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26 de Julio del 2018
Ideas
Lectura: 4 minutos
26 de Julio del 2018
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Nicaragua: la perversión de la utopía
Al interior de Nicaragua muy pocos creen en el discurso oficial. Al contrario, la mayoría de ciudadanos desconfía de una dinastía corrupta y sanguinaria que no tiene reparos en ostentar su latrocinio. Indigna, por lo mismo, que afuera aún existan sectores autoproclamados de izquierda que sigan alcahueteando a la dictadura del matrimonio Ortega-Murillo.

No es fácil entender lo que ocurrió en Nicaragua. La Revolución Sandinista de 1979 abrió todas las expectativas posibles para la construcción de una sociedad democrática. Al menos, los fantasmas del autoritarismo parecían exorcizados para siempre.

El triunfo del sandinismo se dio en un momento crucial para la izquierda latinoamericana. El agotamiento del modelo cubano, reconocido años después por el propio Fidel Castro, exigía nuevos referentes políticos e ideológicos. La desbordante diversidad del proceso nicaragüense presagiaba opciones renovadas para la construcción del socialismo. La derrota de Somoza fue, además, un bálsamo para reponerse de tantas derrotas militares y electorales sucesivas.

El sandinismo marcó a toda una generación de esa izquierda. Representó la oportunidad de sacudirse de los anquilosados dogmas del marxismo de manual. Recuperar a una figura nacional como Sandino, reconocer el papel transformador de la Iglesia popular o colocar en el centro del debate la importancia de la democracia no fueron aportes menores. Al contrario, constituyeron un desafío para una renovación imprescindible.

En cierto sentido, el proceso nicaragüense fue un anticipo del posterior colapso de la Unión Soviética. La extrema rigidez del modelo soviético ya venía mostrando su incompatibilidad con sociedades que experimentaban cambios vertiginosos. Mucho más en América Latina, donde la irrupción de nuevos actores políticos colocaba en el centro de las luchas políticas a la diversidad cultural e ideológica.

Fue justamente esa diversidad lo que prometió un proceso de cambio asentado en la sociedad antes que en los aparatos políticos. Es cierto que la agresión de los “contras”, financiados por Estados Unidos, forzó a una concentración del poder por necesidades militares. Pero una vez finalizado el conflicto, las expectativas apuntaban a una recomposición del sandinismo desde las bases sociales.

No fue posible. La vieja lógica de los sistemas políticos cerrados se impuso. Los juegos electorales y los pactos de trastienda arrastraron a una parte del FSLM, que ya se había decantado por una estrategia absolutamente oportunista de política. La idea del cambio social fue sustituida por la perversa fórmula burocrática del control del gobierno. Todo adornado con una prolífica verborrea de izquierda. En el fondo, no se trató más que de un reparto de la riqueza nacional.

Al interior de Nicaragua muy pocos creen en el discurso oficial. Al contrario, la mayoría de ciudadanos desconfía de una dinastía corrupta y sanguinaria que no tiene reparos en ostentar su latrocinio. Indigna, por lo mismo, que afuera aún existan sectores autoproclamados de izquierda que sigan alcahueteando a la dictadura del matrimonio Ortega-Murillo.

Condenar al gobierno de Nicaragua no solo constituye un acto ético, de honestidad política y de profundo compromiso humano. Para la izquierda implica una responsabilidad ineludible. Volver a las antiguas prácticas del “encubrimiento estratégico de los errores”, donde no estaba permitida la autocrítica por razones supuestamente superiores y geopolíticas, sería, en este caso, una complicidad criminal. Ortega y Murillo no solo pervirtieron la utopía; hoy están asesinando a su pueblo.

[PANAL DE IDEAS]

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