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25 de Enero del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
25 de Enero del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Lola Crespo de Ortiz (1917-2016)
Un obituario es un tipo especial de artículo de opinión dedicado a trazar el perfil de un personaje que acaba de fallecer. En este caso, el autor lo hace de su madre, el personaje más cercano que conoció en su vida.

Casi un siglo vivió mi madre, Lola Crespo Toral, nacida en Cuenca el 18 de abril de 1917 y fallecida en Quito el 16 de enero de 2016.

Su vida plena, alegre y creativa se extendió por 98 años y nueve meses, y es su legado de estoicismo ante las tragedias, de alegría a toda prueba, de trabajo incansable y de respeto y valoración a todas las personas que conoció, lo que quisiera resaltar, con el permiso de los lectores, al reflexionar sobre este personaje, para mí el más cercano y el que más largamente he conocido y he amado en mi vida.

Desde 1940 vivió en Quito, es decir un total de 76 años, cuando se casó con mi padre, Luis Alfonso Ortiz Bilbao, sin olvidar jamás cada uno de los momentos vividos hasta sus 23 años en su Cuenca natal.

Lúcida hasta el final, siempre contaba con gran memoria y atención por los detalles y anécdotas de su vida, desde su infancia y adolescencia, y de sus antepasados y de su amistad con los padres y antepasados de quien la visitara, sin olvidar sus llamadas telefónicas a parientes y amigos, de todas las generaciones, de Quito y Cuenca. Era la primera en felicitar los cumpleaños a sus numerosos hijos e hijas, hermanos y hermanas, sobrinos y sobrinas, nietos y nietas, y a todos acogía con cariño y, algo muy importante, valorando a cada uno como individuo, descubriendo y resaltando las cualidades únicas de cada persona. Un contacto con ella implicaba un subidón de la autoestima. 

Fue la tercera hija de Emiliano Crespo Astudillo y Lola Toral Vega. Él fue el médico cirujano que revolucionó la medicina en el Azuay, pues, habiéndose especializado en París a comienzos del siglo XX con los alumnos de Luis Pasteur, introdujo en Cuenca la asepsia y la antisepsia, la moderna cirugía, el conocimiento de los microbios, el concepto del contagio, la investigación sistemática en laboratorio. Fue también astrónomo aficionado, arquitecto de sus propias casas, poeta, maestro universitario y político. Varias veces diputado por el Azuay, fue también presidente del Consejo Provincial desde donde impulsó la apertura de las carreteras, especialmente hacia el Oriente, en especial la Paute-Méndez. Fue el gran héroe de mi madre, y de todos nosotros.

Emiliano y Lola tuvieron 14 hijos: Emiliano, Raquel, mi madre Lola, Arturo, Daniel, Jorge, Rodrigo, José, Teresita, Jaime, Eduardo, Teodoro, Hernán y María Clara. Teodoro murió siendo niño. Lola era muy orgullosa de sus hermanos y hermanas, cada uno de ellos muy destacados en su campo, gente de bien, amantes de su patria. Hoy sobreviven seis: Jorge, Rodrigo, Pepe, Jaime, Eduardo y María Clara. De ellos nacimos los 76 nietos de mis abuelos, y una descendencia inmensa de bisnietos y tataranietos.

Desde niña, Lola mostró las cualidades que habrían de ser distintivas de ella: la capacidad para cuidar a sus hermanos y entretenerles con historias reales o inventadas; la habilidad manual, inclusive mecánica, para arreglar desperfectos en aparatos o instalaciones; la vocación artística plasmada en el dibujo, la pintura y la escultura. Tras los estudios primarios y lo que había de secundaria en esa época en Cuenca (precisamente fue la escogida para pedirle a Velasco Ibarra en un discurso que estableciera un colegio femenino secundario en Cuenca), fue una de las primeras alumnas de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Cuenca, bajo la dirección de Luis Toro Moreno.

En 1935 se conoció con el entonces diputado por Pichincha Luis Alfonso Ortiz que había ido de visita a Cuenca, y los dos se quedaron prendados. Con el permiso de los padres, Luis Alfonso empezó a escribirle a la joven y la relación avanzó viento en popa hasta que la dictadura, que ya había clausurado el Congreso, apresó y luego desterró a Chile a Ortiz Bilbao por sus altivos pronunciamientos en contra de los abusos dictatoriales. Nada supieron uno del otro por más de un año, pues a pesar de que Luis Alfonso y Lola se escribían, la correspondencia nunca llegaba a su destino, incautada por la dictadura. Pero la Providencia volvería a reunirles: la semana que Ortiz Bilbao volvió a Quito, Lola Crespo, sin saber aquello, visitaba por primera vez la capital. Ambos coincidieron en misa dominical en San Agustín, a los dos se les salía el corazón por la boca, se vieron a la salida y el idilio se reanudó. Se casaron en Cuenca en 1940, y vinieron a residir en Quito.

Tuvieron once hijos, de los que diez llegamos a la edad adulta. Y mientras nos criaba y mientras atendía la casa, siempre se dio tiempo para el arte y la artesanía. Cada día tenía un proyecto, y ese fue uno de los secretos de su larga vida, pues jamás se aburrió ni un segundo: pintaba, tejía, esculpía, daba forma a figuras, sea con una masa que inventó, sea con papel maché. Y todo con materiales reciclados, pues todo guardaba y todo le servía. Y mis hermanas y hermanos le ayudaban, porque a todos nos ponía a trabajar, dándonos tarea para terminar sus obras. Sus bazares navideños se convirtieron en leyenda y hasta El Comercio publicó un reportaje hace dos años.

Fue una mujer estoica, que encontraba la manera de superar las dificultades, incluso los dolores gigantescos que le tocó experimentar, como la muerte intempestiva de dos de sus hijos, Álvaro cuando él tenía apenas 23 años, hace 40 años, y Fernando, en el malhadado accidente de La Mica, hace 15 años cuando él tenía 59, y los de la sucesión de muertes por causas naturales de que está llena una vida tan larga: las de sus padres, su marido, sus hermanas y hermanos, sus consuegros, sus amigos. Fue ejemplo de reciedumbre, de aceptar lo que su fe le decía era la voluntad de Dios y de seguir adelante, con nuevos ánimos.

Su biografía, Mi vida tal como la conté a uno de mis hijos, agotada hace años y que la Corporación Editora Nacional lo reeditará en las próximas semanas, no recoge estos últimos 13 años de una prodigiosa ancianidad, en que resaltó aún más su saber valorar a las personas por lo que ellas eran, sin importar su condición económica o social; su don de consejo; su brindar amor; su creatividad artística, su buen humor. Ante el final de una vida tan llena no cabe sino estar en paz y celebrarla, agradecido de la bendición de haberla tenido.

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