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8 de Octubre del 2013
Ideas
Lectura: 6 minutos
8 de Octubre del 2013
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

La verdadera amenaza
La gente se ha ido acomodando a una situación que sabe en muchos casos anómala, pero que prefiere cerrar los ojos por comodidad. Para qué se van a jugar un cargo, o su propia tranquilidad y la de su familia, finalmente dinero del Estado no más es (o sea dinero de nadie) como para que alguien se apiade del patrimonio público.

Después de hechos públicos los amedrentamientos que surgieron a raíz de una publicación en PLAN V, fui hasta la Fiscalía de Pichincha, a presentar la respectiva denuncia.

Estaba con mi esposa, que nunca me desampara en estos trances, y que, créanme, ha pasado algunos buenos sustos. La sala donde nos tocó esperar tenía asientos muy cómodos y alrededor se habían ubicado varios cubículos donde los afectados por tal o cual cosa presentaban el relato de los hechos ante sendos agentes fiscales. Un televisor grande trasmitía un programa cuyo principal y único protagonista era el señor Fiscal General. Al cabo de pocos minutos nos llamaron al cubículo 8. Ahí nos recibió una señora elegante, con algunas joyas falsetas y que dijo ser guayaquileña. ¿Qué es lo que le pasó? Fue la primera pregunta. Miré, contesté, yo soy periodista y recibí algunas amenazas y advertencias de que me iban a sacar la puta y hasta a matar (lo que ocurra primero) si continuaba publicando unas investigaciones sobre los contratos de seguros y reaseguros del Estado. "Pero señor, me contestó, deje de estar publicando esas cosas y va a ver que no le pasa nada". No supe qué responder. Ante esa lógica contundente guardé prudente silencio.  Los estoicos también decían que para evitar el dolor había que evitar la causa del dolor. Epicteto comiéndose las eses.

Así que regresé a ver mi esposa con una sonrisa  de disimulo. Lo cual hizo también la señora agente de la  Fiscalía y de plano le soltó: mire la señora tan guapa, ¿no va a querer dejarla viuda tan joven, cierto? Pues al menos que se quede joven, fue la respuesta. Risas.

Al salir de la Fiscalía iba pensando que la verdadera amenaza que algunos tipos cobardes hicieron y seguramente continuarían haciendo, dependiendo del tema, no tenía que ver con los intentos de asustarlo a uno y a un equipo de periodistas sino con el razonamiento de la agente fiscal. Creo que sus palabras fueron sinceras y que su intención era hacer un bien. Pero la recomendación que me hizo reflejaba lo que muchos ahora piensan: no te metas en líos, si conoces algún acto de corrupción o de abuso, calla; no busques lo que  no se te ha perdido. Eso no es miedo, eso es comodidad. Conozco a mucha gente que trabaja en el Estado que casi todos los días me relata algún acto de corrupción que debiera investigar. Desde la comodidad de sus altos salarios fijos, salarios de funcionarios que en muchos casos incluyen esposas, hijos, tíos, primos, padres… (algún rato será de investigar los lazos familiares en el Estado) cierran los ojos y la boca con absoluta indolencia. No dejo de escuchar argumentos de toda clase para esa especie de quechuchismo que se ha instalado en buena parte de la sociedad ecuatoriana de clase media, sobre todo la vinculada con el Estado: tengo a mijo becado en un posgrado que vale 40 000 dólares. Tengo a mijita en un alto cargo; dependo de un préstamo del Biess; estos salarios dorados para mí y mi esposa no se volverán a repetir, ahora es cuando…

Pensaba, entonces, en que la gente se ha ido acomodando a una situación que sabe en muchos casos anómala, pero que prefiere cerrar los ojos por comodidad. Para qué se van a jugar un cargo, o su propia tranquilidad y la de su familia,  finalmente dinero del Estado no más es (o sea dinero de nadie) como para que alguien se apiade del patrimonio público. Hay un sálvese quien pueda colectivo, un agarra lo que puedas en este trágico lugar común en que ha desembocado la conciencia de muchos ecuatorianos. No, no se trata de miedo, es que somos indolentes con nuestro propio destino.

Afortunadamente no son todos, pero sí buena parte de las muchas personas que conozco. Una pariente de un pariente me decía que se estaba cambiando de institución pública, “porque ya me cansé de luchar contra la corrupción”. Tiene menos de 35 años y ya se sabe derrotada. Pregunté si estando en su conocimiento ciertos actos de ciertos funcionarios, los cuales pueden derivar en acusaciones de corrupción, no estaba incumpliendo con lo que manda la Constitución, de denunciar estos hechos. Me respondió con otra pregunta, casi como diciéndome: en qué país crees que vives: ¿A quién? ¿A la Contraloría? ¿A la Fiscalía? ¿No ves cómo todos se hacen los locos?  ¿Denunciar para qué? ¿Para terminar perseguida, sin trabajo, amenazada? Y como la mamá Peluche me espetó: ¿Juanito, por qué no eres un niño normal?

Así que las palabras de la señora agente fiscal me parecieron sinceras. Que me calle para que no me pase nada. Para que no quede viuda mi esposa ni huérfanas mis hijas. Desafortunadamente no podré complacerla. Creo que esa es la verdadera amenaza para la sociedad que nuestros hijos y nietos heredarán: que nuestra generación se vea derrotada por la corrupción, el abuso y el cinismo, y no sea ni siquiera capaz de levantar la voz para denunciarlo.

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