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13 de Septiembre del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
13 de Septiembre del 2016
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

Moreno, el monaguillo
Lenin Moreno se convertirá en papable dentro de un consejo de cardenales que no confían en él por sus constantes vaivenes. El vicepresidente de la alegría adora a dios y al diablo al mismo tiempo. Aunque se trata del aspirante mejor ubicado en las encuestas, habrá otro escenario para él en las elecciones.

El correísmo se aferra al poder con todas sus fuerzas. Aunque el sucesor para el pontificado era el vicepresidente Jorge Glas, lo harán a un lado porque no despunta en las encuestas. Glas es un mal candidato, pero un sucesor leal.

Esta vez Correa, que es dueño real del correísmo y de su brazo partidista, podría preferir al aspirante que le provoca más suspicacias. Moreno se convertirá en papable dentro de un consejo de cardenales que no confían en él por sus constantes vaivenes. El vicepresidente de la alegría adora a dios y al diablo al mismo tiempo. Aunque se trata del aspirante mejor ubicado en las encuestas, habrá otro escenario para él en las elecciones. Durante la campaña estará obligado a transparentar las denuncias de corrupción que pesan sobre la administración Correa, ofrecer fiscalizar los nueve años del gobierno anterior, conciliar a los sectores en disputa, aclarar su propia ambigüedad ideológica, y rescatar los elementos positivos del correísmo dentro de todo el pantano de descomposición pública, odios personales y polarización social que deja el presidente Rafael Correa como herencia a la política ecuatoriana.

El preferido es Glas, pero quien puede obtener mejores resultados es Moreno. Glas para gobernar, Moreno para ganar. Glas era el papable, el hijo predilecto, el sucesor al trono presidencial. Sin embargo, con alguien como él es difícil disputar con éxito una campaña electoral y quedarse con el poder. Se trata de una persona sin carisma, sin un estilo político propio y de gestos agarrotados. La única ventaja que tiene sobre otros aspirantes es la predilección del mentor a su más leal aprendiz.

Por eso están urgidos en elegir a otro sucesor. El preferido tendrá que esperar, y el relegado, el desterrado a Bruselas, el no papable, se convierte ahora en la mejor opción para disputar la campaña, todo para conservar el poder. 

Pero la democracia ecuatoriana no es cardenalicia. La elección que haga el correísmo sobre el sucesor del presidente Correa no convierte al heredero en ganador de las presidenciales de 2017, eso en un contexto de elecciones limpias. Además, es contraintuitivo que el correísmo gane la presidencia de la República otra vez. Por el contrario, se presentan menos obstáculos para conseguir un número todavía significativo de legisladores en la próxima Asamblea Nacional.

Volver a la época en la que el correísmo consiguió 3/4 de la representación asamblearia, con la mitad de los votos ciudadanos es ahora imposible. Esto podría deberse a que el modelo reputacional del presidente Correa, que era la única palanca que sostenía los resultados de las elecciones legislativas, se desplomara con la caída en la cotización del barril de petróleo.

Si esto es correcto, y si se considera que en las elecciones legislativas de 2013 el correísmo consiguió el 73% de los escaños con el 52% de los votos populares, apalancado por un precio promedio del petróleo situado en 112 dólares y una credibilidad presidencial del 68% sostenida por la liquidez gubernamental, entonces, con un precio promedio del petróleo de 37 dólares y una credibilidad presidencial del 25%, el correísmo debería obtener una votación aproximada del 12% del electorado y, por tanto, alrededor de 23 asambleístas, de 137.

Con el 17% de la representación legislativa y una caída de 50 puntos en las preferencias electorales, el correísmo se conformaría en la oposición legislativa.

Por eso se entiende que para defender sus sillones asamblearios, conseguidos en una época de bonanza petrolera y con un líder, ahora ausente, inflamado por sus proezas financiadas con la liquidez rentista, el correísmo echaría mano de las figuras de pantalla. Faranduleros, deportistas, cantantes que podrían adornar sus listas electorales.

Con estas cifras, bajo precio del petróleo, y una grave crisis política y económica maquillada con un agresivo endeudamiento, sería difícil conseguir la presidencia porque se trata de un órgano unipersonal, no sometido a una fórmula de asignación de escaños y convertida en un juego de suma cero, en donde el ganador se lleva todo y el perdedor se queda con nada.

En la disputa por la presidencia podría pasar de todo, hasta que el correísmo se quede fuera, con los churos hechos, y un papable que se tenga que conformar con ser monaguillo del otrora mesías que no resucitó, en la imaginaria patria, tierra sagrada del correísmo. 

@ghidalgoandrade

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