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21 de Marzo del 2017
Ideas
Lectura: 15 minutos
21 de Marzo del 2017
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

No puedo tragar tanto como quisiera vomitar
La histeria en las redes sociales, los mensajes de que hay que luchar, de que queremos un país libre, de que esta es la última oportunidad, no sirven sino, como bien dijo alguien, para reconfirmar a los ya confirmados. Pero Lasso no ganará si no hace un tremendo esfuerzo para llegar a los pobres y contrarrestar la inmensa y efectiva propaganda gubernamental que ha logrado sembrar miedo sobre su persona y su programa.

Este final del correato es un cúmulo tan grande de podredumbre y descomposición, que me provoca aplicar la tremenda frase de Max Liebermann: “No puedo tragar tanto como quisiera vomitar”.

La corrupción contamina todo con su fetidez, pero también despiden olores nauseabundos la mentira y los patéticos esfuerzos del Gobierno por desviar la atención sobre las porquerías que ha cometido.

Y, sin embargo, a pesar de ser tan decadente la putrefacción, de ser tan infectas las miasmas en que han chapoteado Correa y sus adláteres, las próximas elecciones no se van a definir por este factor ni por el ejemplo del descalabro económico de Venezuela ni por la persecución a los dirigentes populares ni por la mordaza puesta al periodismo ni por la falta de libertades, todos ellas realidades palpables para la clases medias y altas del país, sino por la apuesta que hagan los pobres del Ecuador sobre cuál de los dos finalistas va a darles más seguridad de supervivencia, en este momento de hambre, desempleo y falta de oportunidades.

Por eso es que la histeria en las redes sociales, los mensajes de que hay que luchar, de que queremos un país libre, de que esta es la última oportunidad, no sirven sino, como bien dijo alguien, para reconfirmar a los ya confirmados. Pero Lasso no ganará si no hace un tremendo esfuerzo para llegar a los pobres y contrarrestar la inmensa y efectiva propaganda gubernamental que ha logrado sembrar miedo sobre su persona y su programa.

Esa es la comprobación que hice en la reciente campaña electoral (Por cierto, dejé de escribir en Plan V el día que acepté la candidatura para encabezar la lista para asambleístas en la circunscripción centro-norte del Acuerdo Nacional por el Cambio, y hoy, cuando ya ha pasado un mes de esas votaciones, regreso, como quien regresa a su casa, por invitación de quienes hacen esta revista digital. Y lo hago descontento con los resultados pero contento con el esfuerzo desplegado y, sobre todo, agradecido con la cálida y generosa acogida de los pobladores de Quito).

Si me lo permiten, voy a tratar primero de la corrupción, que rebasa todo límite, y luego, de los otros factores que van a decidir esta elección.

El pantano de la corrupción  

Todos sospechaban de la corrupción de este Gobierno al ver los escandalosos precios de carreteras, hidroeléctricas, escuelas del milenio y edificios públicos de toda laya, y conocer, más o menos directamente, la manera irresponsable y cínica con que las autoridades procedían a las declaraciones de emergencia, la adjudicación de contratos a dedo, su fiscalización y la entrega-recepción de las obras.

Fueron las investigaciones de valientes periodistas y asambleístas las que empezaron a levantar el velo sobre los desaguisados. Pero el año pasado dos golpes contundentes venidos de fuera rompieron el caparazón de ocultamiento e hipocresía: los Papeles de Panamá, en abril, y la querella del Departamento de Justicia de EEUU, en diciembre.

Hechas públicas a partir del 3 de abril de 2016 por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, las filtraciones de los centenares de miles de documentos del estudio jurídico Mossack-Fonseca, conocidos como los Papeles de Panamá, demostraron la existencia secreta de empresas, activos, ganancias y evasión tributaria en ese y otros paraísos fiscales ligados a políticos, artistas y deportistas de muchos países, pero, en concreto, en el Ecuador a funcionarios del sector petrolero.

Así, el correato no pudo tapar más la podredumbre de Petroecuador, y aconsejó a quien era su ministro y uno de los jefes de la banda de forajidos, Carlos Pareja Yanuzzelli, que pusiera pies en polvorosa. A partir de allí se han desatado otros escándalos que tuvieron su más esperpéntico episodio en el descubrimiento de los fajos de billetes escondidos en los cielorrasos de la residencia de Marco Calvopiña, quien fuera gerente de la empresa estatal de 2011 a 2015.

A su vez, el 21 de diciembre pasado, el Departamento de Justicia de EEUU presentó una demanda ante una Corte de Nueva York contra las compañías Odebrecht, Petrobrás y Braskem (esta última, filial de las otras dos). Las acusan, así como a varios de sus altos funcionarios (identificados en la demanda solo con letras y números), de haber utilizado los bancos de ese país para pagar sobornos por unos 788 millones de dólares a funcionarios de doce países, entre ellos el Ecuador.

Como producto de las investigaciones conjuntas de Brasil, EEUU y Suiza sobre las ramificaciones internacionales del sistema de sobornos develado por la “Operación Lava Jato”, la demanda establece que “durante o entre 2001 y 2016, Odebrecht, junto a sus cómplices, consciente y deliberadamente conspiró y acordó con otros proveer corruptamente cientos de millones de dólares en pagos y otros objetos de valor a y para el beneficio de funcionarios oficiales extranjeros, partidos políticos extranjeros, miembros de partidos políticos extranjeros y candidatos políticos extranjeros para asegurar una indebida ventaja e influenciar [a esos funcionarios, partidos y candidatos] para obtener y retener negocios en varios países alrededor del mundo”.

Esos pagos generaron a Odebrecht y a sus asociados ganancias por más de 3.000 millones de dólares. La demanda detalla el monto y período de las coimas en cada país: en el Ecuador fueron 33,5 millones de dólares entre 2007 y 2016 para obtener beneficios por más de $ 116 millones, y se entregaron, específicamente, así lo dice la demanda, a quien tenía el poder de destrabar los contratos sobre los que Odebrecht estaba teniendo dificultades. Se necesita ser ciego para no ver la referencia a la expulsión y regreso de Odebrecht tras las fallas en la central San Francisco.

Estos destapes de la corrupción no han provocado en el Ecuador investigaciones serias y acuciosas de la Fiscalía y la Contraloría, como habría sido lo decente, ético y republicano. ¿Por qué en otros países, como Colombia, Perú, Panamá, República Dominicana, ya hay personas indiciadas, investigadas, presas e, incluso, en alguno se ha llegado a acuerdos sobre las indemnizaciones que pagará Odebrecht por haber sobornado a funcionarios públicos? La respuesta está en que en esos países hay independencia judicial y han tenido desde hace meses fiscales y policías en Sao Paulo, sede de la principal de las investigaciones, y por ello conocen nombres, fechas y detalles.

El Gobierno y la justicia ecuatoriana actuaron como si la cosa no fuera con ellos, y solo se dieron por enterados el 21 de diciembre, tras la demanda interpuesta por el Departamento de Justicia estadounidense, cuando ya no pudo ocultarse a los ojos del mundo que también aquí había operado el sistema de sobornos. Pero a partir de entonces ha sido tan parsimoniosa su actuación que aún no sabe nada e, inclusive, ha llegado a la indignidad de devolver “por falta de traductores del portugués” la documentación llegada del Estado de Pará (al que se llama “República de Pará”, otra muestra de la ineptitud y desinterés con que se actúa).

Para más vergüenza del actual Gobierno, dos de los forajidos fugados, Carlos Pareja Yanuzzelli y Pedro Delgado ––pariente de Correa este último y envuelto en varios escándalos como el regalo de US$ 800.000 a Gastón Duzac y la utilización fraudulenta de título profesional––, han hecho declaraciones en las últimas semanas a través de cortos videos en los que precisan detalles de la espantosa corrupción del Gobierno.

La parálisis de la justicia, nacida del control total que Correa detenta sobre ella y las demás funciones del Estado, no ha impedido que, con la diabólica habilidad que tiene su aparato de propaganda, se haya minimizado el golpe, y desviado la atención de la población con un cúmulo de otros temas y acusaciones contra otras personas.

Se debe también, hay que reconocerlo, a otro factor, y es la ausencia de nombres, que el Ecuador ausente de las investigaciones en Sao Paulo no ha querido conocer, y que no serán revelados hasta mayo por el pacto al que llegó la justicia de Brasil, EEUU y Suiza: mantener por seis meses de secreto de sumario mientras se investiga lo que en Brasil se llamó “la delación del fin del mundo”, cuando Marcelo Odebrecht y 77 funcionarios de esa compañía cantaron como Gardel todo lo que sabían a cambio de reducción de penas. El propio Odebrecht espera que, tras estas delaciones y la promesa de que su empresa tendrá prácticas éticas y transparentes en el futuro, su condena a 19 años de prisión (por crímenes de corrupción pasiva, asociación criminal y lavado de dinero), le sea reducida a 10 años, de los cuales dos serían en prisión y ocho en arresto domiciliario.

Con la audacia que le caracteriza, nacida de la vanidad y la impunidad, Correa ha atacado y descalificado con las acusaciones más burdas a quienes él mismo nombró y hasta la víspera de su fuga alababa como funcionarios honestos. Como sucede en las mafias, la única forma de conocer los crímenes es cuando alguno empieza a cantar: Capaya y el primo dan detalles, nombres, sitios en que se entregaban maletines de dinero. Pero sin una justicia independiente jamás se logrará penetrar en el entramado de coimas, sobornos, comisiones, regalos, prebendas con que se han feriado el país.
Ante esa podredumbre es que he tomado prestada la frase “no puedo tragar tanto como quisiera vomitar”.

Quien la pronunció fue un pintor judío alemán, descendiente de una familia muy acomodada, que en 1933 renunció a la presidencia de la Academia Prusiana de Artes cuando Hitler llegó a ser canciller del Reich. Liebermann la dijo, según Günter Grass (en “Mi siglo”), cuando vio una de las manifestaciones de antorchas organizadas por el nazismo. En cierto sentido, puede decirse que tuvo la suerte de morirse en su casa en febrero de 1935, a los 87 años de edad, pues no le tocó experimentar la prostitución de artistas e intelectuales al servicio del nazismo y, sobre todo, las leyes racistas que desataron la persecución contra los judíos a partir de septiembre de ese mismo año.

Y sin embargo…

A pesar de lo monumental de la corrupción, este tema no va a ser el decisorio para las elecciones de la segunda vuelta. Aunque ciertas encuestas digan que ha subido como tema de preocupación de los ciudadanos, la gran masa de votantes está inmersa en una situación tal que no tiene tiempo ni ganas para ocuparse de ella. Cientos de miles de familias ecuatorianas tienen frente a sí un problema mucho más grave: su propia supervivencia.

Esa es la conclusión contundente que saqué de la campaña electoral: en Quito, y por ende en el país, hay una pobreza gigantesca; una necesidad desesperada de empleo, un ansia por conservar aquellos factores que permiten elevarse de la mera supervivencia.

Paradójicamente esta es la condena más grande para Correa y para Alianza País: tras ser el Gobierno con los mayores ingresos de la historia del Ecuador, no fueron capaces de cambiar al país. La reducción de la pobreza entre 2007 y 2016, de cuyas cifras se ufanan, es, para su vergüenza, menor que la reducción de la pobreza obtenida entre 2000 y 2007. Lo que han logrado, apenas, es aliviar, con medidas puntuales, paternalistas y clientelares, esa pobreza.

Pero es allí, en esa pobreza, donde afincan su fuerza. En el baratillo irresponsable de ofertas, inscriben a la gente para la casa gratis, para los empleos que darán, para el Plan Ternura y los bonos de esto y aquello. Pero, sobre todo, se afincan en el miedo a Lasso y a sus propuestas, que ha quedado en la gente desde la campaña anterior cuando ya se le vinculó al feriado bancario y que se ha recrudecido en esta: miedo a que Lasso les quite el bono y el desayuno escolar y los útiles y los uniformes gratis. Un miedo cerval que anida entre los pobres, porque temen perder lo único que tienen.

No ven más allá: no se dan cuenta que es el propio correato el que les ha mantenido en esa situación, despilfarrando millones y permitiendo que los grupos monopólicos ganen en esta década más, mucho más que nunca en su historia. No se dan cuenta que lo que reciben son dádivas, mientras Correa ha ahuyentado la inversión y ha destruido empleos, esos empleos que tanto necesitan. Pero temen, y la campaña sucia lo refuerza, que Lasso les quitará el bono, y les cobrará por la salud y la educación. Una campaña sucia que se despliega en redes sociales, que tiene un sitio web www.esteeslasso.com y que abarca avisos en Internet, como este que me salió el fin de semana mientras leía The New Yorker:
      
Miedo es lo que meten, porque Alvarado y el equipo goebeliano saben, como el nazismo, que el miedo es más fuerte que la esperanza. Y que Lasso no ha sido capaz de plantear a los pobres una verdadera salida, pues su mensaje es para la clase alta y la clase media, y no penetra en los pobres. Ese es el desafío para el que le quedan escasos días.

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