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22 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
22 de Septiembre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Leopoldo López: dolor para disfrutarlo
Cuando la justicia se convierte en una dependencia del poder político, no son las leyes las que prevalecen sino el deseo del poder. Parte importante del autodenominado socialismo del siglo XXI ha consistido en el apoderamiento del sistema judicial por el poder político. Entonces, los jueces no escuchan a los acusados y a los testigos sino al poder.

Antes de que se inicie el juicio contra Leopoldo López, uno de los miembros de la defensa estaba convencido de que, pese a las circunstancias del país, prevalecería el sentido de justicia y que, por ende, sería declaro inocente y puesto en libertad. El juicio sumarísimo, en el que se pasaron por alto todas las pruebas de la defensa, dio al traste con estas esperanzas. Contra toda lógica, justicia y razón, Leopoldo López fue condenado a 14 años de prisión. Una sentencia prácticamente normal y adecuada cuando es el poder quien maneja todos los hilos de la justicia, cuando el deseo de venganza y de muerte prevalece sobre las pruebas reales. Absolutamente lógico, cuando los jueces no son otra cosa que empleados del poder político y que, por ende, no tienen la misión de hacer justicia sino de anular y de asesinar la palabra y la libertad del otro.

¿Acaso que el poder no celebró con bombos y platillos la sentencia de condena eterna? En el rostro de jueces y delegados del gobierno a la audiencia se dibujó una gran sonrisa atravesada por un rictus que daba cuenta de lo perverso presente en ese lugar en el que debía primar lo justo. Si los abogados defensores nacionales e internacionales coincidían en que no se había logrado probar nada en contra de López, los jueces, títeres del poder, dijeron todo lo contrario. El poder, cuando es perverso, construye círculos cuadrados.

Cuando la justicia se convierte en una dependencia del poder político, no son las leyes las que prevalecen sino el deseo del poder. Parte importante del autodenominado socialismo del siglo XXI ha consistido en el apoderamiento del sistema judicial por el poder político. Entonces, los jueces no escuchan a los acusados y a los testigos sino al poder. Tampoco leen los códigos sino las proclamas del poder. Finalmente, los jueces no sentencian en justicia sino de conformidad a lo que desea y dispone el poder. Se trata de un ordenamiento que asegura su eficacia en el principio de sumisión absoluta al poder político, único capaz de decidir sobre la verdad y el engaño, sobre la culpa y la inocencia, en definitiva, sobre la vida y la muerte. En Venezuela, las preguntas de la justicia no versan sobre la verdad sino sobre el deseo del poder.

Allí, como en otros países de la región, ya no imperan la ley y la justicia sino el poder y una especie de profusión de palabras que roza lo perverso. No se trata de que exista un pensamiento único. Se trata del predominio del poder del único. En Venezuela, los discursos de su presidente se han convertido en el paradigma de lo absurdo y de la vía mediante la cual se ordena lo social, lo legal, lo político, lo económico y lo militar. No importan las contradicciones y sinsentidos cuando sirven para enmascarar la debilidad de ideas y de lógica y la ausencia de moral jurídica y social. El absurdo consiste en que lo perverso de ese pensamiento se convierte en norma de vida, en principio jurídico y en sentencia. Maduro sentenció a López a cadena perpetua, lo sentenció a muerte. El sistema judicial no hace otra cosa que obedecerle puesto que ahí el discurso político vale más, muchísimo más, que la ley. Esa clase de sentencias siempre y en todas partes dan cuenta de la debilidad del poder central que no admite que existan funciones autónomas y libres como la función judicial y la electoral.

El pensamiento único no es, ni intelectual ni lógico. Tan solo corresponde a una estrategia utilizada para evitar que tenga que habérselas con la ley y la justicia, con la ética y la verdad. En definitiva, el poder teme las diferencias que, primero y ante todo, son éticas y lingüísticas. El pensamiento único se halla, pues, íntimamente ligado a la crueldad. Hitler, Stalin, Mao: ejemplos de pensamiento único que los autorizó a llevar la crueldad al límite de lo absoluto. No es posible el imperio del pensamiento único sino al margen de la libertad pues no es más que una de las formas privilegiadas de la crueldad. Las religiones monoteístas son ejemplos de la crueldad con la que se impuso el pensamiento único.

Para el poder, el ideal sería asesinar a López para borrarlo de una vez por todas del mapa de esa política cuyo enemigo número uno es la diferencia. ¿Acaso el presidente Chávez no alababa a Kim Jong-un? Quien defiende la crueldad, del orden que fuese, no es digno de fe. Es, pues, necesario reconocer que la violencia y la crueldad nunca han servido para testimoniar sobre la verdad, la validez y la legitimidad del poder sino sobre su debilidad e ilegitimidad. El pensamiento único se halla muy lejos de ser una ideología. Simplemente y de manera absoluta pertenece a la tiranía porque no deja resquicio alguno para la expresión de las diferencias cuyos brotes suelen ser asesinados apenas aparecen.

Hay que encarcelar de por vida a López porque es la estrategia con la que cuenta el poder para que nadie escuche su voz encargada de contradecir sus supuestas verdades, para que nadie se atreva a correr el velo para que aparezcan las debilidades del poder omnímodo de Maduro, para que nadie capitalice su ineptitud. Esa ineptitud que al comienzo tuvo visos de ironía y de comicidad como cuando afirmó que Chávez se le apareció en forma de pajarito para enseñarle a gobernar. Ahora los milímetros de segundo y otras maravillas ya no producen risa sino pena. 

El simplismo del pensamiento único va en contra de la complejidad de la democracia en la que han nacido y viven los desarrollos ideológicos y políticos del mundo. López representaría la complejidad, es decir, la voz que denuncia la imposición de lo único como ideología y como verdad de Estado. Esa voz no solo deberá ser anulada sino aislada y torturada para que sirva de lección a los otros. Es elemental y perverso utilizar la crueldad y el dolor como escarnio y como estrategia pedagógica. Este es el principio que lo condujo a destruir los pocos bienes de las familias pobres de origen colombiano y lanzar, por medio río, a grandes y niños, a mujeres y enfermos al otro lado de la frontera. Él se bendecía a sí mismo con el espectáculo de la crueldad que tan bien le hace. Gotas de ambrosía añadidas a las que consiguió con la condena de López.

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