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4 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
4 de Mayo del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Luces en el horizonte
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A ellos les importan los negocios y no las muertes de los inocentes. Las muertes de profesionales y trabajadores de la salud que han dado su vida para que nosotros sigamos mirando, tras las cortinas, amaneceres y atardeceres.

¿Qué primero desaparezca el mal para dedicarnos a pensar en lo que serán el país y el mundo luego de corona virus? Parecería que esto sería lo más justo cuando todos aun nos hallamos sometidos a esta presencia maléfica que nos ha causado sufrimientos, muertes y pobrezas. Pero la esperanza nos dice que se debe pensar en el futuro porque allá está la salvación.

Después del Covid-19, las cosas no serán las mismas. Por desgracia, ese después aun forma parte de un futuro quizás sombrío. Porque todavía se lo ve, guadaña en mano, sembrando dolor y muerte. Posiblemente lo peor aún no ha llegado. Porque nadie puede fiarse de los disfraces ni de la vida ni de la muerte. En los tiempos de la peste, a todos nos acechan el sacrificio, el dolor e incluso las sospechas sobre los enunciados de verdad. Nadie puede ubicarse en el campo de la excepción. Aquí no hay el menos uno que pretenda hablar solo la verdad y toda la verdad.

Se ha hecho evidente la suerte de un profundo egoísmo ciego y perverso que no mira más allá de sus propios intereses. Ubicados tras bastidores y bien protegidos, pretenden que los negocios funcionen, los suyos, porque no pueden soportar la verdad de que esta calamidad nos afecta a todos y que nadie puede colocarse en el lugar de la excepción. Detrás de pomposos discursos de solidaridad, se esconde el ancestral egoísmo de quienes tienen muy buena visión para lucrar de todo mal. Son quienes pretenden a toda costa que el país regrese a la normalidad, que en lugar de la bandera roja aparezca la blanca de la victoria. No hay victoria sin la derrota reconocida del enemigo.

A ellos les importan los negocios y no las muertes de los inocentes. Las muertes de profesionales y trabajadores de la salud que han dado su vida para que nosotros sigamos mirando, tras las cortinas, amaneceres y atardeceres.

En algunos países se ha comprobado que los dineros robados por la corrupción son mucho más que los destinados a la salud. ¿Por qué no pensar que entre nosotros esta realidad podría sr incluso más grave? ¡Cómo no querríamos tener ahora para atender esta horrible emergencia los millones de millones robados en los tiempos del correato! ¡Cómo no estuviésemos aplaudiendo a la justicia, que por desgracia es tuerta cuando no ciega, si ya hubiese recuperado por lo menos una parte de esas fortunas que se llevaron en aviones presidenciales a paraísos fiscales! Para nuestra justicia, eso es narrativa bizarra, nada más.

A ellos les importan los negocios y no las muertes de los inocentes. Las muertes de profesionales y trabajadores de la salud que han dado su vida para que nosotros sigamos mirando, tras las cortinas, amaneceres y atardeceres.

¿Por qué dejar de soñar, si la vida es un sueño, como nos dijo Calderón de la Barca? Porque si dejamos de soñar, el mundo se vuelve cruelmente estéril. Y seguimos pensando que esa justicia tuerta y coja a lo mejor hace el milagro de atrapar a todos esos ladrones, los juzga, los condena y recupera nuestros bienes. Porque podría ser suficiente que un puñado de honrados se lance sin miedo a la tarea de la redención del país. Pero no hay redención. En su lugar hay justicia y educación. Pero para que se construya un nuevo reino del bien, hace falta algo más que esta peste que nos ha obligado a huir y que ya ha asesinado a demasiados inocentes aquí y allá. Siempre mueren los inocentes, como si ellos mereciesen el castigo destinado a los infames.

¿Por qué no se crea un paraíso para los héroes? Hasta ahora, solo el silencio que es el camino al olvido. Ya vendrán los discursos fatuos y las alabanzas hueras que crecen en los territorios del poder. No somos cobardes los que nos hemos puesto a buen recaudo. Tampoco solo instinto de sobrevivencia. Un largo paréntesis en la cotidianidad cuya importancia y trascendencia serán valoradas después, cuando la paz vuelva a cada uno de nosotros. A la fecha, por lo menos 10 médicos fallecidos y 1600 contagiados. Sus muertes no pueden quedar en la frialdad de las estadísticas.

También hay cierta heroicidad en cambiar la libertad de la vida cotidiana por la libertad de un enclaustramiento que, seguramente para muchos, significa un duro sacrificio. Para la mayoría, dejar de trabajar implica un deterioro muy significativo en la economía doméstica y más aún si se vive en el día a día. Por eso, muchos han debido abandonar la cuarentena en pos de sobrevivencia: ¿cómo condenarlos a sangre fría?

El país necesita urgentemente propuestas de esperanzas. Pero no aquellas que proceden de la fatuidad insípida y fofa del poder. Sino aquellas que nazcan de la misma sociedad civil, de empresarios, de emprendedores, de dirigentes educativos. Nadie que mienta puede estar a la cabeza de un Estado casi fallido.

En muchos espacios del poder estas demandas no hacen eco. Sobre todo en quienes se hallan a muy buen recaudo. Pero no en quienes están en el campo de batalla, como el vicepresidente o la ministra del interior o ciertos alcaldes que honran el encargo que se les dio de cuidar y proteger a todos los ciudadanos.

¿Cuál es en realidad el presupuesto del Ministerio de Salud para esta emergencia? Ojalá que nadie muera porque no tuvo cómo recibir atención oportuna y adecuada. Ojalá al final de esta larga noche, el país entero amanezca sabiendo que todo se hizo de manera adecuada, oportuna y honorable.

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