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9 de Diciembre del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
9 de Diciembre del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los niños del suicidio
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Un niño autista es aquel que muy tempranamente, quizás ya a los primeros días de nacido, ha sido separado de esta relación significativamente y existencial entre la madre y su hijo. El autismo es lo que queda, el sobrante, de un filicidio no consumado.

El misterio nos convoca de manera irresistible pues nos remite a lo mítico de nuestros orígenes. A partir de ese momento, a nadie le es posible habitar el mundo de las certezas. Al contrario, la duda y la incertidumbre nos invadirán por siempre. Al mismo tiempo, ¿qué sería de cada uno de nosotros si se borrasen nuestras dudas e incertidumbres? Quedaríamos despojados de toda significación. Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecerlo.

Somos pura incertidumbre. Esa incertidumbre que se hace demasiado patética en esos niños y niñas que caminan al borde del precipicio de la muerte, al borde de los sinsentidos en los que han sido colocados por los otros, en particular por mamá o papá, por ambos a la vez, o por una sociedad especializad en construir discursos hueros y en lavarse las manos con muecas de divinidad. 

De suyo, ningún niño nace para inaugurar un mundo ya hecho y haciéndose a la vez desde series lingüísticas y metafóricas. También es cierto que para cada niño se inaugura necesariamente un nuevo mundo de significaciones construidos en los espacios familiares y sociales. Niños verdaderamente amados y respetados. Niños rechazados e incluso odiados. Aquellos que llegaron sin ser llamados y que, por ende, estorbaron a otros. 

Niños de las incertidumbres para quienes su existencia se sostiene en la duda. Como en aquellos casos en los que no aparece un papá que lo llame ni una mamá que le diga: mi hijo desde ternuras inequívocas.

Pero también hay algo importante e imposible de olvidar: sin incertidumbre no habría lugar para existencia alguna. Lo incierto y lo confuso hacen parte fundante de cada existencia. Lo fatal aparece cuando nadie se ofrece a responder oportuna y adecuadamente y desde la verdad a las incertidumbres de los niños. 

A nadie le es posible escapar de esta realidad pues se aferra a los lenguajes que dan cuenta de la inexplicable presencia del misterio en el corazón mismo de nuestra existencia. El misterio de verdad y el engaño.

es cierto que para cada niño se inaugura necesariamente un nuevo mundo de significaciones construidos en los espacios familiares y sociales. Niños verdaderamente amados y respetados. Niños rechazados e incluso odiados. Aquellos que llegaron sin ser llamados y que, por ende, estorbaron a otros.

Cada hijo es un decir, un conjunto inacabado de decires que se producen y reproducen en un proceso de metaforización ya iniciado antes de su nacimiento. Son los decires del deseo y del amor. ¿Cómo asegurar a cada hijo que ha llegado al mundo deseado y amado? Tan solo si eso es cierto, el hijo formará parte de un conjunto inacabado de decires que se producen en el campo del deseo. 

Eres mi hijo: primera enunciación construida desde el deseo y que lo permite enlazarse a todas las otras enunciaciones que vendrán a continuación. Una vez dicho mi hijo, de suyo ya no sería posible romper la relación con la madre. Entonces el vínculo madre-padre-hijo se constituirá en el fundamento de una experiencia imborrable. De suyo, ya no sería posible dejar de amar a ese hijo supuestamente construido en y desde el deseo. 

Un niño autista es aquel que muy tempranamente, quizás ya a los primeros días de nacido, ha sido separado de esta relación significativamente y existencial entre la madre y su hijo. El autismo es lo que queda, el sobrante, de un filicidio no consumado. 

Hay demasiados niños que nacen y viven en calidad de objetos no identificados. Tan solo aparentemente amados y deseados. Porque en realidad están en el mundo por un simple azar de la naturaleza pues desde el día de su concepción han sido destinados a la muerte. Una historia que se repite y a la que la sociedad no da la cara por cinismo o porque la dimensión de una muerte anunciada la abruma. 

¿Has visto ese tubo que sale de la pared y que hace la ducha? Pues yo ya comprobé que ese tubo es duro (resistente), y de ahí me voy a colgar para ahorcarme. Porque mi mamá es una cruela. Dice un niño. Y otro, que desde hace mucho tiempo se ha refugiado en la tristeza: Nadie sabe que ya llevé un banco a la terraza. Desde ahí me voy a tirar a la calle. 

La sociedad prefiere hacer mutis por el foro y declararse buena y hasta santa frente al sufrimiento de los niños. Y si no ve lo que en realidad acontece con muchos niños de la tristeza y la soledad es porque su hipocresía es más grande que sus responsabilidades.

¿Se acuerdan de El Principito? Sistemáticamente todos guardaron silencio sobre ese sabio y espectacular niño que, sin embargo, había sido abandonado por su mamá, su papá, por todos. Que vivía en la absoluta soledad y que buscó y preparó su muerte. Ningún niño quiere ser amado en tanto muerto. 

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