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31 de Marzo del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
31 de Marzo del 2020
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Miedo
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En los momentos críticos que vivimos, los trabajadores de la salud nos han dado una muestra de lo que es el cumplimiento responsable de las obligaciones de un servidor público, actuando en estricto cumplimiento de un código ético, que ellos, como otros profesionales en sus respectivas ramas, se han comprometido a respetar y seguir.

El miedo es la conciencia o la sensación de que algo o alguien puede trasponer nuestros límites y hacernos daño.

Las amenazas que, al rehuir la captación de nuestros sentidos, no pueden ser imaginadas como hechos o entidades físicas, suelen provocar dos reacciones extremas y contrapuestas: el miedo pánico o a la anulación del miedo.

Esto pasa cuando la amenaza es un virus, como el Covid 19, para el cual, hasta el momento, no hay vacuna ni tratamiento específico.

Un microorganismo que puede alojarse en las fundas de plástico, en las monedas, en los envases de cartón de la leche y hasta en las suelas de los zapatos despierta en muchos una sensación de incertidumbre y temor que linda con la hipocondría. Su invisibilidad, en cambio, provoca en otros la sensación de que la amenaza no existe.

Quienes niegan la amenaza suelen regirse por el pensamiento mágico y el fatalismo. Entre ellos se encuentran los que creen que, hagan lo que hagan, Dios va a protegerlos del contagio y los que proclaman que, al fin y al cabo, de algo hay que morir.

La información constante, inacabable, sobre los detalles de la pandemia poco ayuda a quienes han caído en el pánico y exacerba su necesidad, ya angustiosa, de la noticia definitiva: el anuncio de que la vacuna estará lista no para fines de año, sino para fin de mes.

Las reacciones extremas a la amenaza invisible y ubicua del Covid 19 tienen que ver con las relaciones problemáticas que mantenemos con la verdad y el deber. Las malas relaciones que tenemos con la verdad nos conducen a la angustia o a la imprudencia.

Si la verdad no se corresponde con nuestro punto de vista y confirma nuestras creencias; si no satisface nuestras necesidades psicológicas, dejamos de interesarnos en ella. Y nos aferramos a cualquier información, a cualquier opinión que, al coincidir con la nuestra, nos haga sentir seguros.

Herodiano, en su Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, cuenta que, durante la peste que azotó a Roma entre los años 188 y 189, el emperador Cómodo se trasladó a Laurento, una zona cubierta de lauredales, porque esta “tenía fama de ofrecer resistencia a la contaminación, que se transmitía por el aire, a causa de los olorosos efluvios de los laureles (…)”. Los habitantes de la urbe, continúa el historiador, “siguiendo la prescripción de los médicos, saturaban sus narices y oídos con inhalaciones de esencias muy perfumadas y constantemente hacían uso de hierbas aromáticas y de incienso (…). Pero, a pesar de todo, la enfermedad fue a más y sobrevino una gran mortandad de hombres y de todos los animales que habitan con los hombres”.

Los trabajadores de la salud, al enfrentar la enfermedad con los recursos de la ciencia y la técnica, nos han mostrado una de las vías más importantes para conjurar el miedo. La ignorancia, el regodeo en la irracionalidad también nos protegen de él, pero los actos derivados de la sinrazón pueden hacer que la peor amenaza que pende sobre nuestras cabezas se convierta en realidad.

Aquí hemos optado por el eucalipto, pero, también, por hacer una procesión virtual con “el crucifijo que detuvo la peste en Roma”. Extraña mezcla entre el pensamiento del siglo II y la tecnología del siglo XXI.

La verdad que devela que estamos equivocados nos genera inseguridad y resulta inútil para manejar la amenaza que se cierne sobre nosotros sin caer en la angustia. Preferimos, así, la magia o la pseudociencia al conocimiento científico. Tan poco complaciente con nosotros, porque da cuenta de lo que es y no de lo que queremos que sea; de la realidad y no de lo que quieren y defienden los profesores irracionalistas, los activistas del “mal de ojo”, los terapeutas alternativos, los que, en suma, siguen pensando como en tiempos de Cómodo, aunque digan lo que piensan en jerga posmoderna y “antitodo”.

Nuestro conflicto endémico con el deber nos ha llevado a la hipérbole. Como el cumplimiento del deber nos parece un acto de debilidad, sumisión o pérdida de la dignidad personal, y tan acostumbrados estamos a rehuirlo o incumplirlo, cuando vemos que alguien lo hace, lo consideramos -en los extremos siempre- un tonto o un héroe.

En los momentos críticos que vivimos, los trabajadores de la salud nos han dado una muestra de lo que es el cumplimiento responsable de las obligaciones de un servidor público, actuando en estricto cumplimiento de un código ético, que ellos, como otros profesionales en sus respectivas ramas, se han comprometido a respetar y seguir. Es obligación de los gobernantes dotarles de los insumos y seguridades necesarios para que cumplan su trabajo en las mejores condiciones posibles. Y es obligación nuestra respetar la cuarentena para evitar que el sistema de salud colapse y que la labor de los trabajadores de la salud se complique. Mucho ayudaremos si dejamos de difundir información falsa, noticias sobre remedios milagrosos, y si evitamos dar oídos a los que buscan ahondar la crisis y atrapar peces de colores en el río revuelto.

Angélica Porras, Pablo Dávalos (Foro de Economía Alternativa y Heterodoxa), Felipe Ogaz (Acción Jurídica Popular), Pablo Iturralde Ruiz (Centro de Derechos Económicos, Sociales y Culturales) y otros activistas políticos presentaron a la Corte Constitucional un pedido de medidas cautelares para evitar que el Gobierno pague una parte del capital de los Bonos Global 2020. Hicieron esta demanda sabiendo que la suspensión unilateral del pago por parte del Gobierno ecuatoriano le impediría acceder al crédito externo, indispensable para enfrentar la crisis sanitaria que vivimos. Afortunadamente, la demanda no prosperó. Y la racionalidad jurídica se impuso a la irracionalidad política.

Los trabajadores de la salud, al enfrentar la enfermedad con los recursos de la ciencia y la técnica, nos han mostrado una de las vías más importantes para conjurar el miedo. La ignorancia, el regodeo en la irracionalidad también nos protegen de él, pero los actos derivados de la sinrazón pueden hacer que la peor amenaza que pende sobre nuestras cabezas se convierta en realidad.

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