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27 de Mayo del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
27 de Mayo del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

México: lugar para matar niños
Se tiene la impresión de que, en ciertos Estados mexicanos, el asesinato se ha convertido en un auténtico juego perverso. ¿Se olvidaron ya de los 43 estudiantes de Iguala, Guerrero? ¿Y de las innumerables tumbas colectivas? Parecería que para que el país olvide a Juan se debe matar a Pedro, porque se ha vuelto dogma que un dolor solo se cura con otro dolor.

Quizás haya que volver a la melancolía pesimista de los poetas trágicos para hablar de lo que acontece en  grandes sectores de nuestras Américas en los que hay niños que viven en la pobreza y extrema pobreza real y simbólica que día a día no cesan de alimentarse con grandes dosis de violencia. Niños que nunca dejan de aparecer en las sublimes proclamas de políticos y  que, media hora después de los triunfos, se convierten en carne de cañón de los desórdenes sociales. ¡Cuántas lágrimas de cocodrilo habrán  derramado los políticos por estos niños!

Los políticos, blancos y rojos, azules y verdes, todos son responsables por igual. Ya no pueden  lavarse las manos y, si quisiesen hacerlo, faltaría agua para  lavar tanta sangre, tanto dolor, tantos cuerpos de niños lanzados a los muladares,  incinerados o desaparecidos. Ante lo que acontece en el poder, se podría hablar de una tolerancia infame y hasta de un quemeimportismo ciertamente perverso. Cada uno de esos niños agredidos, violados o asesinados da cuenta de la  podredumbre política y legal de su país.  

Se tiene la impresión de que, en ciertos Estados mexicanos,  el asesinato  se ha convertido en un auténtico juego perverso. ¿Se olvidaron ya  de los 43 estudiantes de Iguala, Guerrero? ¿Y de las innumerables tumbas colectivas? Parecería que para que el país olvide a Juan se debe matar a Pedro, porque se ha vuelto dogma que un dolor solo se cura con otro dolor. 

¿Juego diabólico? La prensa, las autoridades locales y nacionales insisten en que se trató de un juego en el que murió Cristopher, el niño de seis años. ¡Sus primos y amigos lo habrían invitado a jugar! ¿Qué determina lo lúdico si no es el divertimento? Quienes lo asesinaron confiesan que, ya fuera del pueblo,  inmediatamente empezaron a agredirlo de manera cruel. Él sí iba a jugar. Los otros se habían propuesto disfrutar hiriendo y viéndolo padecer hasta la muerte.

En todas partes del mundo, los niños juegan a matar y a morir. De ninguna manera se trata de un juego perverso ni violento. Desde que existe la humanidad, la fantasía de dar muerte ha formado parte de lo lúdico. Se juega a la muerte porque saben que esta constituye la peor y más horrorosa de todas las realidades. Cuando los niños juegan a la guerra lo hacen para ahuyentar de sí el fantasma de la muerte real con la fantasía de crear para siempre una muerte reversible.

Solo ciertas personas ingenuas que se creen elegidas reformadoras y constructoras de un mundo sin violencia pretenden erradicar de la vida infantil el juego de la muerte. Desde su ingenuidad, suponen que el juego de la fuerza y de la muerte crea niños violentos. ¿De dónde sacarán semejantes verdades? El juego infantil de la guerra, en general, es eminentemente catártico y no perverso. Por cierto, sí existe un espacio del que ha sido erradicada toda  violencia: el cementerio. A ciertas personas les encanta escandalizar y detestan reflexionar y teorizar.

Quien da la muerte real posee un poder absoluto sobre la víctima. Es el poder otorgado a los dioses y del que se han apoderado todos los tiranos y perversos del mundo.

Los grandes políticos adueñados del poder, los políticos enfermos de delirios de grandeza absoluta, ellos organizan la verdadera muerte que mata a un otro previamente convertido en cosa- obstáculo que debe desaparecer. Los Estados no juegan a la guerra, la hacen. Los hornos crematorios, los paredones, los coches-bomba, los asesinatos oficiales no constituyen realidades lúdicas: son brutalmente reales.

No pocos se escandalizan por el juego de los niños y nada dicen de los millones de millones de dólares que gastan los Estados en armamento real en tiempo de paz. ¿Ha habido alguna vez y en verdad un tiempo de paz absoluta, sin guerra alguna? Tan es así que los filósofos romanos aconsejaban a los gobernantes: si quieres la paz, prepara la guerra.

Esos chicos y muchachas que asesinan a Cristopher previamente ya han sido colocados por la sociedad fuera del campo simbólico de la existencia. Ellos no inventaron la violencia. La recibieron como don y alimento de  una sociedad que ha perdido el sentido humano de la vida y también de la muerte. Con este acto de extrema crueldad, estos chicos y chicas  denuncian a su ciudad, a su país, al mundo entero que desde hace rato  en muchos lugares de  México  se nace,  se crece y se muere al margen del sistema cultural de la convivencia social. 

Buena parte del México lindo y querido, soñado y cantado a lo largo y ancho de nuestras Américas, se ha convertido en una suerte de campo de concentración con una infinita fosa común y con hornos crematorios. ¿México un Estado fallido? Tal vez, porque allí, más que en ningún otro país de nuestras Américas, la violencia social ha rebasado los límites posibles. 

“En mi León, Guanajuato, la vida no vale nada”. Para sus primos y amigos, Cristopher vale nada por eso lo convierten en cosa-cadáver, es decir, en lo insignificante. Por eso, luego de martirizarlo hasta el extremo y de asesinarlo, lo entierran y encima de él colocan el cuerpo del perro al que también mataron como parte del ceremonial orgiástico de la muerte. México: ¿la vida de un niño no vale nada?

[PANAL DE IDEAS]

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