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4 de Febrero del 2016
Ideas
Lectura: 4 minutos
4 de Febrero del 2016
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

Lo que nos enseña la causa por la Universidad Andina
Los elementos que permitieron confluir a miles de ecuatorianos en el caso de la UASB pueden desplegarse en los espacios políticos democráticos. Necesitamos recuperar la vigencia y vivencia de nuestros derechos y libertades, el pluralismo, y perder el temor a ser condenados y relegados por nuestras formas de pensar.

La causa por preservar el respeto y la autonomía de la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB), en cuanto a su capacidad para designar a su rector, concitó el respaldo de una multiplicidad de individuos y colectivos. Plegaron a esta campaña académicos de distintas disciplinas, de diversa formación, de una variedad de universidades y, estoy segura, de los más diferentes signos ideológicos. A nadie se le ocurrió plantear que los firmantes solo pudiesen ser quienes se inscribían en la derecha, o en la izquierda. Si en la socialdemocracia o en el liberalismo. Si trabajaban en la docencia o en la investigación; si a tiempo completo, o a jornada parcial. Hubiera parecido un sinsentido que ante una motivación de tal naturaleza se discriminara a sus adherentes por esos detalles. Todos comprendieron lo que estaba en juego -y lo sigue-: la autonomía y la calidad de universalidad de los centros de educación superior. La presencia de un objetivo mayor acogió a los unos y a los otros. Y sin distingos ni condicionamientos pudieron encontrarse y actuar juntos. 

El caso demuestra que cuando hay un propósito amplio, que pueda convocar a un respaldo fuerte entre quienes se sienten concernidos, es posible, sin renunciar a las posiciones políticas e ideológicas, ni a los fundamentos éticos y criterios personales, reunirse en torno a aquella meta y trabajar por lo que les es común. Esta es la clave de la acción colectiva.

En el conflicto creado por el correísmo contra la Universidad Andina concurren valores, principios y derechos que atañen a la razón de ser de un centro educativo: la diversidad y la pluralidad de pensamientos, la autonomía y la libertad de cátedra. Nociones todas relacionadas con derechos humanos y sociales como son los de la libertad de expresión, de asociación y de opinión entre otros. Y, por cierto, con el debido proceso y el imperio de la ley.

Si fue factible levantar esa unidad, puntual si se quiere, frente a un ideal académico ¿por qué no hacerlo alrededor de una aspiración más vasta todavía, pero capaz, también, de aglutinar aspiraciones inmensas, como son las de recuperar dimensiones cruciales de la convivencia democrática, que en estos momentos, febrero de 2016, están seriamente debilitadas o en peligro de esfumarse?

Advirtamos que son los personeros del poder político quienes están interesados en desacreditar a la Universidad Andina, y en poner en duda no solo su valor académico sino incluso su gestión administrativa. Son voceros y agentes que actúan inmersos en la vocación controladora de la restauración correísta conservadora. No solo dirigida al campo educacional sino a todas las esferas de la vida social y hasta privada.  Son ellos los más comprometidos en disgregar, obstaculizar o reprimir cualquier acercamiento entre ciudadanos críticos.

Los elementos que permitieron confluir a miles de ecuatorianos en el caso de la UASB pueden desplegarse en los espacios políticos democráticos. Necesitamos recuperar la vigencia y vivencia de nuestros derechos y libertades, el respeto al pluralismo, y perder el temor a ser condenados y relegados por nuestras formas de pensar. Requerimos recobrar un mínimo de institucionalidad que nos anime a vivir con menos zozobra, a salvo de las arbitrariedades y actitudes discrecionales, cuando no de las fluctuaciones emocionales y anímicas de quienes disponen del poder político.

Precisamos configurar una transición a una democracia más incluyente y deliberativa, que nos aproxime en lugar de empujarnos a mirarnos como enemigos. De esto y de mucho más los ecuatorianos carecemos no solo en el ámbito educativo. ¿Si por la Universidad Andina pudimos congregarnos entre opuestos, por qué no por nuestra patria, Ecuador?

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