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6 de Abril del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
6 de Abril del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Lenin Moreno y la fragilidad política
¿Sustituirá Lenin Moreno a Correa, seguirá esa línea de pensamiento y de acción armada en esta década? Desde luego que Correa pretenderá hacer de Moreno un heredero fiel al dueño del movimiento. También es altamente probable que para Alianza País el presidente sea visto y asumido como quien prepara el retorno lógico y político de Correa. ¿Será esto posible?

En principio, Lenin Moreno habría ganado legítimamente las elecciones. En consecuencia, será el próximo presidente del país que sucederá a Rafael Correa que durante largos y casi interminables diez años ha sido el presidente omnipotente, el dueño de todo el país. Pero, a diferencia de Correa, Moreno ha triunfado con un muy escaso margen de votos que, desde luego, legitiman su elección pero que, sin embargo, no le darán aquella fortaleza que requerirá para gobernar. El 50 por ciento del país no está con él. Esa mitad que, de una u otra manera, se halla no en la otra orilla del río sino a su lado, pero en un andarivel opuesto, casi contradictorio.

¿Olvidará olímpicamente Moreno a este medio país que le dijo No en las urnas?

¿Sustituirá Lenin Moreno a Correa, seguirá esa línea de pensamiento y de acción armada en esta década? Desde luego que Correa pretenderá hacer de Moreno un heredero fiel al dueño del movimiento. También es altamente probable que para Alianza País el presidente sea visto y asumido como quien prepara el retorno lógico y político de Correa. ¿Será esto posible?

Ciertamente no. En primer lugar, no se puede pasar por alto el hecho de que Correa es el armazón, los cimientos y las paredes de AP. El constante decir: nosotros, los de AP, no es más que una forma discursiva de señalar una pertenencia caracterizada fundamentalmente por la sumisión y ciertos imaginarios de poder que, desde luego, no corresponden a la realidad. No hay que hurgar demasiado en la oratoria y en las actitudes de esta década para descubrir que quien maneja todos los hilos del movimiento es, ha sido y será Rafael Correa. Para los otros, no se trata más que de un lirismo, desgraciadamente fatal para el país, sin ningún sostén eficazmente sólido. Si esa fuese la intención, el proyecto presidencial estaría herido de muerte.

 Moreno, para ser presidente, requiere que Correa se ubique lo más lejos posible de Carondelet tal vez incluso lejos del país. Pensar que Correa va guardar silencio y que va mantenerse a la distancia que le corresponde es soñar en círculos cuadrados. Ni lo uno ni lo otro: ni la distancia ni el silencio. ¿Cómo olvidar que fue Correa quien lo colocó en el lugar de la sucesión? Si no se diese un auténtico corte, sería muy probable que Moreno fácilmente asuma una posición de perenne expectativa sobre la aprobación de su desempeño por parte de Correa. La expectativa sobre un beneplácito que Correa no le concederá gratuitamente. Solo si Correa tomase unas largas, muy largas vacaciones políticas, fuera del país, Moreno podría hacer su presidencia, bien o mal, pero la suya. Sueños imposibles.

Moreno no es Correa, ni para bien decir ni para mal decir. Y podría acontecer que termine salvándolo, teniendo en cuenta que el país, desde hace rato, ha estado harto de Correa, de su prepotencia, de su omnímoda sabiduría, de su violencia sin límites.

Pero al mismo tiempo, imposible negar que Moreno representa la prolongación del correísmo con todas sus taras, tanto las reales como las imaginarias. En la realidad numérica, medio país votó en contra de Correa. Y esto Moreno no podrá ni desconocer y peor aun olvidar. Para unos felizmente, pero para la otra parte del país, desgraciadamente, ganó las elecciones. Esta división numérica que será también afectiva e incluso ideológica podría terminar convirtiéndose en una suerte de espada de Damocles puesto que la media manzana corresponde a la oposición que, probablemente, no va a encerrar en el olvido las sospechas de ilegitimidad. Esto implicaría que al rechazo abierto o camuflado de la mitad del país que no votó por él se añadirá el perenne recordatorio de la presencia de Correa que difícilmente se podrá evitar.

Una vez que se hayan resuelto las dudas y sospechas, la legitimidad de la elección no será la que fortalezca el mandato que en sí mismo es débil porque podría saber a una suerte de encargo. Como se dice en el argot popular, estará ahí para cuidar el puesto de Correa. Esta posición, por más absolutamente irreal que parezca, no por ello dejará de pesar sobre los imaginarios colectivos y también sobre los ejercicios reales del poder.

A esto se añadirán las sombras de las sospechas que pesan sobre el señor Glas y que no pueden ser menospreciadas. Hay una lista de beneficiados por la corrupción de Odebrech. Se dice que ahí estaría el nombre del señor Glas. La lista, tarde o temprano, a las buenas o a las malas, saldrá a la luz.

¿Creerá Moreno que se puede echar un velo para que nadie vea ni diga nada? Imposible cuando el cincuenta por ciento del electorado se halla en la oposición. ¿Por qué se le puso a Glas al lado de Moreno sabiendo lo que se sabe sobre las sospechas? ¿Para desvirtuarlas? ¿Para protegerlo desde el poder que es capaz de convertir en buen pan cualquier podredumbre política?

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