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3 de Enero del 2019
Ideas
Lectura: 9 minutos
3 de Enero del 2019
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Meritocracia y democracia
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La visión meritocrática del proceso electoral destaca la formación técnica del candidato sobre su pertenencia política y el compromiso que este tenga con la defensa de los valores democráticos. Se avanza, así, a la despolitización de dicho proceso y a la limpieza ideológica de la política. La técnica, como la ciencia, es neutra.

Robert Dahl afirmaba que el mayor enemigo de la democracia es la meritocracia: el gobierno de los mejores. Esta idea, ciertamente, se remonta a Platón. Para quien, el régimen ideal, al que llamó República, debía estar gobernado por los filósofos. Los únicos capaces, entre todas las personas, de conocer la verdad.

En la versión actual de la meritocracia, el papel de los filósofos se asigna a los técnicos. Es decir, a aquellas personas que han obtenido el título de máster o PHD. Los unos y los otros son especialistas en ramas o temas muy específicos. Un PHD, por ejemplo, puede haber hecho una tesis sobre el liberalismo en la región andina en la primera década del siglo XX, o sobre la idea de ciudadano en Aristóteles, o sobre la organización familiar de los gorilas. Tanto los “masters” como los doctores dominan una parcela muy limitada del saber y no poseen, necesariamente, una visión global sobre los principales problemas sociales y políticos de un país. Visión necesaria para quien se dedica a la política.

La política es la actividad a través de la cual se procesa el conflicto de intereses entre los diversos grupos que componen una sociedad. Estos intereses, más que a cuestiones técnicas, —dominio de los especialistas—, se refieren a fines y valores. De hecho, cuando la disputa en torno a estos termina, como pensaba Engels que ocurriría en la sociedad sin clases del comunismo, la política desaparece.

Las democracias modernas son democracias representativas. Esto significa que los ciudadanos de un determinado país eligen a ciertas personas para que, en su nombre, tomen las decisiones relativas a lo público.

Los representantes elegidos por el pueblo representan, o deben representar, una visión colectiva sobre la sociedad, sus fines y valores, y compartir los valores democráticos. De ahí que, en ciertos países, se haya prohibido la formación y participación política de organizaciones que defienden valores antidemocráticos: racistas, fascistas, supremacistas, etc.

En nuestro país, sin embargo, la mayoría de ciudadanos elige a sus representantes en virtud de sus características personales. Es decir, con prescindencia de los factores políticos que deberían sostener su candidatura. En estas circunstancias, atributos no políticos, como la fama o el nivel de formación profesional, cuentan más para el electorado que la filiación política del candidato y su defensa de los valores de la democracia.

No es extraño, por eso, que en Ecuador medren los outsiders, los oportunistas que cambian de partido como de camiseta, o que las ideas antidemocráticas de un candidato, en vez de provocar el rechazo de los electores, sean vistas con aprobación. La exigencia de “mano dura”, forma popular de referirse al autoritarismo, es un ejemplo de lo que venimos diciendo.

La visión meritocrática del proceso electoral destaca la formación técnica del candidato sobre su pertenencia política y el compromiso que este tenga con la defensa de los valores democráticos. Se avanza, así, a la despolitización de dicho proceso y a la limpieza ideológica de la política. La técnica, como la ciencia, es neutra. Y la política convertida en técnica, también. Solo así se entiende, como ocurrió con el nombramiento de Otto Sonnenholzner como vicepresidente de la república, la presión sobre Lenín Moreno desde distintos lados, los partidos políticos incluidos, para que se nombrara un vicepresidente, cuánto mejor un economista, que no haya sido contaminado por la política, pues la técnica, siendo neutra, es pura.

Otra muestra de la visión meritocrática y despolitizada de la política es el disparate, sostenido por muchos candidatos a la presidencia de la república, de que si llegan al poder gobernarán con los mejores hombres y mujeres del país. Lo que supone que hay un método infalible para detectarlos e incorporarlos a un gobierno y que la democracia tiende al deterioro. Si los mejores ya gobernaron, quienes vengan después de ellos no lo serán tanto. Para prevenir esto, muchos “mejores” consideran imprescindible perpetuarse en el poder.

La visión meritocrática cuestiona el universalismo, principio fundamental de la democracia, según el cual, todos los ciudadanos tienen los mismos derechos civiles y políticos. Para los defensores de la meritocracia, el derecho a ser elegidos debería ser patrimonio exclusivo de los especialistas. Confunden, así, dos conceptos clave relativos al manejo del gobierno y del Estado: la conducción y la administración.

La conducción es, ante todo, un asunto político y se refiere a la toma de decisiones en las cuestiones que Dahl denomina “asuntos complejos”, es decir, aquellos que tienen una influencia decisiva en la marcha de la sociedad y en la vida de los individuos (la privatización o no de la seguridad social, por ejemplo). La administración, en cambio, se refiere a la realización de las tareas necesarias para llevar a la práctica las decisiones políticas y a la gestión de los servicios que el Estado brinda a los ciudadanos.

En el portal 4pelagatos, se refiere el comentario de Ramiro García, presidente del Colegio de Abogados de Pichincha, respecto de los candidatos a concejales del Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, que participarán en las próximas elecciones seccionales apoyando a Jorge Yunda, individuo de ética cuestionable y experto en “camisetazos”. Afirma García: “Digan lo que quieran, pero como van las cosas, de largo y por mucho, el equipo de concejales que propone @LoroHomero Jorge Yunda, es el más sólido y competente”. Parte de este equipo serían “René Badón (…) master en California Western School of Law. Valeria Argüello, PHD en la Sorborna de París. Marianella Irigoyen, master en la Universidad de Palermo.  Y él mismo (Santiago Guarderas), Master en la Universidad Católica de Guayaquil”.

Platón proponía, para los futuros gobernantes, una educación especial desde la niñez. Solo que este programa formativo debía desarrollarse como una experiencia vital, que incluía el estudio, el ejercicio físico, la exposición a situaciones “clave” y el ejercicio del mando y la obediencia. La formación del filósofo suponía la vinculación del individuo con la vida cotidiana y con los retos que esta impone a su juicio ético y a su organización espiritual. El contacto con el placer y el dolor y la actitud que el individuo muestre en situaciones de este tipo eran un indicador fundamental del nivel de equilibrio de su alma.

Para el mismo Platón, como se ve, el arte de gobernar solo puede aprenderse en el contacto con la experiencia. Especialmente, con aquellas actividades propias del mando y la obediencia o, en términos actuales, de la vida pública. La probidad ética de los futuros gobernantes y hacedores de leyes es, también, un elemento importante, como importante es el equilibrio personal. Suficientes muestras hemos tenido de lo que significa elegir para los más altos cargos públicos a megalómanos intemperantes.

Incluso si nos remitimos a Platón, defensor de la meritocracia, queda claro que los títulos académicos por sí solos no son un requisito suficiente para elegir a quienes van a hacer leyes o a gobernar. Si elegimos a nuestros representantes basándonos en ellos, estaremos eligiendo a alguien que no representa a nada ni a nadie. Y, al hacerlo, contribuiremos a vaciar de contenido político a la democracia.

 

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