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22 de Junio del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
22 de Junio del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La vida no vale nada
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La bicicleta, los enseres domésticos, el auto, incluido el cadáver del asesinado son objetos, cosas absolutamente reales, despojados de su valor simbólico. Y más aún cuando en la sangre y en la historia se halla grabado el decir de los antiguos corridos mexicanos: en nuestros barrios y calles, en nuestra historia, la vida no vale nada.

La vida no vale nada: es la sensación cada vez más patética en nuestra sociedad. No solo porque el coronavirus posee el poder de romper las barreras de la salud y hasta de la vida, sino también porque el poder da la espalda a la gravedad y permite que se abran las puertas de la ciudad para que el virus se pasee a sus anchas.

Y por la otra acera de las ciudades, especialmente en Guayaquil, recorre, sin mascarilla, pero bien armado, el fantasma de la violencia. Por su parte, para no pocas autoridades continúan en cuarentena la preocupación, la solidaridad y la honorabilidad. En los espacios de las precariedades sociales, la vida no vale nada. Igual se asesina a niños como a ancianos. Porque lo que cuenta es el logro de un objetivo: robar la bicicleta o gozar violando y asesinando a una niña. El fin justifica los medios. Una ceguera perversa incapaz de distinguir el bien del mal. 

Algo grave acontece en las sociedades cuando el asesinato se convierte en una suerte de estrategia necesaria del mal. Como si los antisociales se hubiesen convencido de que la mejor forma de perfeccionar el acto delictivo fuese asesinando al dueño del auto, de la billetera o inclusive de esas pocas monedas que hacen la fortuna de los pobres.

Mientras en los estratos superiores rigen leyes especiales que organizan la corrupción, en los estratos medios y populares, la violencia nunca podrá mediatizarse. Sencillamente se expresa en toda su magnitud y crueldad ya sea para robar un teléfono o asaltar una sucursal bancaria. De alguna manera, para los unos se trata de estrategias de sobrevivencia. Para los otros el objetivo es el enriquecimiento veloz pero siempre miserable.

Para los unos, la corrupción construye estrategias a ratos altamente sofisticadas. En el mundo de la delincuencia común, las estrategias son absolutamente obvias, casi exclusivamente materiales. En los unos gobiernan el poder político o económico y la suspicacia. En los otros la audacia y la fuerza bruta y asesina.

En algunas barriadas de las ciudades grandes, la degradación social y ética ha hecho que lo delincuencial se transforme en una violenta e incluso asesina estrategia de vida, una manera de darle la cara a las penurias de la cotidianidad. Entonces toda violencia no constituye sino el escenario indispensable para el logro de un objeto final, con frecuencia, absolutamente elemental. Como no pueden soportar frustración alguna, fácilmente acuden a la crueldad, incluido el asesinato a sangre fría. Si el propósito es robar una bicicleta, ¿por qué no asesinar a su dueño que ofrece resistencia? El fin justifica los medios, principio básico de la maldad a lo largo de la historia.

La bicicleta, los enseres domésticos, el auto, incluido el cadáver del asesinado son objetos, cosas absolutamente reales, despojados de su valor simbólico. Y más aún cuando en la sangre y en la historia se halla grabado el decir de los antiguos corridos mexicanos: en nuestros barrios y calles, en nuestra historia, la vida no vale nada. 

La bicicleta, los enseres domésticos, el auto, incluido el cadáver del asesinado son objetos, cosas absolutamente reales, despojados de su valor simbólico. Y más aún cuando en la sangre y en la historia se halla grabado el decir de los antiguos corridos mexicanos: en nuestros barrios y calles, en nuestra historia, la vida no vale nada. Todos somos sobrevivientes. 

Pero nadie se rasga las vestiduras por los millones de dólares que roban los del poder, los que ostentan títulos y posgrados, los que han sido elegidos por el pueblo para representarnos. Nadie clama justicia al cielo por los millones de dólares robados. Por presidentes, ministros, jueces, fiscales, asesores, alcaldes que se sustrajeron incontables millones del erario nacional. El dinero de los hospitales, de los medicamentos, de las carreteras, de la educación. El dinero de la vida del país.

Esta sí que es harina de otro costal. Harina de la buena. Poseen títulos académicos. Unos han pasado por universidades de prestigio nacionales y extranjeras. Otros han estado en las altas esferas del poder político: han sido gobernadores, ministros, alcaldes, prefectos provinciales, asambleístas. Incluso han estado en la presidencia de la república predicando sin cesar el evangelio de las manos limpias. Peritos en la ciencia de engañar a la ciudadanía para, al menor descuido, cargarse con el santo y la limosna. 

Profesionales de la corrupción. Y cuando excepcionalmente se los detiene, si algún fiscal los acusan, los jueces los encuentran tan inocentes como recién nacidos. Porque ellos cuentan con suficientes recursos para comprar, a buen precio, a esa justicia pervertida. Además, si alguien cae, no es más que un chivo expiatorio para que los otros puedan dormir a pierna suelta. Porque a estos actores de la justicia no los corree nunca el gusanillo de la conciencia. 

Si los del barrio nacieron con el signo de Caín en la frente, los otros, pese a todo, seguirán siendo inocentes, incluso cuando, por algún error, sean hallados culpables. Estos delincuentes son especialistas en la exitosa compra de conciencias judiciales. 

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