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30 de Noviembre del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
30 de Noviembre del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Maradona: gloria y sufrimiento
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Unos querrían hasta que se declare un luto regional para que el duelo cure esas heridas del hambre, la necesidad, la falta de empleo, los engaños cotidianos con los que se alimenta del poder.

Murió Maradona. El mundo del fútbol ha expresado la inmensidad de su pesar mediante innumerables ejercicios lingüísticos y actitudinales. Hasta que finalmente fue sepultado. Dos días en el que muchos, demasiados, aparentaron dejar de pensar en sí mismos y en su entorno. Dos días de una efervescencia de idolatría, de sentimientos reales y también de ayes de plañidera de quienes, solo un día antes, no cesaban de censurarlo desde hace mucho tiempo. Todo muerto es bueno, incluido Maradona. Y para todos fluirán las lágrimas en el desierto de los compromisos. Los romanos, más sensatos, contrataban plañideras de oficio. 

Juvenal, el poeta y filósofo romano, decía que existen dos cosas indispensables para olvidar, aunque sea por un par de días: el dolor del hambre y el de la enfermedad. La corrupción que nos envuelven inmisericorde: el pan y el circo. Un remedio que se utiliza no solo entre nosotros sino en buen parte del mundo. 

El pueblo necesita de acontecimientos, como esta muerte, para dejar de sufrir por cotidianidades sostenidas en necesidades y carencias. De pronto aparece un muerto al que es preciso venerar hasta el extremo para acallar las voces de las discordancias sociales y políticas. Un muerto al que es preciso exaltar hasta lo inimaginable para pasar por alto, aunque solo sea momentáneamente, a los ídolos de barro que gobiernan la ciudad, el país, el barrio: aquí y más allá. El mundo es redondo.

El tiempo se detiene por unas horas para mirar el pasado, un pasado nada reciente, sino ya lejano. En la contemporaneidad, el tiempo es veloz, las cosas y los lenguajes, los personajes y los ídolos desaparecen casi en el mismo momento de su aparición. Porque hay demasiadas cosas que hacer, demasiadas fantasías que construir y demasiados fuegos artificiales que lanzar cada día y cada noche a los nuevos ídolos. 

De pronto aparece un muerto al que es preciso venerar hasta el extremo para acallar las voces de las discordancias sociales y políticas. Un muerto al que es preciso exaltar hasta lo inimaginable para pasar por alto los ídolos de barro que gobiernan la ciudad, el país, el barrio...

Pero son necesarios los espectáculos del dolor para que no pocos sientan, aunque solo sea por un momento, menos hambre o que dejen de sufrir una muerte que asecha vestida de enfermedad, de pobreza y hambre. Los de los hacinamientos, por unas horas, viven el inmenso edificio de los recuerdos del astro que hizo goles, supuestamente, para ellos. Por unos momentos parecen felices porque se han apoderado de ese héroe de otros. Y ello en algo aplaca su desesperanza. 

La muerte de Maradona produce instantáneamente la reconciliación de los ricos con los pobres, de los buenos con los malos, de los oprimidos con sus opresores. Todos son iguales. Es el momento en el que, por arte de la magia de la hipocresía y del descaro, desaparece aquello que podría saber a mal para que lo real e imaginariamente bueno sea magnificado sin límite alguno. Así todos quedan bien con el muerto que no perseguirá a nadie. Ni siquiera a aquellos que, pasada la frugalidad del luto, vuelvan a criticarlo y censurarlo, como antes.

Naturalmente, el pueblo cae en el juego. Porque se trata de eso, de un juego más, en el que el gran futbolista será al mismo tiempo brillante y oscuro, genial y miserable. Unos querrían hasta que se declare un luto regional para que el duelo cure esas heridas del hambre, la necesidad, la falta de empleo, los engaños cotidianos con los que se alimenta del poder. Que Maradona, con su pie, su mano, su vida y su muerte supere todos los obstáculos de la vida y haga el mejor de sus goles. Entonces todos aplaudirán, alucinarán y creerán que tocan las puertas del cielo. Para buscarlo. 

Pan y circo. Dos días de efervescencia. Al final, ya no importan las éticas ni las justicias. Al final, el mundo abre los ojos a la cotidianidad en la que descubre que no cesan de ser engañado por los del poder que también no cesan de ofrecer el oro y el moro a los pobres, a los niños, a las mujeres, a los maltratados por el mismo poder. 

Al final, aparecerá una mujer que, amablemente, lleve a Maradona a la prueba antidoping. De la misma manera que, mañana, nuestro mundo será un poco menos sensato que antes si bebe las pócimas de felicidad que ofrecen los del poder a todos los embaucados. El poder seguirá ofreciendo a manos llenas la droga de las promesas que aseguran la redención de los pobres. Y nadie lo rehabilita. Maradona, ahora sí, es mito. 

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