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17 de Diciembre del 2018
Ideas
Lectura: 5 minutos
17 de Diciembre del 2018
Luis Córdova-Alarcón

Coordinador del programa de Investigación, Orden, Conflicto y Violencia de la Universidad Central del Ecuador.

No vivimos una «nueva guerra fría»
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El retorno de China a la palestra mundial como potencia económica y tecnológica no es una novedad histórica. Lo que constituye una novedad es su protagonismo político que, en un mundo globalizado, impacta a todos, pero no de igual manera. Esto incomoda a las élites neoconservadoras de EE.UU. que se creen predestinadas a dominar la Tierra.

El advenimiento de una «nueva guerra fría» entre China y EE.UU. o entre Rusia y EE.UU. se ha vuelto moneda común entre analistas de política internacional. Que esta sea la clave interpretativa para leer la realidad desde las potencias involucradas es comprensible. A ellas les resultaría cómodo retornar a un orden internacional como el de la «Guerra Fría», con zonas de influencia delimitadas y un control político, económico y social pleno. Pero que esta etiqueta («nueva guerra fría») sea utilizada también por analistas que intentan pensar la realidad internacional desde el «Sur Global» resulta inquietante. Por lo tanto, propongo una mirada de largo plazo para mostrar que tal etiqueta encierra un argumento baladí.

La «Guerra Fría» fue un orden internacional pactado entre EE.UU. y la extinta URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Así lo evidencia con múltiples pruebas documentales el historiador catalán Josep Fontana en dos soberbias obras: Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011) y El siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914 (2017). En sus palabras: «el objetivo fundamental de la guerra fría fue en realidad, por una y otra parte, el de asegurar y extender a escala mundial un determinado orden político, económico y social, disfrazándolo como un combate entre `el mundo libre´ y el `socialismo´». La confrontación de estos relatos políticos (“el mundo libre” y el “socialismo”) fue el dispositivo ideológico que generó un efecto candado en el resto del mundo.

Pero la caída del «Muro de Berlín» (1989) y la primera «Guerra del Golfo» (1991) anunciaban un mundo unipolar en el que EE.UU. parecía enseñorearse en todo el orbe. En septiembre de 2000 se publicó un estudio titulado Rebuilding America´s Defenses: Strategy, Forces and Resources for a New Century, en el que se trazaban las líneas estratégicas para asegurar la supremacía estadounidense en el siglo XXI. En él ya se anunciaba que el foco de competición geopolítica se situaba en el Asia y por eso se requería mayor presencia militar en el Golfo Pérsico. Con los atentados del 11 de septiembre de 2001 nació un nuevo «enemigo global», coincidentemente, en el mismo teatro de operaciones que tanto interesaba a los halcones de Washington: el terrorismo árabe-musulmán. Dos años más tarde (en mayo de 2003) se invadió Irak.

La narrativa política que se posicionó durante el gobierno de George W. Bush (2001–2009) hablaba de una lucha entre `el mundo libre´ y el `terrorismo árabe-musulmán´. Pero duró poco. La crisis financiera de 2008 desnudó la «economía de casino» que habían construido los arquitectos del neoliberalismo. Barack Obama (2009–2017) optó por una política exterior multilateral que reposicione el «liderazgo» norteamericano, pero no fue suficiente. La historia siguió su curso y la ilusión de un «mundo unipolar» se hizo trizas.

El retorno de China a la palestra mundial como potencia económica y tecnológica no es una novedad histórica. Lo que constituye una novedad es su protagonismo político que, en un mundo globalizado, impacta a todos, pero no de igual manera. Esto incomoda a las élites neoconservadoras de EE.UU. que se creen predestinadas a dominar la Tierra. Por eso la emergencia de un relato antagónico como el de la «nueva guerra fría» es muy conveniente para sus intereses. A este relato le subyace una idea-fuerza: la lucha entre `el mundo libre´ –encarnado por EE.UU.– y el `totalitarismo´ –representado por China y Rusia, según amerite la situación–.

Esta búsqueda cíclica de «enemigos globales» (antes el `socialismo´, luego el `terrorismo árabe-musulmán´ y hoy `China/Rusia´) es una táctica ideológica que sirve para tejer alianzas y aplazar los efectos de una crisis económica sistémica. Crisis de la que ni Rusia ni China están exentas y a la que, por el contrario, contribuyen siguiendo las mismas lógicas económicas que aprendieron del `mundo libre´. Pero con frecuencia se olvida que el orden internacional de la «Guerra Fría» fue eficiente porque confrontaba dos relatos políticos verosímiles. Hoy, el mundo carece de ellos y no se avizoran otros que puedan reemplazarlos en su función de trazar amplios horizontes de acción colectiva.

Lo que está en marcha es la configuración de un nuevo orden (político) internacional –un mundo post-Occidental–; no necesariamente de un nuevo orden económico y social –post-capitalismta–. El primero constituye un cambio en el sistema internacional, el otro constituye un cambio del sistema internacional. ¿Qué tipo de cambio interesa promover al «Sur Global» en el que se inscribe América Latina? Esta es una pregunta que vale la pena responder antes de utilizar la etiqueta de «nueva guerra fría» para describir el mundo en que vivimos.

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