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23 de Noviembre del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
23 de Noviembre del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Paraísos e infiernos sociales
El paraíso fiscal: no se trata solamente del manejo fraudulento de los dineros. Se trata de que esos haberes pasen desapercibidos ante la mirada fiscalizadora del Estado del que se aprovechan y al que se niegan a apoyar. ¿Es más ladrón el que roba un millón que aquel que roba solamente un mil?

En primer lugar, el tema de la consulta propuesta por el ejecutivo sobre los ejercicios políticos y los paraísos fiscales será colocado como una suerte de distractor social con la intención de que la población mire hacia Alianza País, la gran moralizadora. ¿Cómo no votar por sus candidatos que harán posible esta moralización? Un gran pretexto para que el presidente, que está prohibido de intervenir en la campaña, lo haga olímpicamente parapetado en la consulta. ¡Cómo se ligará la ética al proyecto de AP que no cesará de mostrar sus enguantadas manos limpias. El Consejo Electoral, si fuese moralmente independiente, habría rechazado la propuesta de unir los dos eventos en un solo acto electoral: pero no se deben pedir peras al olmo.

El paraíso fiscal: no se trata solamente del manejo fraudulento de los dineros. Se trata de que esos haberes pasen desapercibidos ante la mirada fiscalizadora del Estado del que se aprovechan y al que se niegan a apoyar. ¿Es más ladrón el que roba un millón que aquel que roba solamente un mil? Ambos son ladrones: la ética no posee balanzas para pesar los actos en el campo judicial. Esas balanzas absolutamente cargadas por el poder. Los pobres ladrones pobres van a la cárcel incluso antes de ser procesados.

Los paraísos fiscales son paraísos legales que bien podrían encontrarse dentro del país. Existen múltiples mecanismos que los entendidos en las estafas conocen de memoria. Los buenos ladrones ricos hacen bien las cosas pues poseen suficiente poder para manejar todos los hilos y las cuerdas de la justicia. Se ordena su detención cuando ya se han puesto a buen recaudo en otros países. A ellos se los despide casi con honores. A ellos se les da licencia para viajar al exterior a casar hijos bajo la promesa de que al día siguiente regresarán e ingresarán a la cárcel por sus propios medios: esa honrada y sencilla lucidez vale millones de dólares.

Si existen paraísos fiscales y legales, casi por definición, también deben existir infiernos fiscales y legales. Ley de la compensación porque si existe la laxitud culposa de jueces miopes o con estrabismo para unos casos, es indispensable que se tornen extremadamente severos y hasta crueles con otros, especialmente con aquellos que el poder político ha visto con malos ojos. Hay ojos que miran hasta con microscopio la supuesta falta en el débil. A un débil, parecería incluso inocente, lo trajeron encadenado de un país cercano. Sin contactos en el poder y sin bolsillos llenos, no hay paraísos.

No hay que burlarse de Diógenes que, lámpara en mano y bajo el sol canicular, buscaba un hombre justo y sabio. Él sabía que no lo hallaría. ¿Por qué no se habla de los infiernos fiscales creados por el poder y en los que viven millones de sujetos anónimos? Para hallarlos, sigamos a Diógenes y caminemos del centro a la periferia del discurso político y también de las calles citadinas. Basta ver las argucias perversas que se utilizan para que un ciudadano no se candidatice. En ese Consejo electoral están los destinos políticos de todos.

No habría paraíso alguno si no existiesen, al mismo tiempo, los infiernos. Por desgracia, las cosas son como las miras con tus lentes. Cuando la justicia mira al otro usando los lentes del poder, entonces se corrompe casi sin remedio. Tus papeles de Panamá tienen que ser silenciados, cubiertos con papel de empaque, no así los papeles del otro que deben ser expuestos en toda su magnitud. También esto forma parte de la gran cruzada en contra de la corrupción.

Paraísos e infiernos judiciales que no son producto mágico de ningún caleidoscopio sino realidades mondas y lirondas, antiguas realidades que fueron remozadas y fortalecidas desde el día en que el poder decidió meter sus manos en la justicia. Pocos repararon en que se trataba de corromper aun más a la antigua justicia. Para ser justa, eficaz y eficiente, la justicia debe ser absolutamente independiente de todo otro poder. ¿Cómo serlo cuando, de alguna manera, se ha convertido en es una suerte dependencia más del ejecutivo?

Por desgracia, eso acontece a diario, desde hace muchos años. Y, como telón de fondo, casi como si nada, aparecen los perseguidos políticos para quienes existe una justicia absoluta y tenazmente justa, perseguidora e inapelable. Por ejemplo, se hace todo lo posible en el campo de la justicia para que alguien no logre candidatice a la Asamblea Nacional. ¿Quién lo dispone? Pequeños juegos sucios pero necesarios para que el poder sea lo que es: dueño del bien y del mal, de lo recto y de lo torcido. Lógicas indispensables en los juegos de lenguajes particulares y que corresponden tan solo al poder.

No tiene por qué ser más grave evadir impuestos que engañar a la sociedad en los diferentes espacios del poder político o del judicial o desde el poder electoral. ¿Por qué sobre este poder ya aparecen los nubarrones de las dudas sobre la moralidad inquebrantable en el tratamiento del voto? Se han hecho señalizaciones de peso sobre los padrones en los que aparecerían hasta difuntos fallecidos hace décadas y otros que aun no nacen. Errores graves que luego se transforman en dudas sobre la ética de la función electoral que debería ser absolutamente límpida por más que todos los que lo conforman pertenezcan al partido de gobierno. En otras oportunidades se vetaron veedurías internacionales de instituciones con moralidad y experiencias certificadas y se prefirió veedurías envueltas en dudas. Quien nada debe nada teme. Felizmente hay tiempo para pensar, mirar y corregir.

Todos los ciudadanos invertimos en los jueces y los juzgados, en la policía y en el Consejo Electoral, en el IESS y en todas las obras que se realizan en el país. No son dineros del Presidente sino del Estado. El Estado no es el presidente. El Estado somos todos los ciudadanos, desde el niño que acaba de nacer hasta el más longevo de los ancianos. Cuando el gobierno recibe créditos millonarios, nos endeuda a todos incluidos los miles de niños que nacerán en los próximos años. Ningún niño llegará con su pan en la mano sino con un pagaré vencido que deberá cancelarlo tarde o temprano.

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