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14 de Diciembre del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
14 de Diciembre del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Lárgate de mi casa
¿Qué importancia tiene ella si apenas es una muchacha estudiante, frente a él, héroe de mil batallas y además ya entontecido por el poder? ¿Cuál podría ser su valor de significación ante quien dirige el periódico oficial más importante del país? ¿Qué importancia y sentido poseerá esa chica ante semejante poder, ella que tan solo es una desvalida muchacha convertida en vil objeto absolutamente desechable y vilipendiable?

Una raya más no le hace al tigre, habrá pensado él luego de cada golpe propinado en el cuerpo de una muchacha con la que había compartido su casa y probablemente las ternuras y los goces de la cama. Un golpe más a esa mujer que, en ese momento, es inscrita en el registro infinito del número de mujeres maltratadas, vilipendiadas, asesinadas. La infame lista que comienza en el mito de su creación de una costilla del varón. El mito en el que se ha querido hallar equidad cuando en verdad da cuenta de una razón casi fundante del no valer por sí misma de la mujer, de su minusvalía, de su lugar de servidumbre. Allí nacería la esclava del señor. A las esclavas no se las ama, el amo las usa y abusa libremente.

Y así se han vivido y han sido hechas y han sido utilizadas y han sido sacrificadas todas las Evas en la tradición, en la legislación, en las prácticas sociales y religiosas de nuestro occidente cristiano. 

Desde entonces se las obligó a postrarse de rodillas para decir a cada hombre: he aquí tu  humilde y obediente esclava dispuesta a obedecerte en todo, tu objeto tanto de deseo y de placer como de humillación. Esa es la fuente mítica de la que surgen tanto los poderes de él como la actitud de ellas al ofrecer ternura y respeto o la posición del amo que trata a la patada a su esclava de la que espera que, a cada golpe, responda, desde niña, desde antes de nacer: he aquí tu esclava, señor mío.

En el instante mismo en  el que ya no la necesita, se produce la metamorfosis lógica, original y necesaria. Ella, la amada y deseada con pasión hasta hace un instante, ella, fuente de placeres y goces, ella se convierte en objeto que estorba y del que es indispensable deshacerse lo antes posible, arrojarla a la calle porque ese es el lugar que le pertenece. Debe irse para que su espacio sea ocupado por otra Eva. 

¿Qué importancia tiene ella si apenas es una muchacha estudiante, frente a él, héroe de mil batallas y además ya entontecido por el poder? ¿Cuál podría ser su valor de significación ante quien dirige el periódico oficial más importante del país? ¿Qué importancia y sentido  poseerá esa chica ante semejante poder, ella que tan solo es una desvalida muchacha convertida en vil objeto absolutamente desechable y vilipendiable?

Ancestral  machismo  que nunca se expresa mejor que cuando es capaz de arrojar a la calle, a media noche, en medio de todos los riesgos imaginables, a quien poco antes decía amar y desear hasta el infinito. Ya no la necesita más, ya no significa nada porque, una vez usada, se ha transformado en los deshechos de un objeto que él no puede soportar ni un minuto más en su casa llena de honradez, lealtad, benevolencia, honestidad y sabiduría. 

Ella se resiste a salir sola. Le suplica quedarse hasta el amanecer. Pero él ya no escucha nada porque todo lo perverso del poder lo embriaga y hace que aparezca en toda su magnificencia lo que para él significa la mujer: objeto. La golpea sin piedad alguna, exactamente como debe obrar quien se halla embriagado de poder y de maldad. Ya no la necesita más. Es media noche, la hora privilegiada para las más crueles agresiones a la mujer. La hora en la que el silencio y la oscuridad han sido por siglos testigos y cómplices de la enciclopedia universal de los maltratos y humillaciones que ha recibido la mujer, esclava del señor. 

Lárgate de mi casa, le grita una y mil veces. Parecería que se halla absolutamente convencido de que ella no merece nada más que eso. El poder fálico que engrandece no solo los imaginarios de su poder sino también su estulticia y su crueldad.  Después de usarla, ella deviene basura que debe ser arrojada al muladar. Él volverá a su oficina a dirigir, como si nada, el periódico oficial del gobierno.

Ella pasará al silencio del anonimato que es el lugar que corresponde a las víctimas de los amos. Él seguramente tomará vacaciones o se declarará enfermo para crear los espacios necesarios que permiten la construcción del inocente quemeimportismo y del olvido. Finalmente, tal vez escriba algún artículo sobre los derechos inalienables de las mujeres que lo publicará en el periódico que regenta.

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