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2 de Agosto del 2021
Ideas
Lectura: 9 minutos
2 de Agosto del 2021
Rubén Darío Buitrón
Neisi Dajomes, otra derrota para el periodismo deportivo ecuatoriano
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Carlos Sinchiguano, como muchos ecuatorianos, es víctima de este círculo vicioso formado por los gobiernos centrales, los comités olímpicos, las empresas privadas y los medios de comunicación que se dicen especializados en deportes y que no reconocen ni admiten que su única especialidad (que ni siquiera dominan ni la conocen a cabalidad) es el fútbol profesional.

Subo a un taxi en la mañana para ir a mi oficina y lo usual es escuchar las peores estaciones de radio con las peores voces y con el peor tema: el fútbol.

Este domingo 1 de agosto de 2021 el ambiente en el taxi era absolutamente diferente. Hace pocas horas el Ecuador recibía —contrario a sus tristezas y penalidades cotidianas— una noticia con la potencia de la que tuvimos el fin de semana gracias al ciclista Richard Carapaz: el país había logrado una segunda medalla de oro gracias a Neisi Dajomes, y en la radio se escuchaba más algarabía que información.

Neisi Dajomes no solo es la segunda medalla de oro en los juegos olímpicos de Tokio, sino la primera mujer ecuatoriana que obtener la más alta presea deportiva del mundo en halterofilia.

Nacida el 12 de mayo en Puyo, provincia de Pastaza, Neisi tiene 23 años, mide 1.67 m y pesa 76 kilos.

El taxista, Carlos Sinchiguano (33 años) estaba feliz y yo también lo estaba, pero me atreví a preguntarle lo que era obvio: ¿usted había oído algo de ellas en alguno de los programas matutinos de las radios que suele sintonizar?

La respuesta fue la que me esperaba: no, señor, nunca.

Y sabía que si le hubiera preguntado cómo van Barcelona, Liga, Independiente, Emelec o cualquiera de los equipos de fútbol nacional me hubiese dicho cuáles son las alineaciones de cada equipo, cuáles son los jugadores estrella, quiénes son los dirigentes, cómo va la tabla de posiciones, quién ganó la primera etapa del campeonato, quiénes clasificaron a las copas Libertadores y Sudamericana…

Y entonces parecería que en el Ecuador solo se practica el fútbol. Fútbol profesional, por supuesto, ese que paga millonarios salarios a sus jugadores, ese que tiene canal de televisión propio, ese que tan pocas alegrías da a sus hinchas, ese que ignora al fútbol amateur, al fútbol barrial, al fútbol colegial, al fútbol de mujeres…

Pero aclaremos algo: Carlos Sinchiguano, un latacungueño que vino a Quito hace 10 años en busca de trabajo, no es responsable de lo que sabe y de lo que no sabe, porque sus cotidianas fuentes de información son los programas dedicados a ese deporte casi de manera exclusiva y los periodistas que se hacen llamar ‘’deportivos’’ pero que tendrían que rebautizarse de periodistas futboleros.

Sinchiguano no tiene la culpa de ignorar que en el Ecuador se practican más de treinta deportes, que en estos deportes también existen estrellas que, a diferencia de las peloteras, se juegan la vida en su preparación, en sus entrenamientos, en conseguir los exigentes objetivos que deben alcanzar para que su calidad y sus metas los lleve a conseguir un cupo en los juegos olímpicos mundiales que se celebran cada cuatro años.

¿Conoce que la medalla de oro en ciclismo la obtuvo el ecuatoriano Richard Carapaz y que fue la segunda medalla de oro obtenida por Ecuador en la historia de los juegos, 25 años después de la primera presea dorada conseguida por Jefferson Pérez en la especialidad de marcha?

Bueno, sí, lo ha escuchado, lo ha visto, lo ha disfrutado, se ha sentido orgulloso de ser ecuatoriano, pero tampoco había oído hablar de Carapaz, excepto dos o tres veces.

Carlos Sinchiguano, como muchos ecuatorianos, es víctima de este círculo vicioso formado por los gobiernos centrales, los comités olímpicos, las empresas privadas y los medios de comunicación que se dicen especializados en deportes y que no reconocen ni admiten que su única especialidad (que ni siquiera dominan ni la conocen a cabalidad) es el fútbol profesional

Así que Neisi Dajomes era un fantasma, una completa desconocida para el taxista y para millones de ecuatorianos a quienes la mal llamada prensa deportiva nunca o casi nunca le contó todo lo que ha logrado esta humilde jovencita nacida fuera del centralismo quiteño o guayaquileño, al igual que Jefferson Pérez (Azuay) y Richard Carapaz (Carchi).

Nunca escuchó en ningún programa "deportivo", donde se quejaban del fuera juego o del penal bien o mal cobrado en el partido entre Barcelona y Liga, que la ecuatoriana Neisi Dajomes (Pastaza) fue campeona mundial de halterofilia Sub 17 en 2013, que obtuvo la medalla de plata en los Panamericanos de Toronto 2015 en la categoría juvenil, que fue campeona mundial en los juveniles de Georgia de 2016, Tokio de 2017 y Tashkent de 2018.

Tampoco oyó jamás hablar de que en el Mundial Absoluto de Turkmenistán 2018, Neisi Dajomes obtuvo dos medallas de bronce. Que ganó la medalla de oro en el Panamericano de Lima en  2019. Que uno de sus últimos triunfos lo obtuvo en Pattaya, Tailandia, el 24 de septiembre de 2019 en la categoría de 76 kg en modalidad de arranque y envión, y tras sumar 245 kg en total se hizo acreedora de 2 medallas de bronce.

No es falso, mentiroso ni calumnioso difundir las amargas quejas de los héroes olímpicos cuando denuncian el poco o ningún aporte que recibieron de los gobiernos de Rafael Correa (quien decía amar el ejercicio físico y mantenía en los canales públicos una cuña publicitaria en la que aparecía recorriendo todo el Ecuador en bicicleta de lujo y con la ropa más lujosa para hacer deporte) y de Lenin Moreno, quien sin ningún estudio ni razón alguna pretendió bajar al mínimo el aporte de su gobierno a los atletas de alto rendimiento.

No es justo, tampoco —y no es nuestra intención—, que pretendamos satanizar a Carlos Sinchiguano, porque él, como muchos ecuatorianos, es víctima de este círculo vicioso formado por los gobiernos centrales, los comités olímpicos, las empresas privadas y los medios de comunicación que se dicen especializados en deportes y que no reconocen ni admiten que su única especialidad (que ni siquiera dominan ni la conocen a cabalidad) es el fútbol profesional.

Los dueños y los directores de los medios de comunicación deberían repensar lo que comunican en relación a los deportes. Deberían entender que uno de los deberes fundamentales de la prensa es educar, informar, llenar los vacíos de conocimiento que, en muchos temas, tienen sus audiencias. Y que esos vacíos de conocimiento incluyen un elemento que está relacionado con la identidad y el orgullo nacional que se alcanza cuando los atletas de alto rendimiento se elevan a lo más alto de la élite mundial.

Las grandes empresas privadas, que privilegian la colocación de publicidad en las emisoras y en los programas que divinizan el mediocre fútbol profesional ecuatoriano, también tendrían que entregar algo de sus ingentes ingresos en calidad de aporte o de patrocinio a los atletas que ponen en alto la bandera ecuatoriana en el mundo pero con sus propios esfuerzos: el boxeador-luchador Chito Vera, la ajedrecista Carla Heredia y el ciclista de BMX Alfredo Campo, por citar unos pocos nombres que, por su cuenta, realizan en Estados Unidos enormes esfuerzos económicos para conseguir su sueño de ser protagonistas del deporte mundial.

Como todos ellos, Neisi Dajomes se vuelve un ícono del sueño cumplido por sí misma, pero también se convierte en otra derrota para el periodismo deportivo ecuatoriano.

Así que, como sucedió con Richard Carapaz cuando ganó la medalla de oro olímpica —la presea más deseada por cualquier deportista en el mundo—, quedó en el país la sensación de que el campeón quiso decirnos "nadie se me sube a mi bicicleta", hoy también debemos advertir y frenar el oportunismo de las autoridades políticas y deportivas.

Si es así, dice Carlos Sinchiguano, tiene razón Carapaz cuando dijo, muy claro, que en el Ecuador no creyeron en él y nadie lo apoyó para llegar adonde llegó y que, por tanto, la medalla solo era suya.

Hoy, Neisi tendrá, en su momento de gloria personal y familiar, cuando sus humildes paisanos de la ciudad de Puyo la reciban luego de su regreso de Tokio, el mismo derecho de Carapaz a decir, a su manera, que nadie se suba a su podio dorado.

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