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14 de Noviembre del 2017
Ideas
Lectura: 5 minutos
14 de Noviembre del 2017
Carlos Rivera

Economista, catedrático de la Universidad de Cuenca. 

Lo que no se termina de entender
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Lo que estamos viviendo es el inevitable chuchaqui —sin cerveza ni ceviche— de una gran borrachera con un pésimo trago. A la falta de política monetaria, la dispendiosa política fiscal de los últimos 10 años nos dejo sin ahorros líquidos, elevada prima de riesgo soberano y una estructura productiva dependiente de la demanda interna, dejando al nuevo gobierno muy poco espacio de maniobra.

Que el gobierno haya comenzado su programa macro con ajustes fiscales no debe sorprender. Lenín Moreno heredó un fuerte desequilibrio fiscal, asociado a la inviabilidad del abultado gasto del sector público frente a la caída de los ingresos petroleros; una gran iliquidez en caja, la cual obligó a nuevos y onerosos endeudamientos de entrada y finalmente heredó una enorme deuda pública en trayectoria explosiva. En orden de prioridad, esto último está por encima de los otros dos desequilibrios que caracterizan a la economía ecuatoriana: el desequilibrio interno, ligado a la contracción de la demanda interna que ha llevado a un agudo proceso recesivo, y el desequilibrio externo, derivado de la sobrevaloración del tipo de cambio real y la pérdida de competitividad. Esto, porque  primero hay que apagar el incendio y luego tratar de echar el país a andar. De hecho, puede hasta observárseles por qué no hacen un ajuste fiscal más profundo, si vamos por la línea ortodoxa de la economía.

Es importante el déficit fiscal, ya que sin un ajuste que permita alcanzar un superávit fiscal primario en un horizonte no muy lejano, la deuda pública seguiría creciendo explosivamente al menos a un ritmo igual a la diferencia entre la tasa de interés real que el país paga sobre su deuda (entre 4% y 5%) y la tasa de crecimiento de la economía (menos del 1%). Por lo cual cualquier ajuste fiscal, aún a costa de ser recesivo, se debe comprender como parte de la factura que hay que pagar por la farra y los excesos del anterior gobierno. Todos estos desbalances, si bien fueron gatillados por la caída del precio del petróleo, se gestaron en la muy mala calidad de las políticas macroeconómicas, reflejada en una fenomenal expansión del gasto público y la imprudente eliminación de los fondos de ahorro preexistentes.

Lo que estamos viviendo es el inevitable chuchaqui —sin cerveza ni ceviche— de una gran borrachera con un pésimo trago. A la falta de política monetaria, la dispendiosa política fiscal de los últimos 10 años nos dejo sin ahorros líquidos, elevada prima de riesgo soberano y una estructura productiva dependiente de la demanda interna, dejando al nuevo gobierno muy poco espacio de maniobra.

Lo que resulta discutible es que se aumenten impuestos a las grandes empresas —con sustento nuevamente en criterios de equidad— cuando en materia tributaria, los únicos argumentos fuertes son el crecimiento económico. No es que no haya que considerar la equidad, sino que debe ser abordada en el único espacio que corresponde, esto es el gasto público.

Tampoco me cuadra mayormente que el ajuste macroeconómico venga por un castigo a las importaciones, en tanto ello implica un desconocimiento de que el desequilibrio externo es un fenómeno macroeconómico resultante del desbalance entre ahorro e inversión, en una especie de déficit gemelos, y que si logramos corregir el desequilibrio fiscal, las cuentas externas irán mejorando paulatinamente, sin necesidad de gravar a los consumidores y  frenar la propia recuperación económica.

Pero lo que definitivamente no termino de entender es cómo dentro de una propuesta de reactivación económica puede calzar aquella de gravar con un impuesto —que iría entre 0.5% y 2%— a los retiros en efectivo de más de USD 4000. Tal parece que nuestra memoria es muy frágil y nos olvidamos que allá por 1999, la aplicación de la Ley del Impuesto a la Circulación de Capitales generó desintermediación financiera y a la postre fue uno de los factores que explican la quiebra del sistema financiero y el consiguiente feriado bancario. O es que estamos muy asustados con lo que se nos puede venir y tratamos de ir frenando anticipadamente cualquier intento de corrida bancaria.   

De igual manera me parece demasiado exagerada esa preocupación por introducir el dinero electrónico, en tanto sus beneficios están relativamente acotados a mejorar la velocidad de circulación y reducir los costos de deterioro de los billetes y las monedas. Salvo que se esté pensando como un salvavidas de la iliquidez del gobierno en algún momento y un primer intento de testear la viabilidad de un sistema bi-monetario.

El gran problema en economía con este tipo de medidas poco oportunas es que puede alimentar muy malas expectativas en los agentes económicos, y con ello generar una densa neblina en la pista, que en nada ayuda a los objetivos de que aterricen aviones más grandes para recuperar la senda del crecimiento económico.

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