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18 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
18 de Abril del 2016
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

Moral revolucionaria
Lo sucedido confirma el culto a la personalidad que el mismo presidente practica sobre sí mismo. Otro atractivo que éste país le ofrece al mundo es la persona del presidente, la encarnación de un pueblo sufriente, redimido por su liderazgo descollante. Pero este líder es, no solo simpático y atractivo, sino la cara visible de un nuevo país que “es ejemplo para todo el mundo”, en términos del propio mandatario. Es el líder, el partido y el estado en una sola persona: Rafael Correa Delgado.

El presidente Correa estuvo en Nueva York. La cadena CNN invitó a una entrevista al mandatario. A la pregunta de la entrevistadora: “¿Qué otro atractivo, además de turístico, le ofrece Ecuador al mundo?”, Correa se apuró a confesar: “Bueno... un presidente muy simpático”.

La confidencia es, en contra de todo pronóstico, muy cómica. Que alguien tan agrio y agresivo se califique a sí mismo como capaz de producir atracción afectiva de forma espontánea de los otros autorretrata de cuerpo entero al primer mandatario y su comprensión de la moral correísta.

Lo sucedido confirma el culto a la personalidad que el mismo presidente practica sobre sí mismo. Otro atractivo que éste país le ofrece al mundo es la persona del presidente, la encarnación de un pueblo sufriente, redimido por su liderazgo descollante. Pero este líder es, no solo simpático y atractivo, sino la cara visible de un nuevo país que “es ejemplo para todo el mundo”, en términos del propio mandatario. Es el líder, el partido y el estado en una sola persona: Rafael Correa Delgado.

Esta comprensión vertical del poder prescinde de ideologías. Es lo que los alemanes nazis llamaron “führerideologie” que se traduce como ideología del führer, y es el término empleado como sustituto de una ideología. 

Durante los doce años de dominio del III Reich, comprendidos entre 1933 y 1945, la Alemania nazi impuso a los germanos un proyecto de fidelidad política inspirado en tres elementos: carisma, autoritarismo y propaganda. Para instituir la ideología del líder, los nazis exigieron de los ciudadanos responder con fidelidad a las órdenes, deseos y opiniones de Adolf Hitler, el Führer. Y para cumplir con esta responsabilidad, cada alemán debía renunciar a toda argumentación objetiva sobre lo dicho por el líder.

Los discursos del Führer estaban plagados de arengas a la unidad nacional, a la nueva forma de moralidad pública y al exterminio del enemigo. En sus intervenciones se cuidaba mucho de las formas. Todo estaba inspirado en una gran finalidad: convertir al imperio alemán en el centro de la humanidad.

Hitler se miraba a sí mismo como “la esperanza del mundo”, mientras que nuestros autócratas correístas se ven como “un ejemplo para el mundo”. ¿Cuál es la diferencia?

Muchos son los elementos que aún se conservan del nazismo en los gobiernos con tendencias personalistas y autoritarias.  Lo elemental de sus ideas, la falta de criterio de sus principales actores y la ausencia de argumentos forman parte de la galería política de los nuevos fascismos velados. Líderes y partidos políticos, sin ser autoproclamados como admiradores del fascismo, todavía practican el conservadurismo extremo, el liderazgo vertical, el intervencionismo estatal y el exacerbado culto a una personalidad moralista.

En 1935 el italiano Benito Mussolini comandaba los ejércitos que invadieron con éxito Etiopia. Dos años después los triunfadores del enfrentamiento impusieron un código de conducta moral. El código prohibía a los etíopes el contacto con los invasores con el pretexto de proteger su superioridad racial. La ley regulaba las relaciones íntimas y de conducta. Al líder le repugnaba el mestizaje e impuso su propia moral.

A Hitler también le obsesionaba la superioridad de la raza aria. Hoy sus herederos contemporáneos tienen como denominador común el nacionalismo fanático, la supresión de los derechos humanos, la constante interpelación a chivos expiatorios y enemigos políticos reales o imaginarios, la obsesión por el control de los medios de comunicación y de la educación, la forma de gobierno corporativa, la eliminación de los sindicatos independientes y el populismo penal. En especial, su énfasis consiste en dividir a la sociedad en dos mitades. De un lado está el equivalente a los nuevos arios: los fieles y devotos patriotas. Del otro lado, con una guinda negra amarrada en brazo, están los impuros: los vendepatrias, tirapiedras y los mismos de siempre. Hoy, como en el pasado, los vendepatrias deben ser exterminados y los devotos de esta nueva patria deben disciplinarse bajo un nuevo orden moral.

El controversial Plan Familia y el proyecto de Código del Ciclo de Vida en nuestro país fueron elaborados con un molde similar. Ambos arrogan al gobierno la facultad de imponer una política en materia de relaciones íntimas entre ciudadanos y restringen su derecho a la autodeterminación. A manera de manual policiaco de conductas, ambos ejemplos, son expresiones de un estado totalitario, moralista y obsesivo, que desconfía de la libertad de los ciudadanos y que les exige sumisión y enajenación. Todos deben obedecer sin pensar.

Dos elementos morales caracterizan a esta “nueva patria”: el culto a la personalidad como fundamento de la nueva moral revolucionaria y la imposición de códigos de conducta para invadir el fuero interno de los individuos para condicionar sus actos. Cultivar esta moral personalista de adoración a un líder e imponerla con el poder político busca anular la reflexión, individualidad y autonomía de las personas para sustituirla con las órdenes del omnisciente, omnipresente y más simpático líder político de la historia del Ecuador (?). 

Una prueba del fascismo velado es el cruce entre este estado obsesivo, los ciudadanos sometidos a la ideología del gran líder y la cómplice aceptación de una patria nueva sometida a una moral revolucionaria.

@ghidalgoandrade

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