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19 de Agosto del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
19 de Agosto del 2020
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

Otra pandemia: la desinformación y la información falsa
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Si bien la información gubernamental falsa disminuyó y tal vez hasta desapareció con la salida de la anterior ministra de Salud, la desinformación se mantiene luego de casi un semestre de cuarentena y confinamiento parcial. Es una práctica que se compone de datos equívocos e incompletos y sin suficiente explicación, incluso fuera de lugar y descontextualizados.

En cuanto Ecuador supo del riesgo de la epidemia de la Covid 19, la desinformación se puso en marcha. Las redes sociales se llenaron con mensajes sobre todas las teorías de la conspiración vigentes al momento, con los múltiples negacionismos y con los modos milagrosos de prevenir la contaminación por el nuevo coronavirus y luego curarlo. Aunque nocivas, más dañinas fueron la desinformación y la información falsa provenientes de las fuentes oficiales. Estas no solo favorecieron que las noticias falsas florecieran y se expandieran sin freno alguno, sino que minaron la confianza social y ciudadana en la información emitida por los voceros gubernamentales sobre temas que siguen siendo de vida o muerte, literalmente, sin exageración. A este problema se sumó otro: la ausencia de una comunicación pública desde el estado y desde el gobierno que pudiera debilitar la desinformación de las redes sociales y entregar información de valor para los ciudadanos; con oportunidad, claridad, corrección y veracidad.

Si bien la información gubernamental falsa disminuyó y tal vez hasta desapareció con la salida de la anterior ministra de Salud, la desinformación se mantiene luego de casi un semestre de cuarentena y confinamiento parcial. Es una práctica que se compone de datos equívocos e incompletos y sin suficiente explicación, incluso fuera de lugar y descontextualizados. Y acompañada por una política para dificultar el acceso a la información pública; por añadidura, carente de empatía y de solidaridad con las decenas de miles de pacientes y de ecuatorianos fallecidos y de sus familiares. El resultado: una sociedad insuficientemente informada, con escasa orientación para actuar, prevenir, gestionar su autocuidado y tomar las mejores decisiones posibles frente a una enfermedad impredecible y peligrosa. 

En las últimas semanas a la desinformación se agregaron los apetitos electorales de grupos partidarios interesados en conseguir adeptos a cualquier precio para las elecciones de 2021, sin importarles que esta polarización dañe a sus electores. Por ello, la demanda ciudadana por la transparencia, el acceso a los datos y a la información sigue siendo crucial e ineludible. 

Los mejores antídotos contra la desinformación y la información falsa son el periodismo profesional y la comunicación responsable. 

El primero es el espacio que ha permitido contrarrestar equívocos y la simplificación de cierta información oficial. Es el que ha denunciado la corrupción contra la vida en esta pandemia y a sus responsables. Es el que ha promovido que la sociedad se beneficie del conocimiento de los científicos y de los expertos que desde hace meses han anotado la necesidad de restablecer un sistema primario de atención de la salud como la mejor estrategia para enfrentar la Covid 19, y de recomponer un sistema de vigilancia epidemiológica destruido por el correismo. 

El segundo, la comunicación responsable, implica a todo ciudadano. Exige pensar y recelar antes de reenviar un mensaje que pudiera estar repleto de falsedades o de medias verdades. Esta práctica no es la general en las redes sociales. Ello las convierte en los espacios de mayor difusión de bulos: de la desinformación.

La periodista científica Maryn McKenna, en un reciente curso sobre la pandemia, organizado por el Centro Knight para el periodismo de las Américas, compartía las estadísticas divulgadas por la UNESCO, a propósito de la Covid 19. Estas indican que un tercio de los usuarios de las redes sociales son conscientes de haber visto información falsa o engañosa sobre la pandemia. Dos quintas partes de las publicaciones de las redes sociales provienen de fuentes poco confiables. 42 por ciento de los tuits relacionados con la Covid 19 provienen de bots.

Un tercio de los usuarios de las redes sociales son conscientes de haber visto información falsa o engañosa sobre la pandemia. Dos quintas partes de las publicaciones de las redes sociales provienen de fuentes poco confiables. 42 por ciento de los tuits relacionados con la Covid 19 provienen de bots.

 

Y sin embargo son contenidos que gozan de la credibilidad y de la confianza de muchos de quienes los reciben. 

Aunque moleste la insistencia, lo anterior es consecuencia de un modelo de comunicación, de más de 10 años, perfeccionado por el correísmo y heredado no solo a los responsables de la comunicación pública sino a la sociedad: la de sospechar del periodismo. En esa experiencia, la comunicación pública no pasó de ser propaganda y diatriba contra el periodismo y contra todo ciudadano que osara contradecirla o desmentirla. Y muchos la soportaron. Por ello el periodismo sigue recibiendo los embates de quienes pretendieron destruirlo y erradicarlo desde 2007. De aquellos que cuestionaban que un periodista repreguntara, escrutara a quienes entrevistaba y pusiera en duda sus versiones, evidenciara sus contradicciones y pretendiera esclarecerlas con apoyo de otras informaciones. Es decir que buscara contrastarlas. A quien procedía de esta manera le acusaban de erigirse en fiscal y en juez, le motejaban de odiador, de apartarse de la objetividad y de mostrar su subjetividad, como si esto fuera algo execrable. Esos detractores de la prensa lo que buscaban era un periodismo ciertamente anodino, amedrentado, reducido al ejercicio de apuntador de las expresiones que no provocaran ningún sobresalto pues su horizonte conducía al mutismo y a la indiferencia. Y para conseguirlo elevaron a política de estado la creación de ejércitos de trolls, encargados de levantar aquella inquina en todas las redes sociales. 

Conviene recordarlo y reflexionarlo. Para no repetirlo.

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