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5 de Septiembre del 2016
Ideas
Lectura: 20 minutos
5 de Septiembre del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Mientras tanto, en América Latina…
América Latina está en un proceso de cambio profundo, en medio de una globalización desbocada. Algunas veces esos cambios salen a la superficie como acontecimientos que se recogen en los noticiarios; otras veces son corrientes subterráneas, de largo plazo, más difíciles de detectar.

México

Todavía nos preguntamos qué le llevó al presidente de México Enrique Peña Nieto a invitar al candidato republicano a la presidencia de EEUU, Donald Trump. Le dio a este, en bandeja, la oportunidad de hacer noticia, de atraer la atención, inclusive de lucir presidencial, sin que el primero lograra visiblemente nada a su favor.

Trump estuvo el miércoles en Ciudad de México y Peña Nieto, ya con popularidad muy baja (23% de aceptación) le recibió y le hizo el honor de que estuviera a su lado, dando una rueda de prensa conjunta, algo que solo se hace entre presidentes en ejercicio. Trump estuvo mohíno y contenido, incluso alabó a los ciudadanos mexicano-estadounidenses pero no pidió disculpas a los mexicanos ni a los mexicano-estadounidenses por la cantidad de insultos que ha vertido contra ellos desde el mismo día en que lanzó su campaña, en junio del año pasado. Respecto a la frontera solo pidió aumentar la seguridad de lado y lado, sin hablar del muro, y más bien parecía Jeb Bush o Marco Rubio, candidatos a los que derrotó en las primarias y a los que acusó de blandengues.

Pero esa misma tarde voló a Phoenix, Arizona, y, tras ser presentado por el sheriff más racista de todo EEUU, Joe Arpaio, dio un discurso ante una masa enfervorecida en que volvió a sus consabidos temas de construir el muro, de que lo pagarán los mexicanos y de que expulsará a los inmigrantes que permanezcan de manera ilegal en territorio estadounidense. De nuevo vociferó que los inmigrantes son los causantes de la inseguridad, las drogas y el crimen (lo que es falso; al revés, estadísticamente se ha comprobado que los barrios de inmigrantes son más seguros que el promedio de los barrios de EEUU, y ello debe ser porque los inmigrantes se esfuerzan por salir adelante; son emprendedores, sacrificados y probablemente procuran “portarse bien” para no atraer el interés de la policía, que podría deportarlos).

A Peña Nieto solo le quedó el recurso de enviar un tuit diciendo que le había dejado claro a Trump que México no pagará el muro, pero eso no lo dijo en la rueda de prensa conjunta. El presidente mexicano ha quedado muy mal. Ni siquiera las razones de alta política (que quería neutralizar a Trump; que no puede permitirse que alguien tan enemigo de México llegue a la presidencia de EEUU sin al menos oír la posición mexicana; que es preferible conversar a confrontar) han servido para justificar su evidente ingenuidad. Quedó como un comodín de Trump, al que este utilizó con su habilidad de apoderarse de los reflectores en cualquier momento del ciclo de noticias. Es que Trump ha demostrado saber combinar repugnantes ideas, vulgaridad y poquísima profundidad intelectual con notable habilidad política para aprovechar las oportunidades.

Mi conclusión es que Peña Nieto no creía que su invitación a los dos candidatos presidenciales de EEUU iba a ser aceptada por Trump y menos que lo hiciera tan rápido. De Hillary Clinton ni siquiera se sabe si irá a México y ahora es probable que no lo haga, para no quedar de copiona. La mayoría de mexicanos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, de todas las tendencias, según lo muestran las encuestas, están perplejos, más aún indignados, por lo sucedido. Los insultos, el racismo, y el rastacuerismo de Trump no se pueden borrar con una visita.

Para América Latina sigue siendo una ocasión diaria de asombro que EEUU pueda tener un candidato como Trump y que los líderes del partido Republicano no sean capaces de rechazar y condenar tal despliegue de odio e ignorancia. Y se ve con preocupación que la ventaja que la señora Clinton le había sacado en julio (entre 10% y 13%) se haya reducido en agosto a la mitad, pues ella tiene también un problema de credibilidad y aceptación. En realidad, la presidencia de EEUU se va a decidir por cuál de los dos genera menos disgusto en el electorado.

Brasil

Más cerca de casa, y durante un poco más de una semana, vimos cómo el Senado de Brasil juzgó y destituyó a la señora Dilma Rousseff de la presidencia de ese país, condenándola por “crímenes de responsabilidad” con lo que el vicepresidente Michel Temer, que había venido actuando como presidente encargado, asumió la presidencia por los dos años que faltan para completar el período de Rousseff.
Los gobiernos del autodenominado socialismo del siglo XXI han dejado en suspenso sus relaciones con Brasil y hay cierta izquierda que grita que se trata de un golpe de Estado. Pero, aunque no sea un golpe de Estado ya que se siguieron todas las formalidades legales y constitucionales de la democracia y el proceso estuvo supervisado por la Corte Suprema de Justicia (la mayoría de cuyos miembros fueron nombrados por Rousseff o su predecesor Lula da Silva, incluyendo su presidente Ricardo Lewandowski, quien presidió el juicio) sí es un desconocimiento de lo que Rousseff y el Partido de los Trabajadores lograron en las urnas.
Y es obvio que las acusaciones de que Rousseff era responsable de los retrasos en los pagos a los bancos estatales y del uso de fondos para gastos no autorizados por el Congreso (sobre todo para cerrar el déficit mientras se presentaba a las elecciones de 2014), que es por lo que se le destituyó, son un pretexto, pues son comunes en el manejo de un Estado. Mucho más ridículo si se lo compara con lo que se viene conociendo sobre la corrupción en Brasil, que podría ascender a 10 mil millones de dólares desviados para financiar a los partidos políticos y para enriquecer a políticos concretos. Además de que quienes la juzgaron y condenaron, antes aliados suyos en buena parte, son los beneficiarios de esa corrupción: nada menos que 60% de los legisladores han sido oficialmente imputados por corrupción o se hallan bajo investigación. El presidente de la cámara de Diputados, que inició el proceso (ahora separado), enfrenta multitud de cargos, y se cree que es responsable de robar y lavar hasta 40 millones de dólares. Y también están bajo investigación el presidente del Senado y el propio presidente Temer. En este sentido, Rousseff es bastante más honesta que la banda de forajidos del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), con quienes se alió en la campaña electoral y que ahora le dieron la espalda.

Ahora bien, el descrédito de la presidenta y de su partido era tal que, durante el último año, la mayoría de las encuestas mostraban que su apoyo había descendido a alrededor de 10%, precisamente por ser partícipes en la corrupción. Se trata, en general, de un hundimiento de la clase política brasileña, de una carrera hacia el fango, y aunque uno pueda sentirse incómodo, la verdad es que el proceso fue legal. De alguna manera, el juicio y su resultado confirma el pragmatismo de los brasileños, pues Rousseff tampoco podía haber seguido mucho más en el poder sin desatar mayor caos en las calles y en la economía. Su conducción era errática, ni siquiera su propio partido le apoyó en las medidas que quería tomar para levantar la alicaída economía brasileña, y había perdido la legitimidad indispensable en un gobernante, por lo que la mayoría de los brasileños quería su destitución.

¿Podrá Temer ahora reconducir la política económica? Su popularidad también es muy baja, y todos fuimos testigos del abucheo que recibió en la inauguración de los Juegos Olímpicos por lo que ya no asomó por allí ni siquiera en la clausura. Su gabinete inicial, de todos hombres y todos blancos, del cual ya tuvieron que renunciar tres ministros por escándalos de corrupción, no tiene la confianza de todos. Pero los pragmáticos brasileños apuestan a que algo mejor pueda hacer para sacar a la economía brasileña de su crisis; al menos su equipo económico tiene apoyo de los empresarios y credibilidad en los distintos grupos políticos. Además, tiene la mayoría en el Congreso, lo que debería permitirle pasar las medidas que no pudo Rousseff.
El problema es que, después del despilfarro, de la precariedad del financiamiento para los programas sociales, de la expansión burocrática, se requiere un período de ajuste y eso es desgastante para cualquiera (lo mismo ocurrirá en el Ecuador con el gobierno que suceda al desastre de Correa). Un termómetro serán las elecciones municipales de octubre y, en 2018, las presidenciales, en las que podría participar Dilma Rousseff. ¿Esperará el Ecuador hasta entonces para reconocer al Gobierno brasileño o, siendo realista y examinando la legalidad del proceso, volverá antes a tener representante diplomático en Brasilia?

Venezuela

Una gigantesca marcha de más de un millón de personas recorrió las calles de Caracas el jueves, a pesar de todas las amenazas y el clima de miedo que intentó establecer Nicolás Maduro. Como fue tan grande la marcha, y no hubo sino incidentes aislados, la prensa internacional le dio menos cobertura que otras veces, pero la verdad es que la marcha es una demostración palmaria del deseo de los venezolanos de ir a un referendo revocatorio para deshacerse de un gobierno que ha conducido a su país a la peor recesión de la historia, al hambre, al desempleo, y a la ruina de cualquier expectativa de futuro.

La situación es espantosa. Como lo reportaba Los Angeles Times, hace solo una década Venezuela producía todo el azúcar que necesitaba. Pero esta semana se están descargando en Puerto Cabello 30.000 toneladas de azúcar importada de Guatemala. As Venezuela's farms and factories falter, the country struggles to feed its people

Just a decade ago, Venezuela was producing nearly all of the sugar it needed.

Según informes internacionales, el habitante promedio de Caracas gasta 35 horas por mes esperando en la cola para comprar comida o remedios, y nueve de cada diez dicen que no pueden encontrar los alimentos, las medicinas y otros artículos esenciales que requieren. 380.000 personas pasaron a Colombia en los primeros cinco días de la reapertura de la frontera, buscando desesperadamente provisiones. Se dice que 50 animales del zoológico de Caracas han muerto de hambre.

No es broma. El secretario general de la ONU ha calificado la situación de Venezuela como “crisis humanitaria”. No solo se trata de un problema de distribución o de carencia de dinero en las arcas del Gobierno: la política gubernamental ha destruido el sistema productivo de Venezuela, algo que también se ha buscado hacer en el Ecuador, con bastante menos “éxito”.

Este así llamado socialismo, esta izquierda populista logró dominar en ocho de los diez países más populosos de América Latina cuando estaba en su auge en 2008. Pero esos regímenes han perdido popularidad no solo por la caída de los precios de los commodities sino porque esa caída reveló lo malas que eran sus políticas económicas y lo débil del sustento de sus políticas sociales.

Esos regímenes ya han sido reemplazados en Argentina, Perú y Brasil y pronto lo será en el Ecuador. Pero la lucha en Venezuela es tremenda, por todos los mecanismos que el chavismo dejó colocados para sostenerse en el poder y que le han beneficiado incluso a un sucesor tan inepto como Maduro. Desde la subordinación política de las Fuerzas Armadas hasta los comités barriales y las redes de reacción inmediata, desde las becas a millones de militantes hasta el fraude electoral, todo se ha usado para la supervivencia del régimen.
Ahora, millones de venezolanos dicen que no quieren más este sistema, que ha destrozado sus vidas y la producción del país. Es verdad que en 1998 Hugo Chávez fue elegido ante el fracaso de las políticas de libre mercado y la profunda desigualdad social de Venezuela, y que sus “misiones” y otros programas de subsidio directo a los más pobres, además de la mordaza a la prensa libre, aumentaron su popularidad, pero la persecución a la empresa privada, el amiguismo y la corrupción pasaron su factura cuando se cayeron los precios del petróleo.

Allí quedó claro que el descontrol en el gasto no sustituye a una política económica sólida y que la represión de la protesta no puede durar para siempre. Ya Chávez fue elegido con un margen mínimo y su sucesor, tras la muerte del primero en marzo de 2013, fue elegido también un estrecho margen para un período de seis años. Todo el esfuerzo del aparataje gubernamental-judicial-electoral se centra ahora en no permitir que el revocatorio se haga antes del 10 de enero, pues a partir de allí la votación popular (que las encuestas muestran que Maduro perdería por 85% a 15%) solo lograría el reemplazo del gobernante por su vicepresidente, de manera que el régimen podría terminar su período. 

El Gobierno ha despedido a miles de empleados públicos que firmaron el pedido del referendo revocatorio y todavía puede movilizar a su favor a decenas de miles de personas, como sucedió el día de la marcha en Caracas. Son los asalariados del régimen y los beneficiarios en los barrios pobres de la cadena de subsidios y corrupción. Pero la marcha opositora fue gigante y no fue más grande por los controles que impidieron que llegaran decenas de miles más desde otras ciudades del país, los cierres del metro para que no pudieran transportarse más personas desde los barrios alejados, y el miedo sembrado con varias medidas, incluso la prisión y desaparición por varios días de Yon Goicoechea, el ex líder estudiantil ahora en el partido Voluntad Popular, y del líder opositor Daniel Ceballos. Como ha señalado la oposición, las protestas seguirán (la primera, este 14 de septiembre en todas las capitales de los estados). El pueblo venezolano, tras estos años de inseguridad, escasez, inflación y persecución a los líderes opositores, ha llegado al límite de su tolerancia.

Colombia

Este artículo ya está demasiado largo. Pero no puede terminarse sin una nota de optimismo. Y es el que proviene del anuncio hecho el miércoles por el Gobierno colombiano y las FARC de que llegaron a un acuerdo final y definitivo de la paz, tras cuatro años de negociaciones en La Habana y, según se sabe, al menos dos más anteriores en reuniones y contactos reservados. Era la noticia que no solo Colombia sino toda la región quería oír: el fin a 52 años de muerte y dolor causados por el conflicto armado.

Este es el más importante objetivo de la historia reciente del país vecino. En cierto sentido se ha llegado a él por agotamiento mutuo, después de tanta guerra, caos y crueldad. Las FARC se han dado cuenta de que su mensaje de revolución violenta, si alguna vez la quisieron, no ha sido escuchado por el pueblo colombiano y que, al contrario, el repudio al narcotráfico, los secuestros y las extorsiones de la guerrilla era cada vez mayor. Pero los colombianos tampoco desean los excesos de los militares y, sobre todo, los espantosos extremos a los que llegaron los paramilitares.

Antes de que los acuerdos entren en vigencia, los colombianos deben aprobarlo en un referendo nacional convocado para el 2 de octubre. El apoyo al sí en el referendo está creciendo y es de desear que la mayoría de los colombianos ratifiquen los acuerdos y que la oposición no lo convierta en un plebiscito en contra del presidente Juan Manuel Santos, quien se ha jugado entero por este histórico acuerdo. ¿Conseguirá el radical expresidente Álvaro Uribe que gane el no? Esperamos que fracase, aunque hay quien dice que conseguirá el triunfo del no al menos en Antioquia y Los Llanos.

El mayor problema, el que blandirá Uribe en su campaña negativa, va a ser la impunidad. Él sostiene que los miembros de las FARC deben ser encarcelados para que paguen por sus crímenes; el acuerdo dice que quienes los confiesen recibirán sentencias reducidas, y los que no, serán juzgados y condenados a penas más largas. Pero, como el mismo Santos lo acaba de decir, aplicar justicia a 52 años de conflicto armado es imposible. Lo otro que ataca Uribe es la participación política de los guerrilleros, pero este es un punto fundamental para ellos.

Lo que los negociadores de lado y lado han logrado es un camino para salir de este círculo vicioso y eso tiene sus costos. En este sentido, más que el fin, este es el comienzo del fin. Y por delante queda un inmenso desafío, que implica la reestructuración de las instituciones del Estado, de la propia sociedad y la cultura colombiana. Fundamental en ello va a ser que los habitantes de las ciudades abandonen la indiferencia de siempre sobre lo que sucede en el campo, lejos de ellos, como que no fuera su responsabilidad. Y que el Estado colombiano haga presencia en esas inmensas zonas cuyo manejo entregaron por décadas a caudillos y clientelas locales, lo que dio lugar a un vacío institucional que ahora tiene que ser llenado. No tengo dudas de que el maravilloso pueblo colombiano lo logrará.

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