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27 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
27 de Abril del 2016
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

Nuestra revolución
El presidente no entiende que la sociedad civil autónoma y sin partido político exige al presidente bajar el tono de su indolencia y de sus burlas, le reclama tirar a la basura su show semanal televisado y radio difundido destinado a insultar a todo ecuatoriano que se muestre crítico con su gobierno y a gastar dinero público en aquella extravagancia en donde él mismo narra lo que comió “su majestad” en sus recorridos o cuál es su interpretación de las noticias que cuentan algo sobre su gobierno.

“No nos quitaran nuestra revolución” dijo el presidente Rafael Correa en su enlace sabatino del 23 de abril de 2016, el primero después de la tragedia. Lo dijo después de prometer que lo clausuraría si la oposición legislativa votaba a favor de su paquete de reformas tributarias. Vaya chantaje.

Pero esta vez lo dijo con un tono especial. Desaforado, desencajado y apasionado. Dando la sensación de que si le quitan su tarima le quitan su vida. No nos quitaran nuestra revolución, nuestra alegría, nuestro canto a la vida, decía.

Esta vez ya no hablaba a la gente. Ya no había aplausos ni grandilocuencia. Estaba él, solo, frente a la cámara, o ¿frente a un espejo?

Es como si se estuviera mirando a sí mismo. Él es el pueblo, él es la encarnación del pueblo, él es el héroe de la patria. Su voz retumba en todos los rincones de su ser, pero esta vez nadie le responde, nadie le aplaude, ya no hay más público, más espectáculo, más artistas. Está él solo, hablándose a sí mismo y a su propio ego.

“No nos quitaran nuestra revolución”, insistía.

Decía esto en respuesta a la demanda masiva de la sociedad civil en las redes sociales sobre la eliminación de las sabatinas que le representa al Estado una erogación de más de un millón y medio de dólares en lo que resta de gobierno y más de 14 millones de dólares durante todos los nueve años de gobierno correísta.

Dijo también que la solicitud fue planteada por la oposición. Fue a la zona del desastre, miro la desolación y gritó a quien pudo. No entendió nada de la tragedia. Tampoco entendió que su oposición plagió esta demanda ciudadana. Que la sociedad civil autónoma y sin partido político exige al presidente bajar el tono de su indolencia y de sus burlas, le reclama tirar a la basura su show semanal televisado y radio difundido destinado a insultar a todo ecuatoriano que se muestre crítico con su gobierno y a gastar dinero público en aquella extravagancia en donde él mismo narra lo que comió “su majestad” en sus recorridos o cuál es su interpretación de las noticias que cuentan algo sobre su gobierno.

Cualquiera podría pasar por la guillotina de las sabatinas. No está dirigida solamente para las grandes cadenas empresariales de noticias, sino también para los ciudadanos comunes que no tienen un emporio comunicacional para defenderse. Desde esa tarima, pagada con dinero de todos, ha insultado a amas de casa, estudiantes de toda edad, dirigente sociales, maestros, profesionales, artistas, escritores, apenas por el pecado de criticarlo, de rechazarlo, de ningunearlo desafiando su autoridad.

Él ha dicho que este es un ejercicio “sagrado” del pueblo para responder a sus enemigos atrincherados en la prensa comercial, para responder a sus mentiras. Desde entonces se creó la falsa ilusión entre sus fanáticos de que la prensa siempre miente, que la persona del presidente es la personificación de la verdad y del pueblo o que sus insultos en contra de sus críticos son una necesidad sagrada de purificar los males de una sociedad dividida entre buenos y malos.

Dice que las sabatinas son un gasto necesario y que el gobierno tiene derecho a hacerse propaganda aun en la crisis. Que la disminución de sueldos y los pírricos recortes del año pasado son suficientes. Entonces todos sus fanáticos repiten lo mismo. Y así cierran el debate sobre las sabatinas. Las habrá y punto.

Ahora más que nunca se ve un presidente enfermo por el poder. Como a un trastornado, dependiente de un psicotrópico, sintiéndose amenazado de abstenerse de su consumo. Se lo ve al presidente exasperado, defendiendo su tarima y justificando su desesperación por consumir aplausos, aceptación y adulos, por consumir la droga del poder.

Que no le quiten su revolución, se le oye decir. Que no se la quiten porque se muere.

A este señor hay que desintoxicarlo inmediatamente. Hay que desintoxicarlo del veneno de su propio ego; de los adulos, los alaridos de sus fanáticos y de las lisonjas de sus cercanos. Hay que desintoxicarlo porque es un adicto a las muchedumbres de clientes, burócratas y otros pagados. Tal vez él no lo sabe pero la gente que llena la plaza no es gente que quiera verlo. Apoyan un estado de cosas en donde ellos son favorecidos de alguna forma, con un contrato, un cargo público o una prebenda. Qué triste es ver la democracia de esta forma, como un mercado de intercambio de bienes clientelares, como un mercado de conciencias.

Que no le quiten su revolución. Léase, que no le quiten su tarima, sus aplausos, sus lisonjas, porque se muere. Que no le quiten sus sabatinas porque él es adicto a ser aceptado, aunque sea a la fuerza.

@ghidalgoandrade

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