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23 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 13 minutos
23 de Junio del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Las mujeres del poder
Fue el propio presidente Correa quien ayudó a develar el simulacro: “Yo no sé si la igualdad de género mejora la democracia…¡Lo que es seguro es que ha mejorado la farra!”, dijo en una de sus sabatinas. Más allá del contenido profundamente machista de tal afirmación, el Presidente reveló con ella una verdad que debería entristecer a todos. Y es que al afirmar aquello, el Presidente mostró su desprecio por aquel grupo de mujeres que pese a ostentar cargos de ministras o asambleístas, se habían convertido en sus cortesanas.

En el Ecuador de la Revolución Ciudadana, ese que según su Constitución es un Estado de Derechos, cincuenta y nueve mujeres son procesadas penalmente y algunas están detenidas por haber interrumpido sus embarazos. Son muy jóvenes, casi adolescentes, y provienen de los sectores más pobres y postergados de la sociedad. Contra ellas se ha aplicado el nuevo Código Orgánico Integral Penal (COIP). Ellas fueron denunciadas por los médicos que las trataron cuando tuvieron que acudir a los hospitales públicos como consecuencia de abortos mal practicados. Son médicos que han violado el secreto profesional, pues han sido chantajeados y  amedrentados por ese poder de corte fascista que pretende que los ciudadanos seamos delatores e informantes de la envilecida maquinaria punitiva y judicial del régimen. A varias de esas mujeres se les negó el derecho al debido proceso; fueron interrogadas en hospitales y luego conducidas directamente a prisión. Ellas son las víctimas, pero un poder infame las hace culpables y las revictimiza.

En el Ecuador de la Revolución Ciudadana, una niña de apenas trece años fue violada y quedó embarazada de un delincuente de setenta años. Su madre, quien había sido empleada doméstica del violador, venció el  miedo y las amenazas y denunció el caso ante la fiscalía. La niña embarazada señaló al anciano  como su agresor, pero el fiscal, tras recibir una llamada telefónica, lo dejó libre; no solicitó  prisión preventiva pues según él no se trataba de un delito flagrante ya que el sujeto no fue hallado violando a la pequeña. El caso pasó a una nueva fiscal; ella congeló los trámites durante diez meses, facilitó las cosas para que el  chantaje y el engaño hicieran que  la menor y su madre  desistan temporalmente de la acusación;  luego pidió una investigación en contra del abogado defensor de la niña violada. Poco tiempo después, esa fiscal fue nombrada jueza del Primer Tribunal de Garantías Penales.

En esos mismos días, tres  ministras - Solís, Pesántez y Vidal – y tres ministros - Serrano, Barriga y Alvarado- realizaron una rueda de prensa para deslindar las posibles responsabilidades del Gobierno en este caso; descalificaron y acusaron al abogado de la niña y alguno de ellos lo llamó “sátrapa, politiquero y sinvergüenza”. El Presidente los secundó durante la sabatina: “esa cloaca llamada Colegio de Abogados de Guayas” y la prensa corrupta habían politizado el caso para hacer daño a su impoluto gobierno. Mientras todo esto ocurría, Pedro Granja, el abogado de la niña, recibió dos palizas y múltiples amenazas;  Juan Paredes, el recordado juez del Caso El Universo, admitió un recurso interpuesto por la defensa del acusado, transgrediendo  toda norma; los registros de más de una veintena de demandas de alimentos que tenía el delincuente desaparecieron de la Judicatura; Gina Godoy, la defensora de los derechos de las mujeres, intervino ante jueces y trató de amedrentar a activistas sociales en defensa de los intereses, no de la niña violada, sino los del hijo mayor del acusado.

El violador de la niña salió del país y paseó por los aeropuertos de Argentina, Perú, Brasil y Estados Unidos y nunca lo detuvieron pues no había una orden internacional para ello.  Mucho tiempo después, gracias a las denuncias de la prensa y la valentía de los abogados, fue deportado y sentenciado y hoy cumple su condena en una lujosa clínica de Guayaquil. Se llama Jorge Glas Viejó y es el padre del actual Vicepresidente de la República.

En el Ecuador de la Revolución Ciudadana, tres asambleístas de Alianza País, de esas que se autodefinen como feministas y a quienes un alto funcionario del gobierno se refiere como “las mal culeadas”, presentaron una moción para que en el nuevo COIP se despenalice el aborto en caso de violación. Fue Paola Pabón quien presentó dicha moción y lo hizo con un discurso lleno de energía y  feminismo militante. El Presidente se indignó; para él y el grupo ultraconservador que lo rodea, las mujeres deben ser obligadas a tener hijos aun cuando estos hayan sido producto de una violación. Soledad Buendía y Gina Godoy, quienes habían secundado la propuesta, fueron sancionadas por su partido a treinta días de silencio. Paola Pabón recibió la misma sanción,  pero además fue obligada a retractarse públicamente y retirar la moción. Y lo hizo: pidió disculpas a su jefe, recordó que ellas jamás lo habían traicionado, que apoyaron incondicionalmente su metida de mano en la justicia, la abolición de la iniciativa Yasuni-ITT, la promulgación de la Ley de Comunicación; que se jugaron por él en el 30S. Aceptaron las sanciones y se humillaron; prefirieron traicionarse a sí mismas y a lo que un día quizá fueron, antes que desobedecer a su jefe. Pocos días después, cuando su período de silencio había terminado, Soledad Buendía presentó la propuesta para permitir la reelección indefinida del Presidente; Paola Pabón es ahora ministra Coordinadora de la Política. Las niñas, las adolescentes, las mujeres en cuyo nombre hablaron, seguirán siendo judicializadas o muriendo por abortar en sórdidos consultorios clandestinos. Mientras tanto ellas, las mujeres del poder, continuarán gozando de guardaespaldas, chofer y automóvil a la puerta.                                      

Lo que he narrado en los párrafos anteriores tiene como fundamento el libro de Juan Carlos Calderón que fue lanzado hace pocas semanas. No me toques, se llama, y en sus algo más de 420 páginas se da cuenta de la situación de la mujer en los tiempos que corren. Entrevistas, testimonios, artículos y crónicas de prensa, micro ensayos, informes judiciales, cartas, transcripción de discursos, noticias; todo ello conforma una especie de collage; son retazos, fragmentos de la realidad que se van armando para mostrar con claridad meridiana una colectividad marcada por el machismo, por la violencia cotidiana que la sociedad y el gobierno ejercen sobre las mujeres. Es un libro que duele, que indigna, que llama a reaccionar y decir basta, pues muestra el profundo retroceso de los derechos de la mujer durante la década revolucionaria. Es un texto que nos devuelve la memoria y es, a la vez, un espejo para mirar nuestras pústulas; es también, un libro que muestra el simulacro y la impostura de estos tiempos.

Digo simulacro porque el aparato de propaganda del gobierno ha construido la idea de que la situación de las mujeres ha mejorado durante la Revolución Ciudadana. Para sostener aquello, los propagandistas del régimen hacen hincapié en la gran cantidad de mujeres que hoy son asambleístas u ocupan altos cargos públicos.  De hecho, tres mujeres presiden la Asamblea Nacional, más del 40 por ciento de las integrantes de la misma son mujeres y una cifra similar corresponde a las que integran el Gabinete.

Sin embargo, fue el propio presidente Correa quien ayudó a develar el simulacro: “Yo no sé si la igualdad de género mejora la democracia…¡Lo que es seguro es que ha mejorado la farra!”, dijo en una de sus sabatinas.  Más allá del contenido profundamente machista de tal afirmación, el Presidente reveló con ella una verdad que debería entristecer a todos. Y es que al afirmar aquello, el Presidente mostró su desprecio por aquel grupo de mujeres que pese a ostentar cargos de ministras o asambleístas, se habían convertido en sus cortesanas, sujetas siempre a la voluntad de quien encarna el poder masculino al que se someten, alaban y sirven.  Si recordamos tanto el arribo como el desempeño de aquellas mujeres en sus respectivos cargos, podemos colegir que no ha sido su preparación académica, su inteligencia o su honestidad las cualidades que las han encumbrado, sino su incondicionalidad y obsecuencia.

Cuando  recuerdo el caso de las asambleístas sancionadas con el silencio y la posterior  abjuración vergonzosa de sus principios, no puedo dejar de pensar en las reflexiones de Octavio Paz respecto de ese mexicanísimo verbo que es chingar, y sobre aquellas expresiones que devienen de aquel: la chingada, el chingón, los hijos de la chingada.

Dice, por ejemplo: “Los fuertes -los chingones sin escrúpulos, duros e inexorables- se rodean de fidelidades ardientes e interesadas. El servilismo ante los poderosos -especialmente en la casta de los ‘políticos’, esto es, de los profesionales de los negocios públicos- es una de las deplorables consecuencias de esta situación. Otra, no menos degradante, es la adhesión a las personas y no a los principios. […]Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada,  la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra.[…]Chingar es hacer violencia sobre la otra y se puede chingar a una mujer sin poseerla.”

Cuando Gabriela Rivadeneira, Marcela Aguinaga y Rosana Alvarado fueron elegidas para las tres más altas dignidades de la Asamblea Nacional, la última de las nombradas envió un candoroso tuit: “Las mujeres al poder”. 

No la culpo. La escasez de lecturas impide que alguien como ella pueda entender que los comportamientos y las prácticas son las que dan cuenta de las estructuras de dominación; que el poder es la capacidad de estructurar las conductas de los otros y que, en esa medida, su presencia en esas dignidades (que fueron acompañadas de abiertas declaraciones de sumisión y obediencia) no ha cambiado nada, y que, por el contrario, sólo ha contribuido a  reforzar la estructura vertical, masculina y patriarcal del poder. Vuelvo por ello a Octavio Paz: “La chingada es aún más pasiva. Su pasividad es abyecta: no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. […] Esta pasividad abierta la lleva a perder su identidad. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. […] El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida”.

El libro de Juan Carlos Calderón también recuerda y  da cuenta de esas otras mujeres y de sus luchas; de aquellas que aun siendo acosadas y perseguidas por el poder han demostrado una gigantesca capacidad de resistencia, una inmensa dignidad y una integridad humana a toda prueba. Ahí están Margot Escobar, Mery Zamora, Martha Roldós, Lourdes Tibán, Manuela Picq, Marcia Barzola; en fin, todas aquellas mujeres que desde sus diferentes lugares han dignificado la condición femenina, dignificando al mismo tiempo la condición humana.

El tiempo de los socialismos del siglo XXI se agota; el gobierno durante el cual las mujeres del poder perdieron su dignidad está por terminar. El futuro y la reconstrucción del país demandan que no olvidemos lo que cada uno de nosotros hizo durante estos oprobiosos años. Repito por ello una conocida frase de un personaje  de Milan Kundera: “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. Y tendremos memoria.
 

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