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15 de Noviembre del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
15 de Noviembre del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Las patentes de corso
Los vientos antidemocráticos que soplan en el mundo deberían llevarnos a meditar sobre lo que vamos a elegir en el Ecuador en apenas tres meses. No es una elección cualquiera. Los candidatos deberían pensar menos en sí mismos, en la cacería de votos para ser ungidos, utilizando medios poco santos, y entender que lo que está en juego es mucho mayor que sus mezquinos intereses.

El presidente Correa, profesor, catedrático, economista concluye su mandato con un alto déficit en la capacidad de gobernar; los resultados de su gestión en el campo económico, político, cultural revelan fallas, errores que muestran sus limitaciones. Ello no pasará desapercibido para el electorado; de ahí que hay razones para prever que habrá un voto castigo en febrero del 2017.

En los Estados Unidos, pese a tener un presidente de la talla de Barack Obama, una parte del electorado, insatisfecha con su gestión, apoyó a Donald Trump, no obstante estar lejos de merecer el cargo que se le acaba de confiar. Sin embargo, el hecho de ser un magnate sin experiencia en la gestión pública puede dar al traste con las expectativas que él levantó. Una cosa es lo que se dice en campaña y otra la capacidad de quien lo dijo para ponerlo en práctica. Esto ya lo vivimos con Correa; no obstante tratarse de un líder con una formación académica alta y con alguna experiencia en la gestión pública.

Este antecedente me parece que muestra el o los dilemas que enfrenta el electorado para elegir a sus nuevos mandatarios en las elecciones que se avecinan. Como dice Fernando Savater, filósofo español, a propósito de la elección de Trump, la libertad de elegir es la más alta expresión de la democracia aunque esa elección implique la victoria de principios, valores y creencias contrarios a los que profesamos. La necesidad, entonces, de dar a los electores la información cabal de lo que está en juego en la elección que se avecina en Ecuador es tan o más trascendente que la “caza” de votos a favor de tal o cual candidatura.  

En los diez años de ejercicio del poder del presidente Correa los vituperios contra la propia democracia, la libertad de expresión, los derechos humanos, ha ido por la misma línea que la de los desafueros lanzados por Trump. No es casual que posiciones ideológicas aparentemente opuestas como la del presidente norteamericano electo y el presidente ecuatoriano saliente, coincidan en la forma cómo entienden y practican la política. 

Hay una derecha populista tan radical y agresiva como la izquierda populista. De ahí que no deban sorprendernos las felicitaciones a Trump enviadas por los líderes de las “revoluciones progresistas” de América latina. Los ideólogos o corifeos de estos regímenes también saludan el triunfo de Trump como el de un outsider antisistema y arremeten contra la globalización neoliberal, la democracia burguesa, los medios de comunicación.

Los vientos antidemocráticos que soplan en el mundo deberían llevarnos a meditar sobre lo que vamos a elegir en el Ecuador en apenas tres meses. No es una elección cualquiera. Los candidatos deberían pensar menos en sí mismos, en la cacería de votos para ser ungidos, utilizando medios poco santos, y entender que lo que está en juego es mucho mayor que sus mezquinos intereses.

Las alianzas, los binomios, las listas están teñidos de enjuagues micropolíticos, de ambiciones reprimidas, de escasa preparación académica, de insuficiente  experiencia, de camaleonismo ideológico, de pobreza conceptual.  ¡Hay tantos “talentos de pantalla”!

El Ecuador merece otro tratamiento. Quienes pretenden dirigirlo no pueden ser “aficionados” a la política, sino profesionales en el buen sentido del término. El abogado, el economista, “los talentos” y estrellas de televisión, las reinas de belleza, tienen todo el derecho de entrar a la arena política, pero no como asambleístas, vicepresidentas, o hasta presidentes; hay que comenzar desde abajo, hacer carrera, iniciar un aprendizaje arduo y largo.

Los partidos políticos no pueden engatusar al electorado con atractivos mediáticos ajenos al debate público; esto es una gran irresponsabilidad. Deben ser capaces de proponer programas realizables, ofrecer lo que pueden cumplir, formar y reunir equipos de gobierno transdisciplinarios que den soporte técnico al mandatario, que eviten que el poder devenga en “troncha”, tras la cual no faltan los que se arriman al gobierno de turno para sacar tajada. Las prácticas populistas han colonizado la acción política, aun la de los partidos más doctrinarios.

Hay que dignificar la política; en la dirección del Estado sí cuentan las ideas, los principios pero también la capacidad para ejecutarlos. No se trata, por tanto, solo de vencer en una elección sino de vencer la incompetencia de gobernar; éste es el principal adversario del nuevo gobierno. No es suficiente la especialidad en tal o cual rama del saber profesional. La formación universitaria atomiza el conocimiento. El economista entiende de economía, pero no de política. El abogado sabe de leyes pero no de sociología; el sociólogo sabe “pensar” pero no siempre aterriza en la realidad práctica; el divorcio entre la teoría y la práctica impide que el académico se desempeñe con eficiencia en un cargo público, así como el know how del empírico tampoco le asegura buenos resultados.

Hay, pues, carencia de conocimientos que den soporte al arte de gobernar. Éste no es un don que nace con el líder; desde luego que éste puede tener atributos personales no adquiridos; pero los líderes que solo cuentan con su experiencia, su carisma, su intuición, su “maquiavelismo” no pueden escalar a la posición de estadistas.

Las élites, por otro lado, se desconectan de la población, no sintonizan con sus necesidades y esperanzas, y luego se sorprenden de los resultados en las urnas. Las encuestas se desviven por adentrarse en el corazón y mente de los electores; pretenden adivinar lo que sienten y piensan, para beneficio de sus patrocinadores. Pero los encuestados son más sabios; tanto que los encuestadores terminan siendo sondeados por la población, cuando ésta trastorna sus cálculos y predicciones, con el ejercicio de la libertad de elegir.

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