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10 de Octubre del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
10 de Octubre del 2018
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista.

¿Los mismos o lo mismo de siempre?
En clave positiva, el reclamo para que ya no intervengan los mismos de siempre podría significar el anhelo ciudadano y social de renovación de la clase política. Si esta fuera la aspiración, enhorabuena. Porque implicaría una esperanza de encontrar a alguien que pueda representarnos bien, o al menos mejor. Creo que este es el punto capital.

¿Los mismos de siempre?, ¿lo mismo de siempre?, o las mismas prácticas de siempre? Son preguntas que se me presentan a propósito del movimiento que generan las próximas elecciones de marzo de 2019. Hay voces que comienzan a exigir que en los próximos comicios no se presenten los mismos de siempre, sino gente nueva. No contaminada con la política, alejada de los partidos políticos. Sin pasado político. Y se infiere: sin ninguna experiencia política.

La afirmación, o el deseo, contiene una enorme sospecha sobre la política y sobre los políticos. Encierra también una paradoja: la demanda de intervenir en política, que eso es la búsqueda de toda representación vía elecciones, ¿a los outsiders, a los apolíticos –si es que ellos existieran-? ¿A quiénes? Aquellos ecuatorianos que esperan acoger en las instancias de representación política a personajes carentes de experiencia política seguramente adherirán a los anuncios de algunos partidos y movimientos políticos, que mencionan como sus posibles candidatos a los llamados “talentos de pantalla” así como a futbolistas, artistas y ex reinas de belleza. A los famosillos, como los suelen llamar.

¿Qué podemos aguardar de representantes con ese perfil? En el mejor de los casos que se interesen por formarse, con el costo político y para la democracia por la posibilidad de cometer errores, aunque sean de buena fe, que implica un aprendizaje cuando este se produce en un cargo de representación popular, en el cual están obligados a tomar decisiones desde su impericia y desconocimiento. Y abrumados por toda suerte de presiones. Muy distinto es que la formación de los aspirantes a cargos político-electorales se produzca desde la base, en las instancias políticas partidarias y de la sociedad civil, en donde el derecho a equivocarse existe, pues los traspiés afectan poco o nada. En el peor de los escenarios, como los ecuatorianos ya lo hemos visto, lo esperable es que se conviertan en piezas funcionales – y descartables- para el cometimiento de actos de corrupción de naturaleza diversa, o en alza manos, o en dignatarios que cooperen con su cuota de ineptitud a la desafección política de los ciudadanos y al escepticismo hacia la democracia.

Ni siquiera solo el discernimiento teórico es suficiente, pues es la experiencia, con apoyo del conocimiento teórico, lo que permite comprender las lógicas de un ámbito tan complejo como es el de la política, y capacita a sus poseedores para actuar en tal esfera conforme las ofertas prometidas, los propósitos enunciados y con buenos resultados para los ciudadanos y para la sociedad. Además, ajustados a intereses no particulares, con discernimiento político y alejados de las mismas prácticas de siempre. Porque esto es lo crucial: las prácticas; más de lo mismo, aun cuando sean diferentes los nombres, los membretes y los rostros.

En clave positiva, el reclamo para que ya no intervengan los mismos de siempre podría significar el anhelo ciudadano y social de renovación de la clase política. Si esta fuera la aspiración, enhorabuena. Porque implicaría una esperanza de encontrar a alguien que pueda representarnos bien, o al menos mejor. Creo que este es el punto capital. No percibo como lo central que sean nuevos figurantes los que llenen las papeletas y asuman los cargos para los que serán elegidos. Sino que quienes tercien en los comicios eviten repetir, reproducir, reciclar, reiterar lo que han hecho sus antecesores, desde hace décadas.

Una revisión de la historia política ecuatoriana, de la que antecedió a la recuperación de la institucionalidad democrática, en 1979, descubre que las prácticas de los dirigentes de aquellos años, de la segunda mitad del siglo XX, no eran apreciadas por los ecuatorianos. El nuevo pacto social y político que significó el regreso de la democracia en 1979, con la elección del binomio Jaime Roldós y Osvaldo Hurtado, representó la plasmación del empeño de la mayoría de ecuatorianos de recuperar la democracia con nuevas reglas; con partidos políticos reales, no apenas denominaciones electorales; con leyes de elecciones que fuesen respetadas y acatadas, y no tan solo instrumentalizadas para favorecer al partido del gobierno del momento, y afectar a las oposiciones; y con instituciones, las más reclamadas la de la independencia de las funciones del estado en especial la de la administración de la justicia. Estos deseos no fueron conseguidos sino por muy cortos momentos desde entonces.

Si, finalmente, los partidos y movimientos políticos se mantienen en sus prácticas de designar a sus candidatos sin llevar adelante procesos de selección interna; o los escogen en virtud de su popularidad o de los aportes que entreguen para las campañas, será irrelevante que los elegidos sean nuevos, jóvenes, viejos o con experiencia. Y los electores habremos vuelto a fracasar si les entregamos nuestro voto a estos advenedizos. Con ello solo estaremos fortaleciendo su irresponsabilidad. Y su vanidad, cuando no su narcisismo, porque a ello concurriría el aventurarse a interactuar en la democracia, en los espacios públicos políticos sin competencias para hacerlo.

¿Por qué lo enfatizo? Porque no creo que el problema sea el de que permanezcan en el escenario político los mismos de siempre, sino que los nuevos, los que no estuvieron antes, mantengan y perseveren en las mismas prácticas de siempre. Que no se atrevan a renovar, a innovar, que sean conservadores, ortodoxos y carentes de imaginación y de actitud para salirse fuera de la corriente y desenvolverse por fuera de las tendencias. Es decir a mantenerse por inercia.

 

 

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