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3 de Octubre del 2021
Ideas
Lectura: 9 minutos
3 de Octubre del 2021
Ernesto Carrión

Escritor

LUTO (¿Entendemos por qué escriben nuestros autores?)
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Creo que es difícil huir de lo que nos atañe. Escribir de la pena sin mencionar la pena. Porque escribir es poner en evidencia lo que pudo ser y nunca será. O lo que es y no debería ser. Porque escribir es, además de un arte extremo, un modo de defensa inútil y precisamente hermoso por inútil.

 

Ha muerto el escritor Jorge Velasco Mackenzie. Ha perdido la ciudad de Guayaquil, y el país, a uno de sus grandes fabuladores. La historia se detiene, como ocurre en estos casos. El duelo, su garra invisible, va arrancando lágrimas y rastrillando recuerdos, hace su trabajo miserable. Entonces nos toca moldear con palabras un poco de esa vida que se ha extinguido. Y que parece solo importar a unos cuantos lectores, amigos, familiares, catedráticos, alumnos y escritores. Triste consecuencia de vivir en un país que no consume su cultura. Que, a pesar de los siglos que lleva de existencia, ha extraviado la noción de que una identidad nacional, y el amor a dicha identidad, se construyen casa adentro. Que es labor de los artistas cazar a vuelo el fenómeno sicológico e histórico de quiénes somos, los rasgos propios, e intentar perennizarlos en canciones, pinturas y millones de páginas llenas de palabras. Haciendo del lenguaje otro país, uno más íntimo.

Muchas novelas son habitaciones donde finalmente tienen voz y oportunidad para gritar quienes nunca pudieron hacerlo, ni podrían hacerlo en el plano de la realidad. Por eso un escritor se debate con un lenguaje al que obliga a expulsar belleza y contenido. Ambigüedad y frontera. Luz y sombras. Donde nadie recuerda a las víctimas, donde nadie condena a los tiranos, donde hay ausencia de justicia, allí siempre una línea puede emerger y empezar a desarrollar una historia que, desde la ficción y la elasticidad de un lenguaje, otorgue un haz de interrogantes que empujen al lector a sospechar y respirar a través de la condición del otro.

Incluso hay novelas que relatan la historia paralela o escondida de la historia oficial. Por ejemplo: Cuando los guayacanes florecían, de Nelson Estupiñán, que recrea los levantamientos armados tras la muerte de Eloy Alfaro. Novela donde el lector descubre cómo el negro y el indio, que se enfrentan hasta la muerte, padecen las mismas condiciones de pobreza y explotación. Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, que relata la masacre del 15 de noviembre de 1922. Polvo y ceniza, de Eliécer Cárdenas, que va tras las huellas del bandolero Naún Briones, una especie de mesías anarquista y Robin Hood ecuatoriano. En nombre de un amor imaginario, de Jorge Velasco Mackenzie, quien reconstruye, desde la ficción y la figura de Isabel Grandmaison de Godin, la misión geodésica francesa del siglo XVIII que terminó influyendo en el modo de nombrar a nuestro país. Y de los últimos años podría mencionar la novela Todo ese ayer, de Óscar Vela, que gira alrededor de los eventos del 30S, provocando rajaduras en la historia oficial. O Poso Wells, de Gabriela Alemán, que exhibe el modo en que la miseria y la política siguen sofocando la vida en cualquier pequeño espacio latinoamericano.

Entonces la literatura no es un sitio de entretenimiento. Aunque muchas obras puedan conseguir hacernos pasar un buen rato. Y aunque en este país muchos autores reclamen a Pablo Palacio como padre de nuestra ficción. Creo que es difícil huir de lo que nos atañe. Escribir de la pena sin mencionar la pena. Porque escribir es poner en evidencia lo que pudo ser y nunca será. O lo que es y no debería ser. Porque escribir es, además de un arte extremo, un modo de defensa inútil y precisamente hermoso por inútil.     

Sin embargo la muerte de Velasco no representó nada para el Gobierno. Ni siquiera porque dos días después falleciera otro escritor: Eliécer Cárdenas. Dejándonos, casa adentro, aún más desconcertados y enlutados. Cosas de un país que no se comprenden. Como el desatino de condecorar a Vargas LLosa en Carondelet dos días después de estas muertes. Sin haber declarado un día de luto nacional por la irreparable pérdida de dos de nuestros grandes autores. Sin mover, por empatía pura (o quizás porque nada se entiende de un acto de carácter oficial y literario que, sin embargo, no involucra a su comunidad literaria), dicha condecoración para una fecha más apropiada. Quizás cuando nuestras letras no estuvieran golpeadas por esas muertes.

Quien no entiende a lo que me refiero, por supuesto, podrá decir que muchos escritores (incluyéndome) somos despistados, resentidos, o que nada sabemos de protocolos. Nada más alejado de la verdad. Cuando el país perdió a Velasco y a Cárdenas, perdió a dos artistas de la palabra que le habían entregado sus vidas a una literatura que terminó configurando el camino de las letras ecuatorianas. Poniendo en existencia el fenómeno de nuevos héroes y relatos. Un camino que sirvió de guía para generaciones futuras. Entonces es el Estado el que desconoce de protocolos y prioridades. Porque el que poquísima atención se diera a estos fallecimientos solo exhibe la mirada ciega de cultura que tiene el poder. La lectura sosa que hace el poder de lo que significa escribir literatura. Algo que ha pasado desde hace décadas.

Cuando el país perdió a Velasco y a Cárdenas, perdió a dos artistas de la palabra que le habían entregado sus vidas a una literatura que terminó configurando el camino de las letras ecuatorianas

Siempre será peligrosa la falta de comprensión sobre la importancia de nuestros artistas. Y darle la espalda a nuestra cultura, a esos contenidos y a esos creadores, será siempre una de las causas de que nos miremos a nosotros mismos con poquísimo amor propio. Provocando incluso una especie de vergüenza hacia la identidad nacional.

Por ejemplo, en todos estos años, y a pesar de contar con sobrados méritos, ninguno de nuestros dos autores recibió el Premio Eugenio Espejo, que otorga el Gobierno. Y ahora, después de la muerte de Velasco, recordando el peregrinaje que padeció para ser atendido apropiadamente hace unos meses por un infarto cerebral (que terminó cobrando su vida), me pregunto si haber contado con la ayuda económica de aquel premio no habría hecho alguna diferencia.

Aunque ahora esta interrogante importe poco. Lo que tampoco significa que debamos hacerla a un lado.

Vuelvo a Jorge Velasco. Al escritor generoso y gran conversador. Presentó dos de mis libros. Compartimos en Guayaquil, Quito, Cuenca y Caracas. Siempre bogaba por la lectura de poesía a la hora de escribir narrativa. La oficialidad, a ratos, le fastidiaba. Era auténtico en aquello. Alguna vez lo vi mandar al diablo todo e irse de un acto, en clara actitud de poeta. Sintiéndose perder el tiempo cuando debía haber estado en su casa escribiendo. Quienes tuvimos el placer de conocerlo podemos dar fe de que la literatura, la necesidad de retorcer el lenguaje y exprimir historias de las calles guayaquileñas, era su única batalla. Y quiero imaginar que murió de la forma en que vivió: escribiendo a solas dentro de una ciudad y un país que eran los suyos, aunque nada le debía a ellos.  

Este país se despertó una semana después sin Velasco. Y también sin Cárdenas. Han muerto tan juntos que, en el futuro, será difícil recordarlos por separado. Algo que ocurría ya cuando se los mencionaba en cualquier cátedra universitaria.

Sin embargo hay mucho por agradecerles. Sus libros, más allá de cualquier valor específicamente literario, poseen la eterna capacidad de producir un avistamiento estético y sentido hacia el interior de nuestra ecuatorianidad. Releerlos y difundirlos es ahora nuestra obligación como parte del luto.

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