver con supuestas ofensas al poder. Penas que se desprenden de la clara y terminante decisión de aniquilar a la víctima. Venganza.

Desde hace una década, mutó el cuerpo simbólico de la justicia y se convirtió en una estrategia de fortalecimiento del poder, para la vendetta personal, para esa venganza perfectamente bien manipulada y artísticamente disimulada tras los disfraces de la mejor ética social. ¿Acaso no se han dado celebraciones públicas luego de algunas de estas sentencias con sabor a teatro?

Cuando el poder se apropia de la justicia, inevitablemente se la prostituye con sus códigos y normas, con sus jueces y sentencias. Todavía se persigue a quienes, luego de un largo y minucioso análisis, concordaron en que el presidente sí tenía noticia de los contratos del Estado con su hermano. Pero si él dice que no es así, entonces no es así y punto, más allá de cualquier evidencia probatoria. Si alguien opina lo contrario, corre el riesgo de ir con sus huesos a la cárcel por mentiroso y difamador.

Porque cuanto más tocado se siente el poder en términos de crítica y análisis de gestión, tanto más cae en la tentación de la venganza. Cuando los medios de comunicación se permiten correr, apenas a medias, uno de los tantos telones con los que se cubre la escena del quehacer gubernamental para mostrar un algo de lo inapropiado o corrupto que tan celosamente se oculta, las reacciones suelen ser violetas. La violencia surge de los poderes que se no se sostienen en lo ético de la ley sino en su capacidad manipuladora que hace falso lo cierto y virtuoso el engaño. ¿Cómo evidenciar la verdadera verdad que se esconde tras la polifonía de los discursos oficiales en los que todo lo que le pertenece es justo, bueno, honrado y veraz?

Durante estos diez largos años de gobierno, los medios de comunicación social han vivido bajo el peso de una égida inapelable. Se impuso a la fuerza una ley de comunicación hecha ad hoc para que el Estado aparezca no solo como administrador del saber y la verdad de los quehaceres políticos sino como su único dueño y su juez de oficio. Recordar que esa ley recibió modificaciones que no fueron discutidas por el pleno, tal como dispone el ordenamiento jurídico. Pero solo se trata de una pequeña raya que en nada altera el cuerpo del tigre.

Así se ha constituido la verdad como parte de un sistema originado y sostenido en la prepotencia de los poderes omnímodos. Entonces, la verdad dejó de ser el producto de construcciones lingüísticas, éticas y sociales para convertirse en producto del habla del poder. El país se amilanó lo que determinó que no pocos se transformasen en eficientes altavoces del discurso oficial. Otros optaron por una suerte de perruna domesticidad para así asegurar el pedazo de pan que sobra en la mesa del amo.

La libertad de expresión conlleva la capacidad de pensar, juzgar, analizar, discutir, enfrentar, disentir, crear. Posicionamientos absolutamente ajenos a un sistema en el que la verdad se estatuye desde un discurso único enraizado en el poder. Desde ahí y según los propios intereses, se modifican las normas constitucional y legalmente estatuidas para silenciar la palabra del otro para condenarla y finalmente para anularla. Como quizás nunca antes, el actual gobierno ha hecho todo lo posible, desde lo legal y lo arbitrario, para que el otro se quede sin palabra y, en su lugar, para que aparezca el dominio de eco. La ecolalia triunfante de la Asamblea, de la Justicia, de los sistemas de control.

¿Cómo no utilizar la feliz coyuntura de la asignación de frecuencias radiales para arreglar cuentas pendientes con aquellas emisoras que se han caracterizado por analizar los ejercicios del gobierno, por denunciar sus atropellos, por defender a algunas de sus víctimas y, quizás sobre todo, por no haber ofrecido al poder una cabeza gacha de esclavo?

Entre todas, se destacan dos emisoras relacionadas con la visión de la democracia. El gran crimen de lesa majestad de estas dos emisoras no es otro que el haber tenido la osadía de convertirse en espacios públicos para la palabra libre de quienes analizan los hechos políticos del país para alabarlos o para criticarlos. Es decir, el crimen de haber estatuido la pluralidad ideológica en un espacio de libertad y de respeto. Desde luego, crimen imperdonable cuando el modelo propuesto desde la verticalidad estatuida se sostiene en la ecolalia.

 

¡Con qué facilidad y eficiencia se violentan las normas cuando se trata de convertirlas en instrumento de agresión y de venganza! “Estos, Favio, ¡ay dolor! que ves ahora, campos de soledad, mustios collados, fueron un tiempo Itálica famosa”.

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