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14 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 12 minutos
14 de Junio del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Las lecciones del Perú
Tres problemas en la última semana, emergieron: un cambio de imagen, malas compañías y lo que llama “la suma de todos los miedos”. La imagen sufrió porque “de la dulce y cálida Keiko Fujimori no quedó nada en el primer debate” de la segunda vuelta. “Ganó el debate pero apareció otra Keiko. Dura. Sarcástica. Con viveza criolla. Y, por encima de todo, mentirosa a primera vista. Era otra. La prepotencia se había apoderado de ella. Esto sucedió apenas a dos semanas de las elecciones. Se salió de su eje. Grave error táctico.

Al menos dos lecciones clarísimas emergen de las recientes elecciones en el Perú. O tal vez tres, si es que se añade la reflexión de que en el Ecuador, donde tan pendientes vivíamos de lo que acontecía en nuestro vecino del sur, esta vez ni un solo medio de comunicación envió reporteros (ni una sola televisora hizo el más mínimo intento de tener una versión propia y ningún periódico hizo un reportaje desde su propia pluma). Todos dependimos de las grandes agencias y cadenas de televisión internacionales.

Pero aparte de eso ––que se explica por las penurias que pasan los medios ecuatorianos debido a que al acoso de nueve años del Gobierno se ha sumado desde hace unos meses la crisis económica, traducida en una caída estrepitosa de la publicidad––, las lecciones vienen de allá, del Perú. La primera es la civilidad con que la población y los candidatos esperaron a que concluyeran los escrutinios y la reciedumbre con que Keiko Fujimori aceptó de inmediato el veredicto, a pesar de lo estrecho del resultado final.

Ya nos imaginábamos con la colega periodista Thalía Flores ––que dedicó su programa Descifrando a la situación peruana y cuya invitada principal fue la embajadora del Perú, Elizabeth Astete––, lo que hubiera ocurrido aquí en un caso similar. Claro que, para empezar, aquí nadie creería, ni cree, al Consejo Nacional Electoral, pero, incluso si la autoridad electoral tuviera visos de neutralidad, no tendríamos los nervios tan templados como para aguantar durante una semana que la diferencia se vaya reduciendo del uno y pico por ciento, que ya era estrecho, a tres décimas. No requiere nada de imaginación visualizar que aquí se armaría la de Dios es Cristo entre partidarios, se cruzarían todo tipo de acusaciones y no faltarían tomas de las instalaciones electorales y hasta actos de violencia. Los candidatos en vez de calmar a sus huestes, las azuzarían, entrando en un juego perverso que terminaría muy mal.

En el Perú, tanto Pedro Pablo Kuczynski como Keiko Fujimori se eximieron de dar declaraciones o, a lo más, pidieron, a través de redes sociales, que se mantuviera la calma y se esperara el veredicto final. Los pocos adherentes que se reunieron frente al organismo electoral lo hicieron en paz, con sus banderas y gritos, pero sin agredirse. Es una lección para nuestros ciudadanos y en especial para los políticos y sus círculos cercanos que, como en el caso de Alianza País, no tienen empacho en organizar a sus partidarios para la lucha campal en calles y plazas, como su propio líder, el ínclito Rafael Correa, lo pedía tras las manifestaciones de hace un año, para poder “llenar la plaza” (de la Independencia) “en una hora”. ¿Qué harán cuando pierdan en el 2017? Porque van a perder.

La segunda lección es de más fondo: los electores peruanos finalmente rechazaron al populismo y dieron el triunfo, por el ancho de una hoja de afeitar, a una propuesta tecnocrática, la de PPK, iniciales de Kuczynski y del movimiento que formó: Peruanos por el Kambio.

Eran dos candidaturas de derecha las que se disputaban el poder en el Perú, pero la una era la derecha populista heredera de las formas, estilos, corruptelas y abusos del régimen de Alberto Fujimori (1990-2010). Keiko sabía que eso le costó la elección en la campaña de 2011 y esta vez hizo todo lo posible por distanciarse de su padre, al que ni siquiera fue a visitar una vez en la cárcel durante la campaña. Por eso también ocultó lo más que pudo a las figuras que estuvieron cerca del gobierno de su progenitor y, con mayor astucia, puso en las listas de diputados a figuras provinciales que no tuvieran pasado fujimorista sino más bien escogió a personalidades que fueran populares por sus propios méritos y que, incluso, tuvieran recursos para financiarse sus campañas. Eso implicaba construir su propio partido, dejando de lado las estructuras del fujimorismo.

Además, dulcificó su imagen, a veces vista como muy impositiva o manipuladora. Y lo hizo de una manera disciplinada durante estos últimos cuatro años. A lo largo de ellos, se dio varias vueltas al Perú, visitando los lugares más recónditos. Fortaleció sus redes. E hizo una impecable campaña populista, ofreciendo “la redención a la vuelta de la esquina”, como describe Rodrigo Borja a lo que hacen los caudillos populistas, rodeándose de jóvenes para dar una imagen de frescura y renovación, pero usando siempre resortes populistas, como le acusaron sus opositores, de repartir dinero dentro de unas tarrinas o “tapers” que regalaba en los mítines. Y, sin embargo, perdió por una nariz.

En la segunda vuelta, porque en la primera sacó un impresionante 40% sobre PPK que solo obtuvo 22% y la excelente candidata de la izquierda, Verónika Mendoza, que logró 20% y quedó eliminada. Además, Keiko barrió en el parlamento: 73 de los 130 escaños, contra 18 de PPK y 20 de la izquierda. Todo parecía ya dicho y las encuestas lo confirmaban: hasta poco antes de las elecciones estaba entre tres y cinco puntos por encima de su contendor. Pero, cuando se llegó a la decisión final, le faltaron 40.000 votos, que recibió su contrincante.

La politóloga y profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Rosa María Palacios, decía en su blog de análisis político http://rosamariapalacios.pe/2016/06/08/por-que-perdio-keiko-fujimori/ ,  que “Keiko Fujimori tenía todo para ganar la Presidencia del Perú una semana antes de las elecciones. Su campaña era más organizada que la de Kuczynski, su núcleo duro de asesores (Ana Vega, Pier Figari) se mantenía firme. Su planificación de viajes e intervenciones públicas eran correctas. Sus lastres habían sido dejados en el camino. Su pauta publicitaria, intensa”.

¿Qué pasó entonces? “Eso debe estar preguntándose ella, con la frustración de estar tan cerca y no llegar, por segunda vez”, afirma. ¿Qué hizo mal? Según Palacios y los análisis coincidentes de unos pocos analistas más que he consultado, la perfecta imagen que había construido Keiko se trizó al final y dejó entrever, entre las pequeñas rajaduras que se hicieron, el peligro de volver al pasado del fujimorato. Eso retrajo a algunas decenas o centenas de miles de votantes.

Lo otro es que Verónika Mendoza, en una demostración de madurez política, pidió el voto por PPK. En mensajes radiales, algunos de ellos en quechua, y a través de su Facebook, también con versiones en quechua, llamó a sus seguidores a negar el voto a Keiko y dárselo a PPK. Esto le dio al tecnócrata algunas centenas de miles, quizás uno o dos millones, de votos más. A pesar de que en el Perú también se dice que el voto no es endosable, las comunidades campesinas y las clases urbanas bajas y medias que están con la izquierda, son mucho más disciplinadas que cualquier otro segmento de votantes.

Según Palacios, emergieron tres problemas en la última semana: un cambio de imagen, malas compañías y lo que llama “la suma de todos los miedos”. La imagen sufrió porque “de la dulce y cálida Keiko Fujimori no quedó nada en el primer debate” de la segunda vuelta. “Ganó el debate pero apareció otra Keiko. Dura. Sarcástica. Con viveza criolla. Y, por encima de todo, mentirosa a primera vista. Era otra. La prepotencia se había apoderado de ella. Esto sucedió apenas a dos semanas de las elecciones. Se salió de su eje. Grave error táctico. Aparentemente le sugirieron que mostrara firmeza para contrarrestar su condición de mujer joven y sin experiencia. No funciono así”.

Luego estuvo el escándalo de Joaquín Ramírez, millonario empresario fujimorista, de quien se supo estaba siendo investigado por la DEA. Keiko se lanzó a negarlo todo y empeñó todo su prestigio en defender al acusado, mientras su candidato a vicepresidente, José Chlimper, entregó un audio en que el testigo de la investigación de la DEA se desdecía. Cuando se supo que ese audio era manipulado, y que se le hacía decir a ese testigo (un antiguo piloto aeronáutico) lo contrario de lo que había expresado, se vino abajo el telón. La renuncia de la periodista a quien habían engañado con el audio, denuncias de otros periodistas sobre la manipulación, gran despliegue en la prensa, ayudaron a la debacle. Keiko entró a la pelea, con actitudes de maltrato a los medios, lo que agravó el quiebre de su imagen.

Era la aparición de las antiguas tácticas del fujimorismo, de los amaños y las mentiras. Y a la gente le entró el miedo. Como dice Palacios “el caso ocupó espacios importantes en la prensa y trajo al centro de la campaña viejos temores y el recuerdo de las prácticas mañosas de Montesinos”. No solo eso, sino que once congresistas de su lista están investigados por lavado de activos.

Todos estos miedos se sumaron: narcotráfico, trampa, autoritarismo. “Estos hechos y actitudes finales, montados sobre los problemas estructurales de su discurso, destruyeron la posibilidad de Keiko Fujimori de ser Presidenta”, dice la politóloga.

Recuerdo a Keiko y a su hermano Kenji, ahora distanciados, como acompañantes de su padre, cuando Rodrigo Borja invitó al todavía democrático presidente peruano en enero de 1992, el que tuvo un cálido recibimiento en Quito. No era sino una simpática adolescente de 16 años. Hoy, de 40 años, ya ha rozado el poder en el Perú, pero no lo ha alcanzado. Habrá que esperar y ver cómo reconduce sus fuerzas y su vida, porque la mitad de los electores peruanos sí la creyeron.

Pero por hoy interesa estudiar las lecciones de las elecciones del Perú. ¿Sabremos unirnos todos, incluida la vieja izquierda, para derrotar al delfín que Correa nos ponga por delante? ¿Sabremos dejar de lado los prejuicios enquistados de la ideología para salvar al país?

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