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20 de Mayo del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
20 de Mayo del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

“Muera, Trujillo, muera”
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Correa y los suyos sufren de fobia crónica a la verdad y a la honradez. Su ética se sostiene en la mentira, los gritos e insultos. Para ellos, el bien personal prima sobre el social, el engaño sobre la verdad.

El escenario es realmente insólito: las inmediaciones del Hospital Metropolitano. Afuera, un grupo de correístas se ha congregado para gritar insultos e improperios en contra de Julio César Trujillo que se debate entre la vida y la muerte. A grito pelado los congregados, al tiempo que le insultan, llaman a la muerte para que de una vez por todas se lleve a ese acérrimo e infame enemigo no solo de su amo, Rafael Correa sino del engaño y la corrupción política. A su nombre le gritan ahora quienes no pudieron hacerlo cuando podía escucharlos y responder con una sonrisa ante lo que no le pertenece de modo alguno: la corrupción, alimento diario y sustancial de Correa y los suyos.

Trujillo ya nunca más estará físicamente entre nosotros. Ahora pertenece al grupo de los que se fueron físicamente pero que se quedaron a engrosar el número de quienes vivieron honesta y sabiamente. Si cuando estuvo entre nosotros lo admiramos, ahora lamentamos su partida porque a lo largo de décadas fue un ícono de honorabilidad social y política. Él el incorruptible. Y ahora que ya no está más entre nosotros, lo extrañaremos por mucho tiempo porque su presencia ha sido fundamental en no pocos espacios de nuestra reciente historia. Él como político, como docente y finalmente como presidente del Consejo de Participación Ciudadana Transitorio. Lo que hizo lo hizo éticamente bien. Extrañaremos su mesura, la profundidad de su pensamiento, su cordialidad y su presencia como ícono de honorabilidad.

A grito pelado los congregados, al tiempo que le insultan, llaman a la muerte para que de una vez por todas se lleve a ese acérrimo e infame enemigo no solo de su amo, Rafael Correa sino del engaño y la corrupción política.

Correa y los suyos sufren de fobia crónica a la verdad y a la honradez. Su ética se sostiene en la mentira, los gritos e insultos. Para ellos, el bien personal prima sobre el social, el engaño sobre la verdad. Su ética es la de la corrupción y el latrocinio. Ahí se sienten fuertes y bravucones para ofender a un indefenso agonizante. Desde ahí lanzan las andanadas de improperios que, por supuesto, no le llegan, y no solamente porque ya no los escucha, sino porque su historia personal ética y social siempre ha sido suficientemente sólida como para conmoverse en lo más mínimo por las patadas de ahogado que lanza Correa a través de sus esclavos. 

¿Acaso Correa no es un especialista en lanzar la piedra y esconder la mano? A lo largo de una infinita década nos dio las más claras e infames lecciones de perversión política y social, como nunca antes le había acontecido al país. Forzados por esos improperios y porque Trujillo ya no se halla entre nosotros podemos decir, quizás a su nombre, que Correa, el cínico, debería cerrar la boca de una vez por todas. 

De Correa no se puede esperar sino justamente eso: el oprobio de su cinismo crónico que le lleva a dar lecciones de honorabilidad cuando en verdad ya debería estar preso para que pague por sus fechorías, por esa corrupción que organizó y ejercitó con sus amigos y colaboradores. Esa millonaria corrupción que nació y se afianzó en el mundillo pérfido de los corazones ardientes y las mentes lúcidas. Qué lucidez para llevarse el país en andas al mismo tiempo que se le levantaban altares a su mansedumbre, serenidad y honorabilidad. 

Trujillo ya se halla en las páginas de los buenos en el libro de nuestra historia nacional. A Correa y los suyos les espera, desde hace mucho, la cárcel y el oprobio nacional. El país entero los ha sentenciado. Y no habrá escapatoria posible pues más temprano que tarde les caerá el peso de la justicia. Que venga con su insolencia el bravucón y una vez más se rasgue la camisa pidiendo a los policías que le disparen. Si no fuese así, ¿por qué no da la cara a la justicia, acá y de cuerpo presente? Insular a los moribundos, valentía de villanos.

El país necesita que regresen Correa y todos sus adláteres. Pero no para que se reúnan alrededor de la tumba de Trujillo y bailen la danza macabra de la corrupción en honor de un hombre bueno que se fue como vivió. Los necesitamos para juzgarlos y condenarlos.

Ese perverso ceremonial de insultos y ofensas a un moribundo dio clara cuenta de la ruindad constitutiva de ese grupo político y de que definitivamente ya no es posible lugar alguno para Correa y los suyos en la política nacional. 

Pese a su partida, Trujillo estará todavía mucho tiempo entre nosotros. Y su luz seguramente nos evite los naufragios políticos, como aquel que sufrió el país al elegir a Correa y al soportarlo por una década. 

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