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10 de Octubre del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
10 de Octubre del 2016
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

De las pasiones
La duda sistemática de la palabra de las mujeres es uno de los principios de ese mundo patriarcal. Históricamente, éste ha asegurado de que aquello que decimos tenga menos valor. Cuando esas palabras no han podido suprimirse, cuando los procesos de emancipación de las mujeres se han impuesto sobre ese orden, se ha recurrido a varias cosas: la hoguera, la caza de brujas, la violación, la prohibición de lectura, el encierro psiquiátrico o domiciliario, la acusación de puta.

Cuando empecé la universidad, una compañera me dijo que iba allí a buscar marido y que, una vez elegido el afortunado, se embarazaría. Tiempo después, yo, que estudiaba Literatura por otras razones, gané un premio de ensayo. Uno de mis profesores y dos compañeros de clase, todos narradores, idearon una campaña para desprestigiarme: puta. Escribieron un correo y lo enviaron a los medios diciendo que yo había ganado el premio por ser la amante de otro de mis profesores. Dos extremos. Una mujer que destruía su proyecto de vida y el de otra persona por medio de una treta, y tres misóginos que querían dañar el mío. De ambos lados se halla el mundo en que vivimos, se llama patriarcado y nos atraviesa, nos guste o no esta palabra.

La duda sistemática de la palabra de las mujeres es uno de los principios de ese mundo. Históricamente, éste ha asegurado de que aquello que decimos tenga menos valor. Cuando esas palabras no han podido suprimirse, cuando los procesos de emancipación de las mujeres se han impuesto sobre ese orden, se ha recurrido a varias cosas: la hoguera, la caza de brujas, la violación, la prohibición de lectura, el encierro psiquiátrico o domiciliario, la acusación de puta.

Al probarse eficientes, la violación, la perpetuación de la ignorancia como forma de subordinación, el encierro, se han extendido como formas de poder para gobernar sobre los otros: la esclavitud, la homosexualidad, la disidencia ideológica han sido controladas así. Pero la acusación de puta es algo que ha sido reservado a las mujeres. Te violaron: puta. Te ascendieron: puta. Te mataron: por puta. Eres madre soltera: puta. Tienes palabra, pero es palabra de puta. Un usuario en redes lo dijo muy bien: “Si no puedes contra ella, dile puta.”

El desprecio por las mujeres se convierte en un modo de ver el mundo, un filtro que antecede cualquier consideración. Los deplorables comentarios de Ramiro Aguilar sobre Sintia P. lo reflejan. Al atacarla, Aguilar se refirió a ella como una extorsionista, y aun más grave: afirmó que planea lograr embarazos de distintos padres para acumular pensiones de alimentos. No conozco a esta mujer, pero he revisado lo que hay en la función judicial y se trata de una disputa legal real, no de una extorsión. Afortunadamente, una firma de abogados ha analizado los documentos en detalle. Léalo aquí y saque sus propias conclusiones. Este es un caso mediático con los recursos propios de un futbolista estrella para defenderse, encendido por hinchas y redes. Este espíritu de cuerpo no lo he visto antes para defender a mujeres anónimas que no reciben pensiones. Cosas del fútbol. Lo lamentable es que esto refleja algo que rebasa su anécdota: al especular sobre Sintia P., Aguilar ha dicho lo que piensa de las mujeres, y con él, muchas personas. Se ha llegado a afirmar que esta es una denuncia falsa. Se trata de una denuncia real desvirtuada por el enorme prejuicio que pesa sobre las mujeres que demandan pensiones de alimentos. Un caso particular revela lo que se piensa sobre un derecho universal, donde se pierde de vista que ambas partes tienen intereses y argumentos, pero por todos lados ha desaparecido lo fundamental: el bienestar de la niñez.

A través de Aguilar, Correa, Nebot, un largo etcétera, habla un odio por las mujeres que está diseminado y que explota. No conocemos los detalles del caso pero tenemos una certeza: la sociedad espera cosas concretas de una mujer divorciada, con hijos y una vida por vivir: que no la viva. De ahí la sospecha. Los comentarios encendidos reflejan también tensiones enormes entre el capital, la familia y el poder, crisis de hombres que no quieren ser machos ni ser usados como proveedores o sementales, y de mujeres que se enfrentan a una sociedad construida así hace tanto tiempo que ya no podemos ver sus fundamentos, parecen naturales.

Hay mujeres que se embarazan sin previo acuerdo con su pareja, que usan su maternidad, que incumplen la prioridad de proteger a sus hijos. Hay padres perjudicados en las visitas, a quienes se les impide ver a sus hijos o que son vistos como meros proveedores. Hay mujeres que trabajan en casa sin remuneración, humilladas por sus parejas en la administración del presupuesto familiar: yo proveo, yo controlo. Todas estas personas han sido dañadas por este orden que nos resistimos a desnaturalizar. El orden que dice: “Te pago cuando me dé la gana.” Si el sistema de justicia funcionara y estuviera atravesado por un imperativo de género, hombres y mujeres podrían ampararse en él de formas menos desiguales. Por si esto fuera poco, la noción de familia que se trata de imponer desde el Estado en las leyes es muy dañina, su perpetuación ha llevado, justamente, a una crisis de la familia como institución que también tenemos que mirar. La familia tradicional no existe y no debería ser usada como modelo en las leyes a las que nos tenemos que acoger, pero nos gobiernan tanto nuestros afectos como esas leyes.

Sin duda, diez años de discurso misógino y del estilo machista del poder han contribuido a agravar este desastre, con perlas como el Plan Familia y los documentos del Estado que describen la familia a partir de nociones ultraconservadoras. El correísmo ha instrumentalizado el discurso de género, ha confundido feminismo con sumisión y un pseudofeminismo en el poder ha golpeado las luchas de las mujeres al tomar de ellas escasos elementos para enlatarlos en su discurso. Si no fuera así, no tendríamos una clase política ni una sociedad con este grado de impunidad verbal cuando hablan de las mujeres.

Cuando aparece autónoma, la descalificación de la palabra de las mujeres se da por vía de la acusación de puta en un sentido amplio: la puta es frívola, tiene cuerpo y rostro, pero no palabra. No piensa, posa; no habla, seduce. Se maquilla, parece una muñeca. Si Aguilar no es capaz de pensar más allá de la imagen de la puta, Rafael Correa no es menos limitado. Se ha referido en términos inaceptables a una política: debe hablar de maquillaje, se ve falsa como una muñeca. Correa ha tenido con la candidata Cynthia Viteri y las mujeres una actitud similar a la que acaba de aniquilar la campaña presidencial de Donald Trump y su pobre participación en el debate de ayer. Correa y Aguilar no son mucho más que el hombre más ridiculizado en el mundo en estos días por la manera en que se ha referido a las mujeres.

De vuelta al maquillaje, se ha convertido en una metáfora poderosa. El presidente ha llevado a una cantidad enorme de gente a activar esta imagen de maneras políticamente muy creativas, como hacía tiempo no sucedía. Con esto, Rafael Correa nos ha dado nada menos que la clave de su propia historia. Nos ha recordado que es el maquillaje lo que le ha permitido sostenerse en el poder: maquillaje de cifras, falsificación de mapas de pueblos enteros, simulacros de justicia, genocidios disfrazados de progreso, muecas de triunfo sobre las tarimas, circos, farsas. Lo que se ha activado en torno a esta imagen es la memoria viva de la sociedad. Una sola imagen dijo mil palabras que continúan circulando en las redes en forma de una memoria indignada que ha querido dibujar rasgo a rasgo el ajado rostro de la revolución ciudadana.

La forma de abordar cualquier tema depende de la profundidad que le demos, señor presidente. Usted nos ha mostrado la suya. No sospechó, por ejemplo, que se harían presentes 140.000 mujeres organizadas que trabajan vendiendo maquillaje por catálogo, muchas de ellas cabeza de familia, y que le hicieron saber que usted les debe respeto. Tampoco se imaginó que aparecería un retrato suyo realizado por una maquillista profesional, que politizó su trabajo de la manera más fascinante al mostrarlo a usted maquillado como el Guasón, ese personaje que se va volviendo más siniestro con los años.

Es evidente que hay dudas de distinto carácter cuya diferencia resulta de vida o muerte. Correa, Aguilar, dudan de la palabra de las mujeres, la descalifican antes de escucharla porque no las consideran sus iguales. Y, curiosamente, no dudan de sí mismos. Justo allí donde deberían dudar, no dudan. La duda respecto de las mujeres, en cambio, se funda en una desconfianza histórica que tiene que ver con el valor de su palabra, siempre menor y obligada a explicarse a sí misma para legitimarse. 

Si va a dudar de la palabra de las mujeres en general, por favor, piénselo dos veces. A veces estará en lo cierto, a veces no. Digamos algo cursi y revolucionario: la mujer no es ángel ni demonio, tampoco una masa homogénea sobre la cual se pueda generalizar. La duda de su palabra es una duda sembrada en el desprecio y en esa generalización. Si puede, si tiene ganas, por favor, dude de su duda, a ver si dejamos de decir puta.

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