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29 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
29 de Agosto del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

“No hay remedio para el hombre orgulloso”
El mayor pecado de Rafael Correa es su orgullo. Si fue a misa ayer, que casi siempre va, debe haber oído la lectura del libro del Eclesiástico “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad”.

Suele decir el mandatario, y lo repitió la semana pasada, que cuando él persigue a alguien que le ha contradicho lo hace porque está defendiendo su cargo. Muchas veces, para justificar esas bruscas reacciones suyas como bajarse del auto a enfrentar a un chico o a una mujer que supuestamente le hizo un mal gesto, ha hablado de la “majestad” del poder, que considera inherente a las funciones que desempeña. “Mientras yo sea presidente de la República haré respetar la majestad del cargo” ha dicho innumerables ocasiones, palabras más, palabras menos.

Si Correa realmente fuera un hombre dueño de sí mismo, con una personalidad equilibrada y en paz con el mundo, estas pequeñeces le resbalarían. Una de las primeras lecciones que aprendí de Rodrigo Borja, a quien acompañé como periodista y, luego, como amigo, desde antes de su campaña de 1984, es que cuando ––como es inevitable en nuestro país y diría en nuestro mundo––, uno percibe una mala seña o un insulto, se debe seguir incólume, sonriendo y saludando, porque la mayoría de las personas que le están viendo a uno le están aplaudiendo o se hallan indiferentes (y eso, sin contar con las cámaras de televisión que le están grabando), y descomponerse y reaccionar es darle una victoria muy barata al insultador.

Esta lección elemental de la política no la aprendió jamás Correa. Y, seguramente, no por falta de consejo, pues ya se lo habrán dicho, si es que hay alguien que se anima a hablarle con total confianza (me supongo que un Ricardo Patiño o un Vinicio Alvarado). Pero él no ha hecho caso y, sea quien sea el viandante que le grita o le hace un mal gesto, allí está furioso listo a enfrentarlo, rodeado de guardaespaldas, claro está (a los que también, a veces, ha mandado a detener al “irrespetuoso”).

Exactamente lo mismo le sucede con quienes cree que, por ser sus subordinados, deben pensar como él o al menos callarse y no contradecirle. Recordaba la semana pasada en esta columna la maldad que desplegó contra el Coronel Carrión, director del hospital de la Policía cuando los sucesos del 30-S, y lo hacía a propósito del nuevo empeño, digno de mejor causa, en que en estos días se halla, contra los militares que han manifestado su inconformidad sobre sus pretendidas reformas a la ley del Instituto de Seguridad Social de las Fuerzas Armadas (Issfa).

Correa se lo buscó al mandar una carta a los correos electrónicos personales. Un correo electrónico abre una vía de comunicación: el que lo manda está diciendo: “este es mi pensamiento y estoy a tu nivel; si quieres, contéstame”. Contestar es precisamente debatir, argumentar en contra. Y Correa se enoja por ello. Si no quería respuestas con pensamientos distintos al suyo, ¿por qué mandar un correo electrónico a la dirección personal y no seguir la cadena de mando?

Abrirse al diálogo es abrirse a la posibilidad de que el otro piense distinto. Y Correa jamás ha dialogado en serio con ningún sector que sea disidente. Desde el día de su posesión, el 10 de agosto de 2007, cuando acusó de infiltrados a sus partidarios del MPD que hacían bulla en el acto en la Mitad del Mundo, ya mostró la delicada piel que lo envuelve, producto de su orgullo: nada ni nadie puede contradecirle. O como cuando mandó sacando a Emilio Palacio de la sala en Carondelet donde hacía una rueda de prensa, porque le cuestionó a fondo; o cuando se refirió a una periodista de El Universo como “gordita horrorosa” porque le había hecho unas preguntas incómodas, y así por el estilo, decenas, cientos de casos. O, la mayor falta de diálogo que recordemos, cuando fue a meterse al cuartel del Regimiento Quito el 30-S, para tratar de imponer su criterio, ordenar a sus subalternos, acallar la protesta de la tropa con su prepotencia, desafiar a los policías, y dio lugar a lo que sucedió: a que le faltaran al respeto, le echaran gas y tuviera que refugiarse, medio asfixiado y, sobre todo, humillado, en el hospital aledaño. Con las consecuencias trágicas que todos conocemos.

Y eso es lo que no perdona Correa: que le humillen. Porque su orgullo, que en el fondo proviene de una inmensa falta de seguridad en sí mismo, requiere venganza. Exactamente el mismo mecanismo sicológico es el que se ha puesto en marcha en el interior de Correa respecto de los militares.
Esta semana, en una entrevista, se refirió a ellos no como personas sino como “charreteras” o “uniformes”, con un desprecio consciente y poco digno hacia quienes llevan, con legítimo orgullo, esas charreteras o uniformes. Y, ¡en la última sabatina!, la 490, volvió a referirse a su acción de protección (con la que ya consiguió su primer objetivo: que la juez deje en suspenso la resolución del Consejo de Disciplina Militar de la Armada que inadmitió el pedido de sanción contra el capitán Edwin Ortega por responder supuestamente de forma irrespetuosa al correo enviado por el mandatario).

De nuevo, Correa calificó a Ortega, de “malcriado” por haberle respondido y, como dice la nota de El Universo “recordó la sanción que el Ejército de Estados Unidos impuso a un marino por referirse de forma grosera al presidente Barack Obama en su cuenta de Facebook”. Pero Correa está del todo equivocado: los dos casos no son en absoluto comparables. La separación en 2012 de Gary Stein, un marine (que no es exactamente un marino), se debió a un conjunto de causas, como haber formado el “Partido del Té de las Fuerzas Armadas”, es decir haber adoptado una posición política contraria a la neutralidad que deben tener los militares; haber criticado que se sancione a los estadounidenses que quemaron el Corán en Afganistán; haber llamado, no una sino varias veces, a no seguir las órdenes de los superiores, además de las críticas a Obama y los montajes de imágenes de este como un burro (Es cuestión de leer el contenido y no solo el título de notas como esta de NBC News http://usnews.nbcnews.com/_news/2012/04/25/11394219-marine-who-criticize... ).

Según Correa, los miembros del consejo de disciplina que no aceptaron dar paso a la sanción a Ortega, “están negando la Constitución, están negando los fundamentos de la República... Vamos, pueblo ecuatoriano, todos juntos a rechazar esta antipatria, todos juntos, no lo vamos a permitir... Aquí está en juego nuestra democracia”. Otra vez la escalada: la asonada policial se convirtió, por obra y gracia de Correa, en un conflicto grave, con el presidente dizque secuestrado, lo que luego fue pintado por la maquinaria de propaganda del régimen, como un intento de golpe de Estado (y así lo hicieron creer al mundo). Ahora, por su narcisismo, Correa ya está convirtiendo esto en un asunto de vida o muerte, “de ser o no ser”, como dijo el sábado, “de la Patria nueva o seguir en la Patria vieja”, llamando, incluso, en su ofuscación, a rechazar el comportamiento militar “si es necesario” en las calles. Para él, saltándose todo procedimiento, la sentencia ya está dictada: “Estos soldados antipatriotas tendrán que salir de las Fuerzas Armadas y aquí yo me juego la vida”. Confundir la patria con su persona es otra costumbre de Correa.

¿A qué extremos quiere llegar? El orgullo herido es muy mal consejero y no debe ser el conductor de las acciones de una persona cualquiera, menos de un estadista. Como tal vez oyó el domingo en la primera lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte más pequeño cuanto más grande seas”. ¿La habrá escuchado? Eso mismo es lo que recomendaba el último versículo: “El hombre prudente medita en su corazón las sentencias de los otros, y su gran anhelo es saber escuchar”. De nuevo me pregunto ¿escuchará Correa alguna vez?

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