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13 de Diciembre del 2013
Ideas
Lectura: 9 minutos
13 de Diciembre del 2013
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Mandela, enamorado
El líder negro sudafricano marcó el siglo con su lucha contra el Estado de supremacía blanca. Sus palabras estuvieron sustentadas en sus acciones.

La gente afirma: el mayor problema de Nelson Mandela es que está dispuesto  a ver el bien en otras personas. La pregunta es de Richard Stengel, exeditor de Time, para el libro Conversaciones conmigo mismo.

La respuesta de un Mandela que ya en su ocaso no deja de sorprender en un mundo donde la desconfianza prima:

“Debes reconocer que es el barro de la sociedad en la que vives lo que produce a las personas y que, por tanto, son seres humanos. Tienen puntos buenos, tienen puntos débiles. Tu deber es trabajar con los seres humanos porque son seres humanos, no porque pienses que son ángeles. Y, en consecuencia,  una vez que sepas que tal hombre tiene esta virtud y aquella debilidad, trabajas con ello, asumes su debilidad y tratas de ayudar a superarla. No quiero que me asuste el hecho de que una persona haya cometido ciertos errores y tenga flaquezas humanas. No puedo permitir que eso me influya. La gente piensa que veo demasiado bien a las personas. Es una crítica que tengo que tolerar y a la cual he tratado de adaptarme, ya que, sea verdad o no, es algo que considero provechoso. Es bueno asumir, actuar sobre la base de que los demás son hombres de honor e íntegros, porque tiendes a atraer integridad y honor si así es como contemplas a los que trabajan contigo. Y he realizado grandes progresos al desarrollar relaciones personales porque (hago) la asunción básica de que aquellos con los que trato son hombres íntegros. (…) Porque así es como puedes llevarte bien con la gente en la vida”.

Él nunca se creyó un santo, al contrario siempre creía que cometía errores, pero se esmeraba en superarlos.  En una carta que escribe desde la cárcel, en diciembre de 1979, a su entonces esposa Winnie Mandela, decía que en la vida real “no tratamos con dioses sino con seres humanos normales como nosotros: hombres y mujeres que está llenos de contradicciones, que son estables y veleidosos, fuertes y débiles, célebres e infames, gente en cuyo torrente sanguíneo los parásitos luchan a diario con potentes insecticidas. Al igual que nosotros juzgamos a los demás, los demás nos juzgan a nosotros. El desconfiado siempre se verá atormentado por la desconfianza, el crédulo siempre estará preparado para acoger cualquier cosa que provenga de oothobela sikutyele (expresión xhosa que significa: alguien que se aprovecha de ti si eres vulnerable o crédulo) mientras que el vindicativo utilizará el hacha afilada en lugar del suave plumero. Pero el realista, por muy sorprendido y decepcionado que se sienta por las debilidades de aquellos a los que adora, contemplará el comportamiento humano desde todos los puntos de vista objetivamente, y se concentrará en las cualidades de la persona que resulten edificantes, que eleven el espíritu y despierten el entusiasmo de vivir”.

Una carta en la cual la aconseja, como un padre a una hija, pero marcado por su profundo amor por esta mujer de la cual se separaría después. Pero entonces, cuando escribe esta carta, era 1970 y el pueblo negro sudafricano estaba en plena lucha armada y él detenido. Sin embargo, no escatima palabras para seguir dado ánimos a su amada, quien también estaba presa del gobierno racista. “Me siento como si estuviera empapado en amargura, todo en mí, mi carne, mi circulación sanguínea, mis huesos y mi alma; estoy muy apenado por ser totalmente incapaz de ayudarte en la penosa y cruel experiencia que estás viviendo. Qué diferencia  sería para tu débil estado de salud  y para tu moral, cariño, para mi propia angustia ya para la tensión que no puedo quitarme de encima, si tan sólo pudiéramos vernos; si pudiera estar a tu lado y estrecharte entre mis brazos, si tan sólo pudiera vislumbrar tu silueta a través de la gruesa tela metálica que inevitablemente nos separaría.  (…) Tal vez algún día podamos contar con el genuino y firme apoyo de un hombre recto y honrado en un alto cargo que considere impropio eludir su deber de proteger los derechos y los privilegios de sus más férreos rivales en la batalla de ideas que se libra en nuestro país en la actualidad. (…) A pesar de todo lo que ha sucedido he vivido con esperanza. A veces incluso creo que ese sentimiento es parte esencial de mí mismo. Parece estar cosido a mi ser. Siento que mi corazón bombea esperanza sin parar por todo mi cuerpo, calentándome la sangre y dándome fuerzas. Para aquel que lucha por la libertad, la esperanza es igual a un salvavidas para un nadador, una garantía de que se mantendrá a flote y libre de peligro. Sé cariño, que si la riqueza se contara por toneladas de esperanza y valor que albergas en tu pecho (esta idea me las diste tú), serías sin duda millonaria. Recuérdalo siempre”.

Y en otra carta a Adelaide Tambo, en enero de 1970, insiste en ello: La esperanza es una potente arma incluso cuando es posible que no quede nada más.  

Su convicción iba más allá de las enormes dificultades por las cuales pasaron él, sus compañeros y su familia en la lucha violenta por la liberación del pueblo negro sudafricano. En una carta anterior a Winnie Mandela, escrita en 1969 señala sus convicciones sobre la trascendencia de la lucha. “No conseguirán un nuevo mundo aquellos que se mantienen al margen con los brazos cruzados, sino aquellos que están en el frente, con las vestiduras rasgadas por las tormentas, aquellos cuyos cuerpos quedan mutilados en el enfrentamiento. El honor les corresponde a quienes nunca abandonan la verdad, ni siquiera cuando la situación se pone fea y se complica, a quienes lo intentan una y otra vez, a quienes no se dejan desanimar por los agravios, la humillación, e incluso la derrota. Desde los albores de la historia, la humanidad ha honrado y respetado a la gente valiente e íntegra, a hombres y mujeres como tú, querida, una chica normal y corriente que viene de un pueblo que apenas sale en los mapas, la esposa de un kraal que es de lo más humilde, incluso para los propios campesinos”. Mandela, enamorado de Winnie, termina su carta: “Mi sentido de la devoción por ti me impide decir más en público de lo que ya he hecho en esta nota que debe pasar por muchas manos. Un día tendremos intimidad y podremos compartir los afectuosos pensamientos que hemos mantenido enterrados en nuestro corazón durante los últimos ocho años”.

Un Mandela que derrama preocupación y ternura enfrenta duramente a sus captores. Sus reclamos en la cárcel, donde estuvo 27 años, son constantes en defensa de sus compañeros del rebelde Consejo Nacional Africano presos.  En una carta de 22 páginas que escribió en julio de 1976 al Comisario de Prisiones detalla la serie de abusos y métodos deshonestos por parte de sus captores. Y advierte al funcionario sobre las consecuencias de sus denuncias: “Es inútil pensar, dice, que cualquier forma de persecución cambiará en algún momento nuestras opiniones”.  “En Sudáfrica, como en muchos otros países, hay varias cuestiones que dividen a presos y funcionarios. No estoy de acuerdo con la política del departamento que usted dirige. Detesto la supremacía blanca y lucharé contra ella con todas las armas a mi disposición”. Y continúa:  “Pero incluso aunque el choque entre usted y yo haya llegado a lo más extremo, me gustaría que luchásemos por nuestros principios e ideas sin odio personal de por medio, para que al final de la batalla, sea cual sea su resultado, pueda estrecharle la mano con orgullo, creyendo que he luchado contra un rival honesto y digno, que ha respetado todo el código de honor y las normas de conducta”.

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