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22 de Abril del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
22 de Abril del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

“Non fuyades, cobardes y viles criaturas”
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Dos años sin Correa no son suficientes para desmantelar una cultura política y jurídica enraizada en el mal. Desde luego que no se requerirá la eternidad de una década.

Se trata de Don Quijote que, en su esotérico delirio, confunde al rebaño de ovejas con un furibundo ejército de enemigos al que, lanza en ristre, vence provocando su huida. No, aquí se trata de antiguos y fieles amigos del economista Rafael Correa al que sirvieron incondicional y perversamente a lo largo de la gran década en la que ganaron como nunca más les acontecerá en la vida. 

Se trata de la duplicación mágica y perversa de la mano izquierda y de la derecha, del corazón y del pensamiento de Rafael Correa, el gran dueño del país a lo largo de una deslumbrante década en la que enriquecerse lo más posible constituyó la gran consigna. El gran pastor de la corrupción. 

Para ellos el Estado fue una suerte de inmensa mina que tenían que explotar de la manera más rápida y eficiente para enriquecerse y, al mismo tiempo, para desde ahí, dominar y humillar. No solo se enriquecieron con dineros mal habidos y tomados a manos llenas del erario nacional. También se convirtieron en infinitamente ricos con la lujuria del poder que los llevó a perseguir, deshonrar y hasta a asesinar a supuestos enemigos. 

Comieron a dos carrillos del fruto mal habido y se convirtieron en lo más pérfido que ha producido el país a lo largo de su historia política. Patiño habla como si la nación no tuviese memoria y se hubiese olvidado de todas las infamias lideradas por un Patiño que se inauguró con bombos y platillos en los pativideos. Se ha olvidado que entonces tasaba el bien y el mal para enriquecerse aprovechándose del poder del mercado. Para lo que acontecería después, en los siguientes y casi infinitos 10 años, esos 50 millones no constituirían más que un pequeño aperitivo. 

No solo se enriquecieron con dineros mal habidos y tomados a manos llenas del erario nacional. También se convirtieron en infinitamente ricos con la lujuria del poder que los llevó a perseguir, deshonrar y hasta a asesinar a supuestos enemigos.

Patiño se ha convencido de que el país es absolutamente amnésico y que se ha olvidado de cómo él mismo tasaba el bien y el mal para enriquecerse con sus compinches. Desde su santa honradez hablaba de asustar al mercado para ganar la ciertamente puchuela de cincuenta millones que serían luego repartidos entre sus compinches. 

Parecería que a él la pérdida del poder lo ha vuelto perversamente amnésico. Ya no recuerda nada, ni de la desaparición del autor de los videos y de su esposa. Ni de los comentarios de la entonces embajadora de los Estados Unidos en Quito. Pobre, tampoco recuerda que reunió a su gente, solo hace unos días, para arengarles y unirlos en la lucha en contra de los poderes estatuidos que deberán ser reemplazados por el único sabio y santo político que ha tenido el país: Rafael Correa, el de las manos limpias y el de los corazones ardientes y que supo sabiamente asegurar un buen retiro de todos los suyos.

Patiño, igual que muchos otros que fueron actores fundamentales en la década ganada, ha terminado convenciéndose de que la honradez, la honorabilidad y la justicia constituyen bienes que se adquieren por decreto o con la simple charlatanería.

Patiño ya huyó del país en el momento preciso en el que la justicia lo requería. ¿Será cierto que nuestra justicia sigue con los ojos vendados y que camina con muletas porque aun tiene muchísimo de un correato perverso del que nadie lo despoja? Entre amigos, es bien visto y caballeroso dar el tiempo suficiente para que esa clase de inocentes no sufra el oprobio de sentarse en el banquillo de los acusados y dar la cara la justicia.

Claro que sí. Dos años sin Correa no son suficientes para desmantelar una cultura política y jurídica enraizada en el mal. Desde luego que no se requerirá la eternidad de una década. Pero sí una política central que con suficiente solidez ética y con verdades sólidas no deje de dar la cara al mal, denunciándolo y combatiéndolo. 

La corrupción y la perfidia no son entes de razón. Ciertamente son ideas pero, antes que nada, son ciudadanos de carne y hueso que las personifican y las siembran a granel en un país lleno de ingenuos. Frente a ello, aun se hace poco en el país porque todavía existe demasiada ambivalencia producida también en los mitos de origen del actual gobierno. 

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