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17 de Junio del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
17 de Junio del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Matrimonio igualitario: duro golpe a la Iglesia
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Si bien la sexualidad también tiene como destino la procreación, es lo placentero lo que mejor la define. La sexualidad es lo erótico y lo gozoso por excelencia. Y nadie ha estatuido que la heterosexualidad sea la única ruta hacia lo gozoso.

Uno de los pilares que ha sostenido el cristianismo ha sido el matrimonio sacramental destinado a justificar el dominio de la religión sobre el deseo personal en torno a las prácticas y los goces sexuales. Con este sacramento, se acabó la poligamia y, en teoría, todas las relaciones sexuales fuera del ámbito de la pareja sacramentada. Posiblemente, de esa manera la Iglesia creyó que había colocado una pica en Flandes pues la constituyó en un elemento clave destinado a fortalecer su poder. Por ende, sin el matrimonio eclesiástico y heterosexual, se desbarataría no solo el tablero sacramental sino el poder mismo de la Iglesia de Roma. 

Desde su rigidez, la Iglesia se hizo de la vista gorda ante el problema de las infidelidades presentes a lo largo y ancho del cristianismo. Total, si las y los infieles se arrepentían a tiempo, todos llegarían sanos y salvos al paraíso infinito del cielo. Más aun, puesto que su presencia ha sido siempre una lucha por el poder, la Iglesia hasta ha hecho buen negocio con las infidelidades y las aventuras amorosas de las que nunca han escapado los mismos líderes religiosos. Pero no dudó en condenar a la homosexualidad al averno. 

Si bien la sexualidad también tiene como destino la procreación, es lo placentero lo que mejor la define. La sexualidad es lo erótico y lo gozoso por excelencia. Y nadie ha estatuido que la heterosexualidad sea la única ruta hacia lo gozoso. 

Con el cristianismo, el tema de la homosexualidad se torna un tema azas complejo porque parte de una suerte de negación de que la relación de pareja esté destinada prioritariamente a lo placentero. El cristianismo es la religión del sufrimiento y de la muerte. La fe en un padre que, para demostrar su amor a sus otros hijos pecadores, destina a una muerte cruel e inhumana a su único hijo. Y lo hace sin remordimiento alguno.

La soledad no es buena compañía. Y si en general, la mejor compañía para una mujer sería un hombre, ello no quiere decir que para una determinada mujer su mejor compañera de vida no pueda ser otra mujer. O para un hombre otro hombre. Porque el objeto de goce lo elige el deseo y no una especial ley social absolutamente discriminatoria y moralista. 

El principal destino de la sexualidad humana no es la procreación sino el placer. Y de esto ha sido muy consciente el mundo contemporáneo que ha hecho mucho para evitar los embarazos no deseados. Porque, como nunca antes, el hijo debería ser siempre un producto del deseo y no de casualidades biológicas. La procreación de uno o dos hijos está muy lejos de agotar los sentidos de una sexualidad esencialmente destinada a lo gozoso. 

Si bien la sexualidad también tiene como destino la procreación, es lo placentero lo que mejor la define. La sexualidad es lo erótico y lo gozoso por excelencia. Y nadie ha estatuido que la heterosexualidad sea la única ruta hacia lo gozoso.

Y el placer de la sexualidad, si bien es heterosexual, también ha sido y es homosexual. ¿Por qué? Por innumerables razones entre las que el tema del deseo ocupa el lugar fundamental. A la homosexualidad se la persigue, más de manera camuflada e hipócrita que de forma abierta y clara. Occidente cristiano siempre ha sido homofóbico y en ello la Iglesia ha jugado y sigue jugando un papel muy importante. Pero ya no se puede negar que la homosexualidad forma parte de la contemporaneidad y que, por ende, no puede ser ni desconocida y, menos aun, perseguida. 

Desde sus concepciones de la sexualidad, el cristianismo convirtió al matrimonio en un sacramento, es decir, lo hizo dependiente del poder eclesial, de la ritualística de la fe y lo destinó, prioritariamente y contra toda lógica, a la tarea de la reproducción. Por ello con gran tenacidad se ha opuesto a toda estrategia y práctica anticonceptiva. Desde su posición, todavía los hijos deben venir, no de un deseo propositivo de la pareja, sino de la voluntad de Dios que para ello hizo hombres y mujeres. 

 La ideología respecto a la homosexualidad recorre la misma ruta. De ahí la evidente resistencia social a y religiosa a aceptarla sin escándalos y sin vergüenzas. Siempre la colocó en el mundo del mal, en lo pecaminoso, en el reino de lo demoníaco Mientras a Dios nunca se lo retiró del fecundo campo de las infidelidades matrimoniales, jamás podía hacer presencia en la homosexualidad. 

Qué bien que el Estado y sus leyes respeten los deseos y opciones sexuales de sus miembros puesto que les pertenece por derecho propio. La sexualidad primero y ante todo es un bien personal, luego social. Constituye además la expresión más perfecta de lo propio e íntimo. 

El matrimonio es una de las formas de organización social. Una pareja se une para compartir la existencia y también, si lo desean, para procrear. Desde luego que la sociedad requiere que se dé la procreación como condición indispensable de sobrevivencia. Sin embargo, la procreación no constituye su esencia. El control de la fecundidad ha permitido que millones de parejas vivan su sexualidad sin el temor de los hijos no deseados. Un tema que a la Iglesia no deja de producirle urticaria. 

Como toda institución social, la Iglesia tiene derecho a opinar. Pero su opinión no pasa de ser eso: opinión. Si unos están de acuerdo con ello, bien. Pero si otros no la comparten, están en su justo derecho. Por ende, el matrimonio entre sexualmente iguales pertenece al derecho personal y social. Si la Iglesia cree que tiene algo que decir, que lo diga pero que no pretenda que su opinión se convierta en dominante y menos todavía en ley. Además, el cristianismo está muy lejos de representar al espíritu religioso del mundo. 

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