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12 de Noviembre del 2019
Ideas
Lectura: 8 minutos
12 de Noviembre del 2019
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

No al capitalismo fascista y sus negocios guerreristas
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Las legítimas protestas de los pueblos de América Latina intentan ser tomadas por las disputas geopolíticas de poderes articulados a pugnas de capitales de distintos orígenes: del eje occidental y del eje asiático; de origen legal e ilegal, cuyas fronteras además son absolutamente difusas.

En varios países de América latina, los pueblos se han levantado en contra de la violencia capitalista en sus dos versiones (neoliberalismo y progresismo), en contra del colonialismo (euro-norteamericano o ruso-chino), en contra del patriarcado-caudillista (de derecha o de izquierda). En este contexto de legítimas revueltas populares, la extrema derecha fascista enquistada en todas nuestras sociedades ha endurecido su discurso de odio racista, xenófobo, machista y religioso para instigar el odio dentro del corazón de nuestros pueblos. 

En el Ecuador, después del levantamiento de Octubre las élites blanqueadas del país emprendieron una cruzada de odio racista y clasista en contra de los pueblos originarios, los trabajadores, los estudiantes y los campesinos. En una evidente estrategia de deslegitimación quisieron mezclar la protesta de los sectores sociales populares con la agenda del progresismo correísta. Olvidaron intencionalmente que fueron estos mismos sectores sociales los que resistieron durante una década al mal gobierno correísta. Olvidaron que el Código Penal con el que ahora sancionan a los “vándalos”, fue construido por el gobierno de Correa para criminalizar la protesta social. Olvidaron que Correa uso las mismas estrategias discursivas, políticas y jurídicas que ahora ellos usan para perseguir la resistencia social. Y principalmente olvidaron que Correa trabajó para muchos poderosos grupos económicos, como los bancos, que hoy decidieron convertir a Correa en la imagen tergiversada de la protesta social que justifique su odio fascista. El corazón de la protesta en Ecuador es en contra del neoliberalismo extractivista, del caudillismo patriarcal, del colonialismo de pillaje de Moreno y sus cámaras y de Correa y sus grupos económicos.

El pueblo chileno se levantó en contra de casi cincuenta años de neoliberalismo; perversa política económica que fue ensayada por la dictadura de Pinochet y que continuó con todos los gobiernos democráticos de derecha, centro e izquierda. Los nefastos Chicago Boys, emisarios del neoliberalismo norteamericano de Reagan, hicieron de Chile su laboratorio económico para probar la peor versión del capitalismo, para experimentar cuánto una sociedad puede soportar semejante devastación económica, social, cultural y territorial. Un laboratorio gigantesco, con mucho de la barbarie  de los experimentos nazi-fascistas de la Segunda Guerra Mundial.

La respuesta del gobierno de Piñera no salió del patrón represivo instaurado por la dictadura y ejecutado por los carabineros, quizá la policía más violenta de América Latina. Al igual que en Ecuador, se acusó a los manifestantes de vándalos, insurgentes, terroristas, violentos, guerrilleros, de  antidemócratas, desestabilizadores, etc. etc. y se lanzó contra ellos toda la violencia de los aparatos represivos del Estado, con saldo de personas encarceladas, judicializadas, muertas, heridas y lesionadas de por vida por pérdida de ojos.

En Bolivia el pueblo se levanta en contra del caudillismo patriarcal de Evo Morales, para decir basta a la continuidad del  autoritarismo político y del extractivismo económico.

En Bolivia el pueblo se levanta en contra del caudillismo patriarcal de Evo Morales, para decir basta a la continuidad del autoritarismo político y del extractivismo económico. Para decir basta a la estafa del referéndum y al fraude electoral, y la derecha racista liderada por el caudillo Camacho intenta tomarse la lucha popular para imponer su proyecto fascista. Con un discurso de odio colonial instigan a quemar lo símbolos de los pueblos originarios, a atacar a quechuas y aymaras, sobre todo a mujeres, en una especie de revancha racista en contra de los pueblos originarios de  Bolivia. Con el racismo y la Biblia en la mano quieren  provocar un enfrentamiento entre los mestizos y los indígenas en una incitación a una guerra civil que puede desangrar al pueblo Boliviano.

De su parte, como bien dice María Galindo: “Evo Morales decidió exaltar las manifestaciones racistas para victimizarse y usarlas de forma perversa, al punto que los actos de racismo cometidos en el paro se convirtieron en parte de la propaganda gubernamental amplificando su discurso y convirtiendo el racismo en un acto eficiente para el propio gobierno. Dado que el movimiento de crítica fue y es exclusivamente urbano, el gobierno también exaltó las contradicciones urbano-rurales, como si el conflicto fuese entre unos y otros. La intención fue usar ambas contradicciones para descalificar las críticas y ganar tiempo. El costo social no les importó.”

En Colombia la guerra en contra del pueblo y sobre todo de los defensores de los territorios indígenas no ha parado. La firma del Acuerdo de la Paz sin la aplicación de las políticas que permitan reducir las brechas de desigualdad, sobre todo en el campo, y que garanticen el respeto de los territorios campesinos e indígenas, ha permitido la exacerbación de la violencia estatal, paramilitar y narcodelincuencial que garantiza los negocios del capital legal y sobre todo ilegal. El (narco) Estado a nombre de la política norteamericana de la  guerra en contra de las drogas mantiene un guerra perpetua en contra de los pueblos indígenas y campesinos dueños de los territorios que necesitan despojar para sus negocios extractivos legales e ilegales.

Las legítimas protestas de los pueblos de América Latina intentan ser tomadas por las  disputas geopolíticas de poderes articulados a pugnas de capitales de distintos orígenes: del eje occidental y del eje asiático; de origen legal e ilegal, cuyas fronteras además son absolutamente difusas. El conservador fascistoide presidente de Estados Unidos, en referencia a lo acontecido en Bolivia ya declaró: “Ahora estamos un paso más cerca de un hemisferio occidental completamente democrático, próspero y libre”. Libre para los negocios de los poderes económicos occidentales y básicamente norteamericanos, libre para reafirmar a América Latina como su patio trasero. De su parte, el gobierno de Putin señala que: “Una ola de violencia provocada por la oposición impidió a Evo Morales terminar su mandato presidencial”, declaración que invisibiliza la protesta autónoma del pueblo de Bolivia en contra del autoritarismo político de Morales. Una y otra declaración afirma una disputa, su disputa, donde los pueblos de América Latina parecen no tener  voz propia, proyecto político soberano por fuera de estos ejes de poder. 

Son estos conflictos mafiosos del poder capitalista, colonial y patriarcal los que promueven el odio fascista para provocar escenarios de guerra civil favorable a los negocios de saqueo de recursos, de tráfico armas, drogas, personas, órganos, etc. Son guerra patriarcales las que han provocado las mayores tragedias humanas de las últimas décadas, estoy refiriéndome a lo ocurrido en la ex Yugoslavia, en Afganistán, en Siria, en Irán, en Irak, en Libia, en Kurdistán, en Venezuela. Es conocido que son estas potencias capitalistas mafiosas las que promueven las guerras más brutales a las que hemos asistido en los últimos cincuenta años. 

Los pueblos de América Latina en la voz de las mujeres decimos: no dejaremos que el proyecto de guerra y de muerte devaste nuestro continente.

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No al capitalismo fascista y sus negocios guerreristas
 
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