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26 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
26 de Abril del 2016
Fernando López Romero

Historiador. Investigador social. Profesor principal e investigador de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador.

¡Nadie grita o lo mando detenido!
Bienaventurados todos aquellos que pueden llorar a mares y a océanos; que griten desde el desgarro del pecho todo lo que haya que gritar, porque así lo exige su pena. Bienaventurados los que gritan, los que lloran y se quejan porque han perdido, sus viviendas, sus negocios, sus bártulos, sus mascotas y sus empleos.

Pródigo en horrores es el inventario del dolor que infringimos a los otros en la vida cotidiana, del terror y de la violencia que ejercemos cada día; casi siempre sin siquiera conciencia de lo que hacemos. Horrores son los que vemos a cada instante desde el pasado 16 de abril: seres humanos sepultados bajo los escombros, no solo por la naturaleza sino también por la imprevisión, la corrupción, la ignorancia y la pobreza; niños, niñas, hombres y mujeres,  jóvenes y viejos, que en estado de shock deambulan por las ruinas de lo que fueron sus viviendas, buscando atención, amparo, agua, comida y consuelo. Hemos visto los enormes caudales de la solidaridad colectiva, y testigos somos también de que no faltan quienes se aprovechan del dolor ajeno.

La literatura siempre golpea las puertas en momentos de crisis y me ha visitado estos días el recuerdo de dos textos de Kafka, tan cercanos y vigentes: Carta al Padre y El Proceso. La Carta al Padre desnuda en un bello estilo epistolar la violencia simbólica y material del patriarcado; denuncia, rasga, quema y punza en esos dolores íntimos de la relación filial de los hijos con el padre, que casi nunca se curan. El Proceso revela la omnipotencia de los funcionarios públicos, su cerrazón sin límites, los muros infranqueables de su silencio y la violencia de la razón de Estado que veneran, portan y ejecutan. En ecuatoriano, El Proceso kafquiano se expresa en el conocido “tiene razón pero va preso”.

El caso que motiva estas líneas revela solo una parte de la impotencia y de la arrogancia del poder político en situaciones extremas, que le desbordan y que requieren de los valores que habitan la vida cotidiana de la gente. En el ejemplo aludido solo se permite a las víctimas del desastre la queja por haber perdido a seres queridos: a ver, a traerme la partida de defunción o se van detenidos. Perdón por el sarcasmo.

El poder del gobernante se atreve a discriminar aquello por lo que considera permitido gritar y quejarse en medio de las ruinas y amenaza con la intervención del Estado para reducir a prisión a los quejosos; por su única autoridad sin orden de juez. Por la gracia de quien manda ha desaparecido hasta el derecho a la queja.

Cosa terrible: hubo quienes en ese momento aplaudieron el “o se van detenidos”. Más terrible aún, no han faltado quienes los secundan. Ave, Presidente: los que nunca nos quejaremos, te festejamos…

Inaudito resulta, amenazar ahora con la cárcel a las víctimas… porque gritan, piden ayuda y se quejan. En la amenaza de prisión ante los gritos y las quejas, se juntan las dos violencias que denuncia Kafka: la violencia del patriarcado y la violencia del Estado. Y se expresa también la impotencia del propio poder ante situaciones que desbordan al Estado y que revelan sus límites, y frente a las cuales la mejor respuesta ha venido desde abajo, del entramado de organizaciones sociales de todo tipo, que no piden permiso para ejercer la solidaridad y que se resisten a ser conducidas vertical y autoritariamente.

¿Qué reclama ahora, Presidente? Usted mismo ha armado este estilo de gobierno en el cual todo lo resuelve el Presidente de la República. Usted ha construido la idea de que todo lo puede, que todo lo sabe y ningún Presidente ha dispuesto de su poder. Es comprensible  entonces, y mucho más en medio de un desastre y caminando entre las ruinas, que  quienes durante casi una década han  visto el espectáculo del poder, le pidan al  Presidente ayuda, comida, agua. Que griten y se quejen. Usted ha construido esa imagen de padre preocupado o de hermano mayor ejemplar. Usted es el gobierno y el Estado.

Gritan y lloran y se quejan las víctimas ¿Cómo alguien puede negarles ese derecho? ¿Por qué amenazarles con prisión?

También usted es quien ha disfrutado de los honoris causa, de los homenajes, de las alfombras rojas y los honores de estilo; de las mieles del poder. Ahora le ha tocado lidiar con los gritos, con el llanto y con las quejas.

Gracias al padre de Kafka y al padre Estado y sus procesos, muchos hemos sido educados en la inhibición del dolor y  desconocemos la terapéutica bendición de procesar llorando a mares, como plañideras, todo lo que haya que llorar para lavar las penas de todos nuestros dolores, de los antiguos, de los recientes y de los que nos acechan y esperan. Bienaventurados todos aquellos que pueden llorar a mares y a océanos; que griten desde el desgarro del pecho todo lo que haya que gritar, porque así lo exige su pena. Bienaventurados los que gritan, los que lloran y se quejan porque han perdido, sus viviendas, sus negocios, sus bártulos, sus mascotas y sus empleos.

Señor Presidente:

Si quiere, grite y quéjese todo lo que quiera. Lo ha hecho usted muchas veces. Tranquilo, nadie va a pedir que le lleven detenido; ni aunque pudiéramos.

[PANAL DE IDEAS]

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