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16 de Abril del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
16 de Abril del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Notre Dame de París
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Notre Dame pertenece, pues, a la historia de la estética cristiana y también a la historia del dominio cristiano en Occidente. Esto la convirtió en un monumento al que no se podía dejar de visitar una y otra vez.

¿Cómo no sentir un inmenso dolor al contemplar cómo Notre Dame se consume en su propio fuego, ese monstruo que no respeta nada y que a lo largo de la historia se ha alimentado con monumentos construidos por infinidad de culturas? Cuántos millones de visitantes de todo el mundo fueron a París para contemplar ese testimonio de la fe en una religión, expresión paradigmática del arte de su tiempo y del boato religioso que caracterizó al cristianismo atrapado en las ventajas y placeres que surgen de las creencias devenidas poder y alejado del sentido de lo verdaderamente religioso.

Con el siglo XX, aceleradamente el mundo se torna cada vez más civil y humano, por ende, menos religioso. Occidente ya no busca a un dios para explicar las realidades humanas, como la crueldad infinita de la Primera Guerra Mundial y el holocausto abominable de la Segunda. Las dos guerras permitieron que aparezcan de cuerpo entero la infamia y la crueldad sin nombre expresadas en el Holocausto. Sin embargo, los ejércitos de los unos y de los otros respetaron la catedral de Colonia y Notre Dame. Desde luego, no por razones religiosas sino puramente históricas y estéticas.  

Notre Dame pertenece, pues, a la historia de la estética cristiana y también a la historia del dominio cristiano en Occidente. Esto la convirtió en un monumento al que no se podía dejar de visitar una y otra vez.

Notre Dame pertenece, pues, a la historia de la estética cristiana y también a la historia del dominio cristiano en Occidente. Esto la convirtió en un monumento al que no se podía dejar de visitar una y otra vez. Desde dentro, para contemplar el arte de ese cuerpo ojival que por sí solo se introducía en el interior del visitante para elevarlo y hacerlo inconmensurable y hasta trascendente. Y desde fuera para hacer de París una ciudad que piensa, siente y vive más allá de sí misma. 

La Torre Eiffel hace alarde del vértigo profano. Notre Dame es una saeta que nos arrastra al infinito. Es la dama eterna de todas las sublimaciones y de los goces estéticos. Ejemplo paradigmático de la cultura que se eleva sobre sí misma y que se trasciende más allá de cualquier fe y de todo dogma. La ojiva es exaltación e invitación a lo infinito de lo desconocido. En la nave central hay una fuerza que te eleva a algún lugar del que ya no se puede escapar. Quizás se trate de ese punto en el que nos es posible hallamos con nuestra propia identidad. 

Es cierto que se trata de una iglesia cristiana. Sin embargo, Notre Dame no apunta necesariamente a la fe sino a la estética  que constituye el alma verdadera de todo sujeto. Nuestra Dama Sagrada que nos permite ir un poco más allá de nosotros mismos. Nos invita a abandonar por un momento la ruda lucha de lo cotidiano para mirarnos y contemplar nuestro mundo con ojos benignos.

A diferencia de otras iglesias, en Notre Dame no se experimenta la invitación a sumisión alguna. Tampoco nos insinúa la rebeldía que suponga la negación del otro. Notre Dame es la libertad, es decir, reconocimiento de nuestra capacidad de elegir entre bienes, entre permanecer atado a lo soso de lo cotidiano o buscar un más allá en el que se halla la libertad. Esa libertad que no es otra cosa que la capacidad de elegir nuestras propias dependencias.

No ha sido un terremoto lo que ha destruido Notre Dame, sino el fuego: elemento de la vida y también de la muerte. Aquello que es capaz de purificar, exaltar y consumir. Nos hicimos humanos cuando inventamos el fuego: entonces pasamos de lo crudo a lo cocido, de la tibieza informe de lo cotidiano a la pasión de la creación. El fuego nos hizo dioses. 

Notre Dame de París. No se necesitarán decenas de años para su recuperación. París, Europa, Naciones Unidas, todos acudirán para restituirla, para que en poco tiempo su vientre vuelva a llenarse de visitantes de todo el mundo, mientras las agujas de sus torres apunten al mundo infinito de lo aun desconocido. 

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