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26 de Abril del 2021
Ideas
Lectura: 8 minutos
26 de Abril del 2021
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

No existe el lassismo
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Lasso debe convertirse en un presidente que sea recordado como el primero de tantos en reinstalar la confianza en la institucionalidad democrática, en extirpar el personalismo como forma de acción política, en inaugurar el debate de las ideas como vía para actuación pública, y en cultivar el civismo republicano como antídoto a los populismos que condenan a los países pobres a la profundización de sus inequidades.

Existe el correísmo. No existe el lassimo, al menos no todavía, y se espera que no exista nunca. Ojalá a partir del triunfo de la opción democrática en el balotaje de 2021 existan distintas formas de expresión de los nuevos liberalismos, conservadurismos y progresismos. Se espera que sean más incluyentes, democráticos y modernos. Ojalá existan debates sobre los sistemas de ideas y no sobre el culto y veneración a las personas. Eso fue en el pasado el alfarismo, el velasquismo o el roldosismo, y es actualmente el correísmo, un culto a la personalidad sin ningún sustento ideológico, programático o conceptual.

El personalismo político no es lo mismo que el personalismo filosófico. Este último enfatiza en la persona y en sus capacidades de relacionamiento social. Pero esa es otra historia. Según el personalismo político hay una transferencia en las capacidades políticas de los individuos a un ser superior que escoge los destinos colectivos en nombre de las personas. Por el personalismo se instala un gobierno disciplinario fundado en un liderazgo personal autoritario que admite toda forma de excesos del líder a causa de sus funciones casi místicas y sacerdotales. Por eso es necesario e incluso obligatorio venerar al líder y cultivar incondicionalmente un sentimiento de devoción a su personalidad porque es el símbolo de la unidad nacional. Esto es lo que representa en la práctica el liderazgo Hugo Chávez, Mao Tse-Tung, Vladimir Ilyich Lenin, Iósif Stalin o Adolfo Hitler.

Existe el correísmo porque hay adoradores del culto a su personalidad y porque Rafael Correa se cree un líder mesiánico. Basta con revisar sus sabatinas, sus intervenciones públicas, sus discursos de posesión presidencial o del Estado de la Nación y las tonterías que el Ministerio de Educación obliga todavía a los estudiantes de primaria y secundaria a estudiar sobre Correa y la revolución ciudadana. En lugar de enseñar ciencias y artes, les enseñan a nuestros jóvenes puros dogmas militantes.

Por eso debe denunciarse cualquier forma de adoración a Guillermo Lasso y descartar la posibilidad de erigir un lassismo. Lasso debe convertirse en un presidente que sea recordado como el primero de tantos en reinstalar la confianza en la institucionalidad democrática, en extirpar el personalismo como forma de acción política, en inaugurar el debate de las ideas como vía para actuación pública, y en cultivar el civismo republicano como antídoto a los populismos que condenan a los países pobres a la profundización de sus inequidades. 

Existe el correísmo, pero porque existen correistas. Pero esta no es una novedad ni una característica de unas pocas personas sin acceso a la educación. Existen generaciones enteras de intelectuales que creen religiosamente en que una persona o grupo de personas, con sus virtudes y defectos, están predestinadas para gobernar y que, por sus propios fueros personales, conseguirán democratizar las instituciones por causa de sus liderazgos descollantes. Esto es a lo que nos han encadenado los populismos violentos, a la polarización y al enfrentamiento entre ecuatorianos.

El correísmo no existe como ideología política. El correísmo es un dogma personalista porque se funda en la devoción al líder como símbolo de unidad nacional y como sujeto de la transferencia de las libertades personales. El mismo Rafael Correa ha dicho muchas veces que él mismo era el motivo de la unificación del país. Y así gobernó durante 10 años de abusos ininterrumpidos. Por eso se entiende que, durante su gobierno, la persona del presidente, la presidencia de la República, el gobierno, el partido del presidente, el Estado, la nación y la soberanía se hayan fusionado en la persona del jefe del Estado. El mismo Correa lo aseguró en varias sabatinas: yo soy el jefe de todo.

La gente con estas convicciones o trastornos debería tener negada la posibilidad de participar por un cargo representativo. Y los intelectuales que justifican y que siguen justificando estos dogmas deberían ser señalados con atención por la sociedad para estar advertidos de sus perversidades.

El correísmo no existe como ideología política. El correísmo es un dogma personalista porque se funda en la devoción al líder como símbolo de unidad nacional y como sujeto de la transferencia de las libertades personales.

Una ideología es una disciplina filosófica. Es el conjunto de ideas que caracterizan a un pensador o a un tipo de pensamiento, una escuela o movimiento cultural. Detrás del correísmo no hay nada más que una persona, no hay disciplina, ni filosofía, ni escuela, ni movimiento cultural. Entonces el correísmo no es una ideología, es uno más de los tipos de personalismos que han forzado a las sociedades pobres al enfrentamiento social, al atraso y a la indigencia ética. Un ejemplo de esto es lo que sucede en Venezuela, en Corea del Norte, en Bielorrusia, en Turquía o en muchos países más.

Por todas estas razones, el presidente Guillermo Lasso debe convencer a sus partidarios, militantes, simpatizantes, e incluso a sus fanáticos, a que renuncien a toda forma de adoración personalista y les encargue, como a la sociedad entera, a la elaboración de un pensamiento edificante, democrático, liberal, republicano, inclusivo, pacifista y modernizante. Desde entonces se empezará a dialogar en todas partes sobre cómo nos imaginamos una nueva política, una nueva sociedad y un nuevo Estado, al margen de las debilidades de las personas que nos gobiernan. Solo entonces podremos apuntar al humanismo o incluso a ideas más elevadas.

Si existe el correísmo como forma de interpretar la política podría resumirse en el conjunto de convicciones que defienden a un modelo de delincuencia organizada estatal. Nada más. Imagínese usted la vergüenza ajena que eso supondrá para quienes lean la Historia de nuestro país en algunas décadas.

No existe algo llamado como pensamiento anticorreista. Eso sería reducir a unas pocas personas las expectativas plurales de millones de votantes y demandas. No puede decirse que ganara el voto de rechazo a una persona como si no hubiera más entendimiento de la política que sobre las personas. Como siempre, ganó la apuesta de un pueblo plural, amplio, democrático por el cese de los dogmatismos personales y por la instalación de una verdadera república. Esa es la orden que se ha dado al nuevo gobierno y que los políticos deberán acatar con responsabilidad.

@ghidalgoandrade

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