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25 de Julio del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
25 de Julio del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Olimpíadas: de la honradez y la corrupción
La crisis ética y política que aqueja a Brasil no debería contaminar la ética deportiva. Sin embargo, no pocos dirigentes deportivos dudan de la seguridad de este enunciado y temen que se den contaminaciones absurdas e incluso perversas. Es que la omni ubicuidad del mal es mucho más dura que los discursos y las proclamas de la verdad y los derechos.

Estamos a las puertas de los Juegos Olímpicos que se desarrollarán en Brasil. En un país atravesado por serias crisis políticas, económicas y, sobre todo, éticas. En efecto, y desde hace mucho tiempo, una serie de males han armado sus tiendas en el país más grande de América del Sur. La corrupción ha terminado invadiendo su territorialidad tanto real, como simbólica. ¿Qué ha podido librarse de esta contaminación? ¿Qué ha logrado permanecer sano en medio de esta peste camusiana de la que han terminado siendo víctimas incluso aquellos personajes que años atrás tenían la batuta de la historia en sus manos supuestamente limpias? Tal vez tan poco que, bien visto, posiblemente represente casi nada. O tal vez mucho que está siendo opacado por la sombra siniestra de lo corrupto. Uno de los grandes poderes del mal consiste convencernos de que no existen ni el bien, ni la honorabilidad, ni la verdad.

La presidenta Dilma Roussef no sale de su atolladero y solo podrá seguir por televisión el desarrollo de las olimpíadas en las que colocó buena parte de sus esfuerzos. Pero esa ausencia no logra sino hacer más evidentes los conflictos nacionales. Quizás ni toda el agua del Amazonas logre lavar ni lo real de la corrupción ni tampoco esa parte imaginaria de la misma en la que igualmente habita el país y en la que se desarrollarán estos juegos llamados a simbolizar la unión de todos los pueblos de nuestro planeta.

Esta situación ética del país político hace que no pocos duden sobre la integridad en el desenvolvimiento de los eventos deportivos. La ética, en efecto, no es un ente de razón ni tampoco un tema más en las cadenas discursivas de los poderes. La ética constituye un conjunto de principios, normas, actitudes y vivencias destinados a precautelar la verdad y el bien. La verdad como bien supremo. La ética, en buena parte, constituye el meollo de los juegos y el sentido mismo de la competencia en la medida en la que solo los legítimos ganadores son laureados y reciben preseas de oro, de plata o de bronce. Tan solo pueden ser laureados mujeres y hombres que logran la excelencia desde su propia virtud, sin engaño de ningún orden. 

La crisis ética y política que aqueja a Brasil no debería contaminar la ética deportiva. Sin embargo, no pocos dirigentes deportivos dudan de la seguridad de este enunciado y temen que se den contaminaciones absurdas e incluso perversas. Es que la omni ubicuidad del mal es mucho más dura que los discursos y las proclamas de la verdad y los derechos. A la Comisión Ética de los Juegos Olímpicos le han costado años de estudios e investigaciones determinar la verdad de que un jugador X de Rusia logró la medalla de oro gracias a que estuvo bajo los efectos de una droga. Le retiraron la presea que, en ese entonces, debió colgar del cuello de Jefferson Pérez. Todavía la respectiva comisión no lo decide. Tal vez necesite algunos años más para sus deliberaciones, cuando en verdad solo sería cuestión de un acto de simple lógica. Jefferson ya la ha reclamado. Pero su voz aun no es escuchada. Sin embargo, como van las cosas, hay serias esperanzas de que se otorgue la justa gloria al verdadero triunfador, al caminante cuencano que produjo inolvidables comentarios con su particular andar.

Y esto incluso para recordar de qué manera intervenían los dioses griegos en las justas olímpicas. Por algo se llaman juegos olímpicos porque, si bien los atletas eran los humanos, sin embargo, todos los competidores, como Eneas, tenían relaciones incluso de parentesco con los dioses apropiados de los juegos. De hecho, los dioses no se hallaban libres de envidias y, por ende, de disputas. Por lo mismo, cada jugador poseía alguna relación con los habitantes del Olimpo. En aquellas épocas míticas, los dioses eran más humanos de lo que se sienten ciertos actuales ostentadores del poder político que se consideran viviendo entre los dioses. De ahí su inconmensurable prepotencia. Estas relaciones eran definitivas en el momento de ganar o de perder. Los deportistas de hoy son sencillamente humanos y no títeres de ningún poder que recurra a turbias estrategias para lograr preseas que no las merece.

En Brasil también habría una suerte de disputa paralela en el campo político y ético. ¿Qué arbitrios poner en juego para que el poder político se sujete, sin excepción alguna, al campo de la ética común? ¿Qué medidas tomar para que el poder deje de tasar el bien y el mal en la balanza de sus propios intereses contaminados con el virus de lo perverso? Ciertos poderes destruyen el criterio ético del mejor y lo sustituyen por criterios de conveniencia política.

¿“Hoy como ayer, mañana como hoy, y siempre igual”? Es esta, acaso la regla que debe dominar inevitablemente la política de nuestros países que han invertido en la corrupción cantidades que superan en mucho lo que destinaron a obras de desarrollo que no cesan de mostrar y alabar para que la mirada de los ciudadanos no vaya al otro lado del cuadro. Por otra parte, ¿cómo no ir al otro lado del cuadro frente a la escena de monjas y exministros dedicados a la fétida tarea de esconder millones de dólares en lo que suelen llamar casa de dios?

No es que falte agua. Acontece que es demasiado grande la podredumbre de la corrupción que ha ensuciado buena parte de las manos de quienes ostentan el poder e incluso de quienes viven de sus migajas.

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