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21 de Octubre del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
21 de Octubre del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Ni nos inmutamos
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El lema de poder fue un país sin drogas, una escuela, una casa, un parque sin drogas. Y en este absurdo intento se invirtieron, no solo millones de dólares, sino también la ética nacional e institucional.

Sin los antiguos preámbulos, parecería que la presencia de las drogas ha adquirido en el país su carta de naturalización. Hasta hace poco, se perseguía con ahínco a los usadores callejeros y a los pequeños traficantes. Además, en los planes del gobierno se ofrecía un país libre de drogas, como si se estuviese hablando de la eliminación de una enfermedad infectocontagiosa a la que se la combate con antibióticos y vacunas.

Se quería un país libre de drogas, esas sustancias satanizadas y que conducen al infierno de la perdición a las nuevas generaciones. La lucha contra las drogas es mucho más importante que la eliminación de la desnutrición infantil y el analfabetismo.

No ha disminuido la atención a los pequeños traficantes, igualmente perseguidos. Son los que provocan los insulsos escándalos de los que se alimenta el poder para asegurar su sobrevivencia. El problema, el verdadero problema radica en la producción y en el gran tráfico de toneladas de sustancias que atraviesan el país para alimentar el consumo local y, sobre todo, para dirigirse a otros mundos. Porque, ante las drogas, la corrupción no constituye más que un pequeño desliz. Más aun, el tráfico de drogas forma parte de la corrupción en todos sus niveles.

Los poderes del Estado tenazmente se resistieron a escuchar las sensatas advertencias sobre las drogas y sus sentidos en la cultura. Por ello, al posesionarse, el actual presidente ofrecía un país sin drogas con la misma liviandad con la que ofrecía construir una casa comunal en cada barrio. O un puente en un camino vecinal. Se partió de las simples equidades escolares: la droga es el mal del mundo que es preciso eliminar a toda costa. Además, un mundo sin drogas es un mundo feliz, sin pobrezas, sin violencia, sin corrupción. Las drogas pervierten a las nuevas generaciones que ya están perdidas con solo probarlas. Los usos de drogas corroen los cimientos del Estado. Frente a ellas, no resta sino combatirlas hasta destruirlas de una ve por todas.

Con estas verdades al hombro, no hay nada más que hacer.

Eso no se dijo de la corrupción que, desde luego, no daña al país entero con su cuerpo en descomposición. En cambio se prometió terminar con la droga y con el último de los microtraficantes urbanos. Eso no se dijo de los corruptos. Un país libre de drogas suena mucho mejor y convence más que un país sin corruptos. El uso de drogas es peor que toda corrupción. A diario se reportan los gramos, kilos o toneladas de drogas incautadas. Nunca se dice cuántos millones se han recuperado de la corrupción.

El lema de poder fue un país sin drogas, una escuela, una casa, un parque sin drogas. Y en este absurdo intento se invirtieron, no solo millones de dólares, sino también la ética nacional e institucional.

Al uso de drogas se le colocó el sambenito de dodos los males personales y sociales. Los corruptos hacen ostentación de sus riquezas. Incluso cuando están presos.

Como si no se supiese que la lucha contra los microtraficante constituye una buena pantalla para hacerse de la vista gorda frente al macro tráfico internacional del que forma parte importante el país.

El lema de poder fue un país sin drogas, una escuela, una casa, un parque sin drogas. Y en este absurdo intento se invirtieron, no solo millones de dólares, sino también la ética nacional e institucional.

Los poderes políticos se hicieron los sordos para no escuchar a quienes se habían propuesto construir un discurso diferente. A quienes hablaban de los usos de drogas desde lo psíquico y social y no solo desde una moral absolutamente en quiebra del gobierno de turno. De hecho, el tema de los usos de las drogas, presentados como el sinónimo más claro y evidente de la perdición de las nuevas generaciones, fue utilizado para esconder la verdadera moral perversa de las autoridades que, mientras colocaban en el mismo platillo a los grandes traficantes, a los usadores y a los microtraficantes, se hacían de la vista gorda del gran tráfico internacional.

Un ejemplo paradigmático: la contratación de un célebre músico internacional para que de conciertos de piano en los colegios y que, entre pieza y pieza, diga algo sobre los usos de drogas. Un músico que ignoraba absolutamente lo que es la educación y la prevención, pero perfectamente consciente de que lo que hacía formaba parte de la corrupción política del gobierno. O cuando el hallazgo de toneladas de drogas en un cuartel no sirvió ni siquiera para rasgarse las vestiduras de la hipocresía.

¿Por qué el actual gobierno suprimió el Consep, la entidad política destinada al tema de las drogas y lo adscribió al ministerio de salud? ¡Como si los usos de drogas se agotasen en la salud! La primera ministra de salud, en una entrevista dio cuenta que sabía tanto de drogas como de física cuántica. Sin embargo, ella dirigía la política del gobierno sobre drogas. ¿Por qué el poder pondrá en manos de los que no saben temas cruciales para el país?

“Hoy como ayer, mañana como hoy. Y siempre igual”. Es probable que en esta cuarentena se hayan incrementado los usos ocasionales. Desde luego, nada de que escandalizarse. Sin embargo, nada se ha hecho para prevenirlo o, por lo menos, para decir algo de una realidad que no desaparecerá con las histriónicas amenazas del poder.

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