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5 de Noviembre del 2019
Ideas
Lectura: 9 minutos
5 de Noviembre del 2019
Gabriela Eljuri Jaramillo

Antropóloga, Doctoranda en Sociedad y Cultura por la Universidad de Barcelona. Magister en Estudios de la Cultura. Docente universitaria.

Octubre: entre la ciudad asaltada, la ciudad patrimonio y la ciudad festiva
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Días después, el sábado 19, con mis estudiantes de maestría, recorrimos los espacios del Centro Histórico que habían sido testigos de la huelga y, allí estaba la ciudad; no la ciudad destruida, asaltada y humillada que se nos había dicho; la misma ciudad, los mismos usuarios, las mismas luchas, las mismas contradicciones, los mismos y nuevos silencios

La tarde del 10 de octubre, habiendo participado otro día en las marchas contra las medidas económicas anunciadas por el Gobierno, caminaba por la Avenida 12 de Abril, continua al Río Tomebamba de Cuenca. Las protestas sociales seguían en diferentes ciudades, mientras los indígenas mantenían paralizadas las carreteras y se habían tomado la capital del país. Por varios días, en el Centro Histórico habíamos visto enfrentamientos, represión de la policía, dolor e indignación de los manifestantes. 

Al caminar, miraba El Barranco, hito de Cuenca que divide a las dos ciudades, la antigua y la moderna. Allí estaba el mismo río con otras aguas. Arriba, en el centro, había cantos y gritos, pancartas y heridos, asfixiados por los gases, policías -que también son pueblo-, luchando contra el pueblo. Abajo, restaurantes llenos, tráfico más o menos regular, una que otra persona ejercitando su cuerpo. De un lado, la guerra; del otro, la incomprensión, la comodidad o la indiferencia. En ese caminar, pensé en el río, en ese margen, ese límite que es el límite de la propia vida, de moverse entre dos mundos, siempre en los espacios liminales, en el filo. 

El domingo 13, previo al diálogo entre el Gobierno y los líderes indígenas, con un grupo de mujeres hicimos un acto simbólico en Las Escalinatas, junto al río; y allí, entre los dos mundos, mundos de realidades diferentes, saludamos con amigos: unos, vestidos de negro, subían; otros, de blanco, bajaban; los unos con sal y bicarbonato, prevenidos contra el abusivo ataque de gases lacrimógenos; los otros, protegidos por la policía y acompañados por algunas autoridades; los unos con la consigna de justicia, los otros con la de paz. Nosotras, que podíamos estar en cualquiera de esos dos mundos, estábamos allí, en la frontera, de negro y morado, de duelo... allí en los márgenes, donde las cosas no terminan, sino empiezan.

Días después, el sábado 19, con mis estudiantes de maestría, recorrimos los espacios del Centro Histórico que habían sido testigos de la huelga y, allí estaba la ciudad; no la ciudad destruida, asaltada y humillada que se nos había dicho; la misma ciudad, los mismos usuarios, las mismas luchas, las mismas contradicciones, los mismos y nuevos silencios. Allí estaban las vendedoras de flores y, a la vuelta, los jornaleros en busca de trabajo. Más arriba, seguía Doña Angelita, artesana de la Plaza Rotary, contándonos sobre su lucha por el espacio y cómo, antaño, con piedras y pedazos de sus propias vasijas, se defendían de los policías y trucutús para no ser expulsadas de la plaza. Allí estaba la Gobernación, ya sin policías y, como en el paro, sin gobernador. En el parque central, las mismas espumillas y el mismo fotógrafo, junto a los caballos de palo. Allí estaba el músico con su acordeón, al pie de la Catedral; los mismos o nuevos borrachitos en la 9 de Octubre. Allí estaban los campesinos que todos los días llegan a la urbe, y que también hacen ciudad y la sostienen. Allí estaban los puestos de incienso, palo santo y jarabe para mal de amores. Allí estaba, la misma ciudad, con las mismas urgencias.  Y los mismos adoquines, ahora con nuevas huellas… los adoquines y las calles se hacen de sus pasos. 

Cerrando el mes de octubre, empezaron los festejos por la Independencia de Cuenca. La ciudad se ha vestido de fiestas y ferias; el tiempo festivo nos devuelve a la fantasía de una armonía maquillada y una disfrazada democracia. Las autoridades locales ya no hablan de destrozos ni de daños; por el contrario, invitan a visitar la ciudad patrimonio mundial, mientras anuncian posibles nuevos galardones internacionales. Bares y calles se llenan de gente y de ruido. Allí está la ciudad embanderada y enfiestada, con las mismas inequidades, con las mismas borraduras. 

El jueves 31, en la inauguración de un festival de la ciudad, el Gobernador, el Alcalde y un Ministro, sonrientes, felicitaban a una artesana indígena por su discurso, cuya parte en quichua, seguramente, poco comprendieron; allí, frente a la cámara, autoridades y público aplaudían a la mujer indígena, como si los discursos racistas, que han abundado en estos días, correspondiesen a una realidad paralela. 

Vendrán nuevas fiestas; alcaldes y gobernadores seguirán posando para la foto; mientras tanto, los discursos de patrimonio, identidad y cuencaneidad continuarán cargados de olvidos y ausencias.

Por 3 de Noviembre, las redes sociales que, hace pocas semanas, mostraban fotografías descontextualizadas y apocalípticas de una ciudad “humillada y asaltada”, hablando de buenos y malos ciudadanos, ahora se han llenado de imágenes que buscan evocar la idea de una armónica urbe -iglesias, el río, las artesanías y la chola cuencana-, acompañadas de mensajes que dicen: “Cuenca es su gente”.

Vendrán nuevas fiestas; alcaldes y gobernadores seguirán posando para la foto; mientras tanto, los discursos de patrimonio, identidad y cuencaneidad continuarán cargados de olvidos y ausencias. La historia oficial se seguirá alimentando de verdades a medias, de prófugos fantasmas, homenajeados policías, vándalos y zánganos manifestantes, infiltrados venezolanos, rusos y cubanos y, a tono con la región, hasta de invasiones alienígenas; del otro lado, para quienes salimos a las calles, sin ser correistas, ni morenistas, ni pagados, ni infiltrados, una de las batallas importantes será por la memoria, la que es a ras del suelo, esa que se enfrenta a la parafernalia comunicacional del Gobierno. 

Igual que en el pasado, quienes tienen el control de los dispositivos discursivos, tienen también el control de la memoria, de la memoria oficial (acrítica, plana y manipulada); abajo, en los espacios de lucha, persistirán las memorias otras, siempre silenciadas pero vivas; las memorias acalladas de la ciudad como escenario de disputas y conflictos, las memorias de la resistencia, de la represión, pero también de la solidaridad y de la dignidad. Desde el poder, se seguirá mirando al otro desde los discursos acríticos y folclorizantes de la diversidad, ignorando las narrativas incómodas sobre la diferencia y la desigualdad. 

Allí seguirán los patrimonios, en tanto dispositivos, olvidados en la política pública y ausentes en la agenda ciudadana, activándose de vez en cuando, según las coyunturas y las urgencias. Los verdaderos defensores del patrimonio cultural -los pocos, los de todos los días, no los que lo usan como pretexto-, seguirán luchando contra los intereses inmobiliarios, la gentrificación, los ideales de modernización y la ausencia de políticas, voluntades y recursos. 

Allí seguirá la imagen de la ciudad patrimonio, la postal para el turista, la ciudad y su valor de cambio; conviviendo con la ciudad real, con la ciudad viva, con la ciudad en su valor de uso.  Allí seguirá el Centro Histórico, espacio de conflicto y disputa; quizá conservando su centralidad, su vitalidad, su poder para los encuentros y los desencuentros, para la fiesta, la procesión y la protesta. Allí seguirán las calles, escenario de la vida social y de la resistencia. 

La fiesta, como la protesta, los días extraordinarios, como los cotidianos, son dos caras de la misma moneda; la ciudad está cargada de límites y fronteras y es, en esos márgenes, los espacios entre medio, donde puede ser leída. La ciudad está llena de contradicciones, de memorias y olvidos; es una olla de presión, a la espera de otro octubre.


 

[PANAL DE IDEAS]

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