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19 de Marzo del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
19 de Marzo del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Moreno: romper con un pasado perverso
Uno de sus mayores conflictos fue reconocer y aceptar que muchos sabían más y mejor que él incluso en aquello en lo que se consideraba el gran sabio y sobre lo que enunciaba la última palabra. No tuvo empacho alguno en optar por la violencia cuando corría el riesgo de que conociese la verdad. Para él el tema de la verdad se convirtió en una piedra en el zapato.

Se corren los telones de la década pasada y poco a poco van apareciendo las verdaderas verdades de lo que fue el correato. El diálogo telefónico entre el entonces presidente de la Asamblea y el ex contralor, prófugo de la justicia, terminó constituyéndose en uno de los ejemplos más paradigmáticos, no solo del discurso correísta, sino de esa política que no se sostuvo en la ley, la justicia y la ética sino en el poder, el engaño y la corrupción.

En el fondo, una posición absolutamente maquiavélica porque lo único que importó fue el poder en sí mismo y su parte perversa. Todo lo demás valió única y exclusivamente en tanto servía o no al afianzamiento, crecimiento y expresión de un poder claramente perverso. A ese todo-poder pertenecen por igual los sujetos y los objetos, los contratos y las obras, los sobreprecios y los ahorros, los terremotos y las solidaridades ciudadanas, los engaños hipócritas a esas solidaridades.

Uno de sus mayores conflictos fue reconocer y aceptar que muchos sabían más y mejor que él incluso en aquello en lo que se consideraba el gran sabio y sobre lo que enunciaba la última palabra. No tuvo empacho alguno en optar por la violencia cuando corría el riesgo de que conociese la verdad. Para él el tema de la verdad se convirtió en una piedra en el zapato. Su gran especialidad política y ética consistió en engañar. Su problema con la verdad es absolutamente crónico: considera que el engaño lo protege como una coraza inquebrantable.

No solo la mentira, también la megalomanía. El proyecto Yachay y las reformas al sistema universitario no dieron cuenta precisamente de una gran propuesta destinada al desarrollo académico y científico del país. Soñó con una inmensa universidad que se constituyese en el más grande de los monumentos a su poder. De esta manera, en lugar de aparecer como un vulgar caudillo sería visto como el verdadero mecenas del país y de la región. Yachay: la mega ciudad del conocimiento para Ecuador y para toda América, para el mundo. Su perverso afán de gloria terminó sofocándolo. De hecho, condujo a la universidad nacional al borde de la más grande de las mediocridades. Además, le carcomía el éxito académico de las universidades particulares. ¡Cómo olvidar todo lo que hizo para desbaratar a la Andina!

La cultura terminó formando parte de sus bienes personales. Y es que rigurosamente mantuvo la oposición radical entre su decir y su actuar. Si alguna vez leyó a Maquiavelo, lo incorporó literal y materialmente. De hecho su política perteneció al mundo de lo real puro. No fue capaz de simbolizar el poder y sus ejercicios. Para él todo fue horrorosamente literal. Por eso hablaba de la majestad del poder y exigía el sometimiento fáctico e incondicional de todos. Desde ahí se entiende su reacción histérica e incluso claramente perversa ante la crítica de modo particular de aquella prensa que se resistió a formar parte de sus adoradores.

No entendió el poder como servicio a la comunidad sino como logro personal obtenido única y exclusivamente a causa de sus méritos personales. Se consideró, pues, el elegido, el mesías esperado, el salvador insustituible. El único sabio y carismático capaz de salvar a ese país perdido en el mar de las antiguas corrupciones. Por lo mismo y desde la perspectiva absolutamente lógica de lo perverso, se apropió de todos los poderes del Estado. En política no se movía una hoja sin su consentimiento. Y sin embargo, nada supo del asalto a la riqueza nacional por ese grupo privilegiado de sus amigos y amigas.

No se inspiró en Maquiavelo sino en Stalin (Castro). El príncipe no podía salir con látigo en la mano a castigar a quienes no le reverenciaban o no se arrodillaban en el camino para besarle las manos. Maquiavelo pretendía un gobernante lógico y benigno, suficientemente astuto para no hacer que la corrupción sea abismalmente obvia. Maquiavelo quería que el pueblo mantenga una imagen benigna de su gobernante. Y no un gobernante burdamente aliado a los corruptos.

Roba, pero haz obras, dice el abecedario de la ética corrupta. Cinismo con el que se pretende, no solo justificar el mal sino exaltarlo y hasta beatificarlo. Cinismo que, de una u otra manera, involucró a todo el equipo con el que se gobernó, se legisló, se robó, se persiguió y se asesinó.

Corolario indispensable y desde el apoyo dado a Moreno en la consulta: tan solo aquellos que, siendo de AP, no colaboraron con Correa podrían legítimamente formar parte del equipo de Moreno. Ninguno de aquellos que estuvieron incondicionales en el perenne besamanos de Correa. No se pide que Moreno abandone AP sino apenas que no gobierne con aquellos que, bien informados de lo que hacían, permitieron y sostuvieron las infamias del correato. Porque ellas y ellos son cómplices y encubridores de una política de persecución, de intolerancia y de corrupción. 

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