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20 de Julio del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
20 de Julio del 2016
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Pacto ético imposible
La ofensiva de Correa en contra de los paraísos fiscales (pretexto de su pacto ético) es una falacia, retórica barata, publicidad desesperada. Los paraísos fiscales son tan inherentes al capitalismo financiero como la piratería o el tráfico de esclavos lo fueron para la acumulación originaria. Pero de esto no habla el Presidente, porque sería como afirmar que la calentura está en las sábanas, sería como escupir al cielo.

El llamado del Presidente de la República a suscribir un pacto ético entre diferentes actores políticos es un contrasentido. Empezando por la semántica de la convocatoria.

Según el diccionario de la Real Academia Española, un pacto es un “concierto, acuerdo o tratado entre dos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado”. La duda que surge, a primera vista, se refiere a la coherencia del régimen para poner en práctica dichas condiciones. 

Luego de una década de alimentar la confrontación sistemática entre ecuatorianos, la división de las organizaciones sociales, la descalificación de los adversarios políticos en forma indiscriminada, lo menos que se percibe es una predisposición a los acuerdos. Muy al contrario, la imposición de decisiones a través del atropello a la institucionalidad se está incrementando a medida que el correísmo se debilita. La expulsión inconstitucional, arbitraria e inhumana de los migrantes cubanos lo confirma.

En tales circunstancias, la posibilidad de un pacto político de cualquier índole queda anclada a la conveniencia del régimen. Dicho de otro modo, a la subordinación o allanamiento de la oposición. Sería mejor que el gobierno llame a las cosas por su nombre: lo que realmente persigue es una capitulación de los adversarios políticos.

En el diccionario de la RAE también hay una definición para el concepto de ético: “recto, conforme a la moral; es decir, que concierne al fuero interno o al respecto humano y no al orden jurídico”. Es un asunto de conducta y de hábitos más que de palabras. Ideas como virtud, deber, bien supremo, felicidad o responsabilidad aparecen con frecuencia en las distintas reflexiones sobre la ética.

Entonces, la invocación de Correa provoca otro interrogante: ¿cómo puede poner en práctica estos preceptos un gobierno que se ha afirmado sobre la promoción del odio y del resentimiento, que destila corrupción por sus cuatro costados, que manipula perversamente los imaginarios populares, que tuerce la realidad desde la propaganda, que viola descaradamente los derechos humanos…?

Hace 25 siglos los griegos ya contraponían la ética a la demagogia. A partir de entonces, la imposibilidad de compaginar ética y política constituye uno de los mayores laberintos de la humanidad. Un drama complejo y angustiante, más aún cuando el desarrollo del capitalismo, así como la posmodernidad, han entronizado el interés particular y el utilitarismo más pedestre sobre el bien colectivo. Llevamos demasiado tiempo sometidos a conductas ilícitas, inmorales e inhumanas cuya principal finalidad es la reproducción del sistema.

Por eso la ofensiva de Correa en contra de los paraísos fiscales (pretexto de su pacto ético) es una falacia, retórica barata, publicidad desesperada. Los paraísos fiscales son tan inherentes al capitalismo financiero como la piratería o el tráfico de esclavos lo fueron para la acumulación originaria. Pero de esto no habla el Presidente, porque sería como afirmar que la calentura está en las sábanas, sería como escupir al cielo. ¿Solamente el capitalismo correísta es ético?

¿Cómo piensa justificar la aplicación de un modelo de capitalismo depredador subordinado a los intereses de las transnacionales chinas? ¿Cómo explicar las concesiones portuarias y mineras a empresas extranjeras de dudosa reputación? ¿Cómo defender los sobreprecios en la contratación pública, o el exuberante enriquecimiento de las viejas oligarquías ecuatorianas? Porque eso, precisamente, es el capitalismo: procesos, mecanismos y artimañas que relativizan la ley y la moral para asegurar su sobrevivencia. Así ha sido siempre, y eso debería saberlo Rafael Correa como economista.

Por eso las exigencias éticas suelen provenir desde la sociedad, en contra del mundo de la política. En contra de ese espacio cuyos entresijos permiten relativizar valores y principios. Únicamente la sociedad podrá proponerse un pacto para escudriñar –en el caso ecuatoriano– lo que han hecho los poderes políticos y económicos durante una década de corrupción y despilfarro.

Pero un pacto ético entre cofradías políticas sigue siendo el mismo acertijo de siempre, el gran rompecabezas de la historia. Y con un gobierno como el actual, un auténtico imposible.

 

[PANAL DE IDEAS]

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