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28 de Marzo del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
28 de Marzo del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Nacionalización del hambre
Nadie es poderoso si carece de un discurso con el que no cese de lanzar a los cuatro vientos la verdad incuestionable de que es él quien manda, gobierna, dispone y, sobre todo, que es dueño absoluto de la vida y de la muerte, de la salvación de la perdición. Allí radica el éxito primero y fundamental de toda revolución: el sometimiento irrestricto de los ciudadanos al autocalificado de revolucionario.

Lo de Venezuela se ha convertido en un ejemplo absolutamente patético, no solamente de la nacionalización de la pobreza y del hambre, sino de la necedad y del cinismo, de una estulticia política absoluta que ya no tiene nombre, ni lógica ni, por supuesto, ética. Porque se necesita que hayan sido enterrados en el cementerio de las iniquidades y del cinismo los principios fundamentales de la ética política y social para tapar con hueras palabras y promesas el hambre, el desempleo, la enfermedad y la libertad de toda una nación.

Antes de la solución chavista, el país se desenvolvía en un aceptable bienestar social. Como en cualquier país latinoamericano, la distribución de la riqueza no era precisamente ni la más adecuada ni la más ética. Un país con pobres y ricos, con aquellos que tenían en demasía y hacían ostentación de ello, y los otros a quienes siempre se les ha llenado la barriga con la promesa de la redención y del cielo.

La desigualdad social es una vieja historia que apareció con la misma humanidad. La ley del más fuerte. La ley del más avispado, de aquel que empezó a acumular para sí los bienes, las tierras, los frutos, los suelos y los subsuelos, los oros y las platas. Y también a acaparar para sí a obreros y trabajadores.

Aparecieron los caciques, los príncipes, los reyes, los emperadores. Apareció el poder familiar, barrial, citadino. El poder es hijo legítimo e ilegítimo al mismo tiempo de la riqueza, de la posesión de bienes, del que es capaz de mirarte de pies a cabeza. Del que es capaz de mandarte a la cárcel porque le miraste con malos ojos. Nadie es poderoso si no posee más ovejas, más vacas, más tierras, más chequeras, más servidores, más ministros, más soldados a su mando que aseguren que los otros siempre respetarán las distancias.

Nadie es poderoso si carece de un discurso con el que no cese de lanzar a los cuatro vientos la verdad incuestionable de que es él quien manda, gobierna, dispone y, sobre todo, que es dueño absoluto de la vida y de la muerte, de la salvación de la perdición. Allí radica el éxito primero y fundamental de toda revolución: el sometimiento irrestricto de los ciudadanos al autocalificado de revolucionario.

El poderoso es dueño del cielo y del infierno. En el cielo vive él con sus cercanos e incondicionales lacayos. Palacios exuberantes que causen envidia, cuanta más envidia, mejor. El infierno (la pobreza, la enfermedad, la muerte) es su primer y más importante reino. Porque nadie es suficientemente poderoso si no posee la capacidad de administrar la vida y la muerte de sus súbditos. El infierno sirve para distribuir adecuada y oportunamente el temor, la angustia, el recelo, la duda. En el reino de la revolución, es indispensable que todos, sin excepción, se sepan amenazados de muerte.

El infierno es el otro. Maduro y sus secuaces que matan de hambre a una nación que antes de su llegada era rica y productora. El infierno es la promesa de salvación convertida en escasez, en hambre, en enfermedad, en desempleo. El infierno es la vacuidad de la promesa de salvación, la dura e irreparable presencia de la esclavitud y la muerte.

Los revolucionarios del siglo XX sustituyen a los predicadores de la Edad Media que hasta vendían, a buen precio, una silla numerada en el paraíso para mirar de cerca a Dios.

Quienes ofrecen y prometen el paraíso no son más que viles estafadores que inventaron la revolución para sustituir el mismo discurso de la religión y del poderoso: la igualdad, la riqueza, la salvación, el poder, la totalidad de la felicidad.

Los predicadores de la revolución hablan desde estupendos autos, increíbles aviones desde palacios con los mejores cocineros y cocineras del mundo. Desde ahí prometen la bienaventuranza de ser capaces de decidir sobre la libertad o la esclavitud, sobre la vida y la muerte del adversario, de todo aquel que se atreva a desenmascarar el engaño.

Ya en el poder, los de la revolución francesa, fueron infinitamente más perversos y crueles, más deshonestos y corrompidos que los reyes y poderos que asesinaron. En la revolución chavista, los revolucionarios tienen pan y pasteles, carne y chorizos, ropa y medicinas.

Aserrín. Aserrán
los maderos de san Juan
Piden pan
no les dan
Piden queso
les dan hueso

En las calles de Venezuela, piden pan y leche, agua y medicinas. Nadie les da nada o quizás, a veces, las sobras, las migajas que caen de la mesa de los revolucionarios. Piden, no se cansan de pedir trabajo y salarios dignos. Maduro y sus adláteres deben comer y beber bien pues se los ve siempre rozagantes, llenos de vitalidad y hasta con abdómenes abultados.

El pueblo pide el pan de la libertad. Y el poder revolucionario le abre las puertas de las cárceles. A veces, también abre las puertas de los cementerios.

Salud, Maduro: los que van a morir te saludan.

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