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24 de Abril del 2017
Ideas
Lectura: 13 minutos
24 de Abril del 2017
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Lenin sucede a un zar (y no hablo de Moreno y Correa)
Hace exactamente 100 años, un tren alemán llevó en secreto a Vladimir Illich Ulianov, que se hacía llamar Lenin, a San Petersburgo. Con un radicalismo sin concesiones encabezó a los bolcheviques, provocó la Revolución de Octubre, se hizo con el poder e instauró el comunismo. En el Ecuador de hoy, otro Lenin sucede a quien se ha comportado como un zar.

Tarde en la noche del 16 de abril de 1917, hace casi exactamente un siglo, un tren que llevaba a 32 pasajeros arribó a la estación Finlandia, en San Petersburgo, culminando un viaje de ocho días desde Zurich. Los pasajeros ––que desembarcaron ante una delirante multitud mientras una banda de música tocaba “La Marsellesa”––, llegaban un tanto atrasados a una revolución que había comenzado sin ellos, al multiplicarse los disturbios causados por la falta de alimentos hasta producir la abdicación del zar el 15 de marzo y la instalación de un gobierno provisional.

La capital imperial era el centro de las revueltas y el principal viajero en aquel tren, Vladimir Illich Ulianov, que se hacía llamar Lenin, se pondría al frente de los bolcheviques el ala más radical del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, y ese mismo mes habría de proclamar sus famosas “Tesis de abril”, que eran de un radicalismo total: nada de concesiones a la burguesía,  nada de república parlamentaria, todo el poder a los soviets, el partido debía llamarse Comunista… y Rusia debía firmar la paz.

Esto último era, precisamente, lo que buscaban quienes le ayudaron a llegar a Rusia: los alemanes. Pensando que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, Alemania, en plena Primera Guerra Mundial, y con dos frentes abiertos, al oriente y al occidente, estaba dispuesta a cualquier cosa, lo que le hizo aceptar la idea planteada por socialistas suizos, de trasladar a Lenin, un conocido e incendiario revolucionario y a otros radicales exiliados a Moscú.

Lo que los dirigentes alemanes buscaban, con el cinismo y frialdad de los movimientos de una guerra, era desestabilizar aún más la situación en Rusia, ya de por sí caótica tras las derrotas militares que ellos les habían infligido, el colapso de la producción agrícola y la inhabilidad del zar Nicolás II de manejar su imperio, lo que había provocado su abdicación. La decisión alemana se aceleró por la desesperación para debilitar a Rusia por dentro, a fin de poder concentrarse en frente occidental, entre otras cosas porque tres días antes de la partida de Lenin desde Zurich, EEUU había decidido entrar en la guerra, lo que implicaba la llegada de nuevas armas y tropas por ese costado.

Lenin explicaría después que había aceptado la ayuda alemana bajo la condición de que el tren estuviera “sellado”, que no había cruzado ni una sola palabra con alemán alguno hasta llegar a Rusia y que ni siquiera les habían sido revisados sus pasaportes en ninguna frontera. Pero eso era también obra de Alemania, que utilizó su poder para que los viajeros, en medio de la guerra, atravesaran en secreto media Europa, dentro del mismo vagón, un vagón ordinario de madera pintado de verde, provisto de dos sanitarios. Así cruzaron toda Alemania, pasaron por ferry a Suecia (el vagón fue desconectado del tren, cargado a bordo y luego enganchado a otra locomotora, esta vez sueca, a la que también se unió el vagón de los guardias alemanes).

La nueva locomotora haló los dos vagones por las líneas férreas suecas hacia el norte, casi hasta el Círculo Polar Ártico, los hizo entrar al Gran Ducado de Finlandia y bajar traqueteando hasta la frontera rusa, todo en secreto para asegurarse que Lenin y sus camaradas llegasen a su destino. Solo pocas horas antes de su llegada se avisó a los bolcheviques para que salieran a recibirlo, con lo que contrataron la banda de música y hasta alcanzaron a fabricar un arco de triunfo.

Lenin cortó en seco el tono festivo de sus partidarios con un discurso incendiario en que dijo que no había que permitir que continuara el gobierno provisional de Alexander Kerensky, que la tarea inmediata era organizarse pues “la revolución no se hace sino que se organiza” y que la victoria de la revolución sería la dictadura del campesinado y el proletariado. Tal vez reiteró su idea de que “salvo el poder, todo es ilusión”.

La ayuda de los enemigos de su país resultó decisiva para Lenin, que antes del fin de año llegó al poder, fundó lo que sería la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y cambió la historia del siglo XX, al formar el contrapoder más grande que han enfrentado los países capitalistas. Durante décadas, decenas de millones de hombres y mujeres en Rusia, China, Vietnam, y países de Asia, África y América Latina, consagraron sus vidas a los principios del marxismo-leninismo, es decir de la versión leninista de las ideas de Karl Marx sobre la lucha de clases y la dictadura del proletariado. Para Winston Churchill, Lenin fue como el “bacilo de una plaga” que se había introducido en un cuerpo precisamente en el momento que podía hacer más daño.

Por su parte, Alemania logró más de lo que esperaba: no solo caos sino, dado el triunfo de los bolcheviques y el cansancio del pueblo ruso de la guerra, un tratado de paz muy generoso para sí misma. No le serviría de mucho, porque a la larga sería derrotada y sufriría la humillación de tener que firmar a su vez el humillante Tratado de Versalles.

Lenin había estado viviendo en Zurich con su mujer, Nadezhda Konstantinovna Krupskaya, yendo mañana y tarde a la biblioteca pública donde leía con avidez y escribía inflamatorios artículos en que incitaba a la rebelión en Rusia y Europa y rechazaba la guerra (a la que correctamente interpretó como un choque entre las fuerzas imperialistas).

Su vida era de una gran pobreza: subarrendaba un cuarto a un zapatero y, aunque estaba atento a las noticias de su tierra, andaba muy desalentado con las perspectivas de la revolución. Como dicen sus biógrafos ––basándose en lo que más tarde contó Krupskaya (apellido que, como el apodo de Lenin, se volvió famoso entre los izquierdistas del Tercer Mundo para ponerlo como nombre a sus vástagos)––, le tomaron por sorpresa las revueltas causadas por el hambre y más todavía la abdicación del zar en marzo de 1917, pues ya creía, como había escrito poco antes, que “nosotros los viejos camaradas probablemente no veremos las batallas decisivas” de la revolución.

Repuesto de su sorpresa, se desesperó por viajar a su país, en el que no había estado durante muchos años (en total, Lenin había vivido 17 años en el exilio, con breves retornos a Rusia, como por ejemplo en la revolución de 1905) y aceptó la propuesta de sus enemigos jurados: los imperialistas alemanes.

A Petrogrado ––el nombre oficial de San Petersburgo desde 1914 a 1924, cuando, tras la muerte de Lenin se la nombró Leningrado, denominación que mantuvo hasta 1991, cuando volvió a su nombre histórico––, a Petrogrado, digo, procedente de Nueva York y tras superar un encarcelamiento de un mes en Halifax, Nueva Escocia, en el dominio británico de Canadá, llegaría también otro revolucionario, colega, amigo y rival de Lenin, León Trotsky, que se convertiría en el otro gran líder de la revolución rusa y del inicio de la construcción del estado soviético.

Es curiosa la coincidencia de que, un siglo después, otro Lenin suceda a quien se ha comportado como un zar, Rafael Correa. Como Nicolás II, Correa no pudo seguir más en el poder, no por las revueltas sino por las encuestas, por lo que de mala gana declinó su candidatura presidencial. Si el 16 de abril de 1917 Lenin, el original, llegaba a San Petersburgo, el 18 de abril de 2017, el CNE determinó oficialmente que Lenín Boltaire Moreno Garcés había obtenido un poco más de cinco millones de votos frente a su rival de la segunda vuelta Guillermo Alberto Santiago Lasso Mendoza quien había obtenido algo más de 4,8 millones, es decir 51,16% frente a 48,84% una diferencia de 2,32% sobre un total de 10,6 millones de sufragantes. Esto significa que Moreno sucederá al gobernante más autoritario de la historia ecuatoriana, cuya voluntad, igual que los ucases de los zares, debió cumplirse a rajatabla durante 10 años, so pena de hacer llorar a ministros o condenarlos al ostracismo, para perseguir a opositores, aherrojar libertades y utilizar el Estado a su antojo.

Lenin, el original, también vivió en Ginebra, más tiempo incluso que en Zurich, con las estrecheces de un exiliado. El Lenín ecuatoriano, en cambio, vivió en Ginebra con las holguras de un hombre bien pagado, con fondos del pueblo ecuatoriano sin ser funcionario gubernamental.

No quiero exagerar en la búsqueda de paralelismos, pero es dramático el hecho de que Lenin, el original, siendo ya jefe del gobierno ruso, fue disparado por la anarquista Fanny Kaplan que intentó matarlo, cuando a las 7 de la noche del 30 de agosto de 1918 salía de una fábrica donde había hablado. Recibió un balazo en el hombro izquierdo y otro en el cuello; sobrevivió, pero quedó con una bala alojada en su cuello, una de las causas para que el último año de su vida pasase en silla de ruedas.

Todos sabemos que Lenín Moreno quedó parapléjico por una lesión medular causada por una bala cuando fue disparado por dos delincuentes en un intento de robo a él y a su mujer, cuando a las 7 de la noche del 3 de enero de 1998 salían de una panadería en el norte de Quito (aunque, en la histeria en que se sumió la derecha durante la campaña, haya surgido la calumnia de que fue herido por un guardaespaldas de Marcel Laniado en un intento de secuestro en el que habría participado Moreno, una novela absurda y detestable de la que incluso se hizo eco un descerebrado en las concentraciones frente al CNE).

Salir de aquella herida y afrontar la discapacidad le costó una gran dosis de coraje. La historia la ha contado él mismo muchas veces: cuatro años en cama, la desazón, el dolor, hasta que decidió “volver a vivir” y curarse por el humor. Lo que hay que ver ahora es si Lenín Moreno tiene el coraje y la capacidad de enfrentar el desafío gigantesco que implica dirigir el Ecuador de hoy, con un déficit fiscal de $ 5.000 millones, una deuda acumulada de casi $ 40.000 millones, un aparato estatal obeso, 62 de cada 100 personas sin trabajo, un partido dividido y 244 promesas por cumplir. Él también ha lanzado sus “tesis de abril”: pedir al tipejo aquel, Carlos Pólit, que “revise” (no dijo desista) de la querella contra los miembros de la Comisión Cívica Anticorrupción; pedir a la Supercom que deje “insubsistentes” los procesos contra siete medios por no haber publicado el pasquín de Pagina 12; declarar que el estilo confrontacional de gobierno “posiblemente ya no sea útil” en esta nueva etapa; anticipar que se reunirá con periodistas para ver los cambios que requiere la Ley de Comunicación… 

Que haga un gobierno distinto, democrático y tolerante, tal vez sea mucho pedir, pero ¿podrá siquiera gobernar con tranquilidad? ¿O habrá que repetir la frase que inventó León Trotsky el 7 de noviembre de 1917 y que ha sido usada tantas veces, aquella que dijo a los mencheviques que se retiraban del segundo Congreso de los Soviets: “Váyanse donde pertenecen: el basurero de la historia”?

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